19 de enero de 2012

The Ship Song Project




He tenido este blog algo abandonado el año pasado, pero tengo propósito de enmienda y de retomar en 2012. Y para empezar el año, como otras veces, va un regalo.

Una de mis canciones de la vida es The Ship Song, de Nick Cave. Ahora The Sidney Opera House ha llevado a cabo un maravilloso proyecto con ella, cuyo resultado es esta fantástica versión cantada por un buen número de artistas australianos.

John Utzon y Nick Cave juntos.

Feliz año nuevo

J

31 de diciembre de 2011

Hejduk en Santiago

                                                                                                                                                                 foto JAO

                                                                           

                                                      Para V. Ak., quien primero me habló de Hejduk



Soy poco, poquísimo, partidario de los grandes equipamientos culturales que se han multiplicado por nuestro suelo en estos años de locura en que todos nos hemos creído ricos y famosos y cada comunidad, cada ciudad, cada pueblo casi, se creía llamado a tener por supuesto su propio icono arquitectónico, ojalá además de una de las firmas de moda, fueran cuales fuesen, ¡qué tontería esos detalles!, su coste, su programa o su uso posterior. Lo que no quita, desde luego, para que me guste la Ciudad de la Cultura en Santiago y que, ya puestos, me parezca un orgullo tenerla en nuestro suelo.

Hay algo sin embargo en ese enorme complejo que casi está pasando desapercibido frente al carácter colosal de las estructuras de Eisenman (y Andrés Perea) y a mí me parece lo mejor de todo: las dos pequeñas torres de mi querido John Hejduk.

No voy a hacer aquí una semblanza biográfica, para eso debería estar Wikipedia, que en este caso no lo hace demasiado bien, pero escribo a vuelapluma algunos de los datos que tengo en la memoria: uno de los New York Five, como el propio Eisenman que lo ha incorporado a su espacio jacobeo; profesor en Cooper Union al que generaciones de alumnos recuerdan con emoción; creador antes que arquitecto, maravilloso dibujante, poeta, un sabio a la antigua que hizo casi de todo en la arquitectura menos construir.

Apenas dejó en vida un par de edificios, en Berlín, no demasiados buenos siquiera porque lo suyo no era construir, sus diseños eran demasiado visionarios, demasiado poco útiles para nada, demasiado alejados tal vez de las realidades de nuestra vida y anclados en un terreno propio suyo en que arquitectura y poesía se fundían.

Estuvo a punto de ver terminados otros dos, el Centro cívico de la Rua da Trisca en Santiago de Compostela, que proyectó y se había ya comenzado a construir cuando murió en 2000, y el que consideraba su mejor proyecto, la Wall House 2, ideada inicialmente para el campo en Connecticut y que se acabó construyendo en 2001 en Groningen (Holanda).
Me da rabia pensar que viví dos años en NY mientras él todavía estaba vivo y daba clase y hasta era decano en Cooper Union pero yo no sabía quién quien era y nunca fui a escucharlo pese a que vivía al lado y me pasaba la vida en el East Village. Así es la vida, ay, y fue en 2001 cuando supe de él y me fasciné por el arquitecto, el poeta y el personaje.

Tengo varios de sus libros en el primer estante de mi biblioteca de arquitectura, donde están además Le Corbusier, Louis Kahn, Barragán, Tadao Ando, Breuer, Niemeyer y Zumthor, y ahora que los cojo todos y los planto en mi mesa para revisarlos, leer de nuevo sus poemas y mirar los dibujos fantásticos de sus proyectos delirantes y escribir este texto me doy cuenta de cuánto quiero yo a este hombre. No basta que les copie los nombres maravillosos de estos proyectos,
  • Red Cathedral and a Creche of Angels Flew from the Wall,
  • Library for Still Lives,
  • Geometric Flowers,
  • House for the Keeper of the Archives on Persephone,
  • The Still Life Painter´s Complex
  • Two chapels for the dead: Heaven-Hell / Day-Night…
hace falta que los vean para que entiendan de qué hablo.

Uno de esos libros que ahora tengo en mi mesa, Pewter Wings. Golden Horns. Stone Veils, está casi dedicado a España. La introducción dice:

In work and creation one waits . . . Spain informs. The cities I have visited –Madrid, Barcelona, Granada, Valencia, Seville, Santiago de Compostela– have a dry impaction, a haunting aridity . . . all are walking places. All invade the mind . . . warehouses of thought . . . planar rambles, las Ramblas . . . the women of the Prado . . . the ascension path on Alhambra’s cliffs . . . eating celebration on the finger docks off the Valencian coast . . . great/vast park of Seville, dry points of colour flickering under black-green shade trees as the citizens enjoy the day . . . mist of darkness of volumetric silence surrounding the casketed bones of Saint James Compostela . . . a country of solid undulating wavesells . . . one immense still life.1

y hay más dibujos de proyectos con fantásticos nombres españoles,
  • Granada Women,
  • Seville Blue,
  • House on the Spanish Atlantic,
  • Santiago Structures,
  • 24 Andalusian Houses,
  • Seville Structures,
  • Bullfighter’s House,
  • Court House Outside of Cordoba,
  • Cadiz Moment…

De nuevo Santiago de Compostela, una referencia constante en su vida. El libro de poemas Lines no Fire Could Burn no sólo tiene la catedral de Santiago en portada sino una imagen del Santo esculpido en piedra en la primera página. Es un libro de poemas religiosos, el asombro del arquitecto que ya sabe que va a morir pronto ante la maravilla de las construcciones religiosas. Éste es el que más me gusta:

The cellist moved his sound
into the soul of Christ
evoking the agony
and the forgiving
simultaneously
Jesus looked at him
through eyes
of vanishing centuries
and long memories
where the blackness
of tree trunks
were darker than
printers ink
and the sheets of music
contained embalmed sound
Jesus followed the score
and hummed in
all silences
so that the composer
could reflect space
filled with the aroma
of black roses
and sepia women
our lord opened up
the gardens for
the female voice
accompanied by the cellist
and his haunting bow
gliding over the strings
of a mauve heaven
where music had risen


Las dos torres de Santiago Structures son el único de los proyectos de Pewter Wings… que aparece con idea de ser construido, con sus planos de planta, alzado y hasta del terreno, los del parque de Belvís para el que habían sido concebidas como torres botánicas. Nunca se hicieron y Eisenman las recuperó para la Ciudad de la Cultura, ya sin adecuación al nuevo sitio ni uso alguno que les diera sentido.

Me emocionó visitar la Ciudad de la Cultura y encontrármelas ahí, como a trasmano y quien no quiere la cosa, con ese aire de inacabadas que tienen y, sobre todo, esa absoluta inutilida y falta de sentido que tanto les convienen porque así, inútiles y sin sentido práctico, son los edificios de Hejduk, surgidos de una voluntad diferente y propia que comparte la materia de que está hecha la poesía.

Ahora las llaman Torres Hejduk, un feo nombre propio de estos tiempos nuestros de arquitectos-estrella a los que se pide edificios por el ansía fetichista de contar con sus nombres, Centro Niemeyer, Edificio Nouvel… como si a la capilla en Ronchamp se la hubiera llamado Capilla Corbusier o a la Catedral de Santiago Edificio Mateo.

Hay que ir a Santiago a ver a Hejduk.



1 Cómo traducir esta última frase intraducible cuando en inglés o en alemán se llama still life (literalmente “vida en reposo”) a lo que nosotros o los franceses llamamos “naturaleza muerta”.

25 de mayo de 2011

Arte contemporáneo y texto (2)

Como me gustan las polémicas culturales francesas (entre nosotros no hay polémicas culturales) me sirvo de la más reciente para seguir con la reflexión en que ando erre que erre sobre el texto como parte integral de la obra de arte.

La polémica es la siguiente: La Pléiade acaba de publicar dos tomos con la Obra de Milan Kundera. Así, la Obra (Œuvre) en singular, y no Las obras. Ello porque Kundera se ha empeñado en controlar el proceso y decidir qué se publica y qué expurga, cómo se publica y cómo, en consecuencia, va a quedar para la posteridad, sin notas, borradores ni aparato crítico. Sólo las obras –la obra- del autor tal como él la quiere, la reconoce y quiere fijarla. Y, ay, he ahí la madre de la disputa. Unos cuantos académicos de la universidad de Lausana se han venido lanza en ristre a decir que qué es eso, cómo se les ocurre, cómo puede La Pléiade publicar la obra de un autor sin incorporar el aparato crítico como parte integrante de la edición. ¿La obra del autor tal cual, sin que ellos la completen?, ¡qué insolencia!, ¡qué regresión!: "Les historiens et philologues assisteront-ils, médusés, à cette opération commerciale qui entraîne dans son sillage la dévaluation cynique de leurs méthodes et de leurs savoirs ?"

Y a continuación Alain Finkielkraut y otros intelectuales se han ido a su vez en diatriba contra los académicos obsesionados por que los textos se publiquen acompañados de accesorios ajenos a la obra pura y dura ad maiorem gloriam de sus elucubraciones y sus currículums.

Esta polémica me interesa por dos cosas. Una no viene ahora al caso, la distinción que me obsesiona entre intelectual frente al académico. Ya he escrito antes sobre esto y lo seguiré haciendo.

Lo que ahora sí viene al caso es la comparación con lo que pasa en el arte: el texto como algo especificativo y sine qua non que determina el contenido de una obra y lo fija, y no como algo explicativo y accesorio. No sé si hoy se estudia en los colegios eso que yo sí estudié en mis tiempos, la diferencia entre subordinados explicativos y especificativos, entre Coge el coche, que está en la esquina y Coge el coche que está en la esquina. El texto en torno a la literatura, a la arquitectura, a las artes escénicas o a la música, a las artes plásticas hasta cierto momento histórico, es explicativo: añade, ayuda, modifica la comprensión, o lo pretende al menos, gira alrededor. El texto en las artes actuales, en lo que llamamos arte contemporáneo, es especificativo en cambio, define la obra, conforma su significado y es por tanto parte de ella.

Los profesores de literatura de Lausana quieren que su aportación académica sea parte constitutiva de la obra literaria y como tal permanezca en la Pléiade. O sea, lo que ocurre en el arte contemporáneo sin que a nadie le parezca raro ni haya polémicas: cómo imaginar hoy la obra de arte contemporáneo sin su discurso y su texto.

De este carácter integral del texto se derivan consecuencias sobre las que ya me había comprometido a escribir en estos días y prometo hacer en la próxima de estas cartas.

18 de abril de 2011

Arte contemporáneo y texto (1)


En ningún otro ámbito de la cultura es el discurso tan relevante como en el arte, ninguna de las otras prácticas culturales depende de un discurso externo a la propia práctica, ninguna otra lo incluye como elemento constitutivo y sine qua non. Todos vamos al cine, oímos música, leemos literatura o hasta ensayo y vemos danza o teatro sin necesidad de que un crítico o un comisario nos expliquen qué vemos, oímos o leemos. Nada he necesitado yo ajeno a sus mil y pico páginas para quedar atrapado y fascinado durante tres meses por Tu rostro mañana de Javier Marías ni para ir desde hace unos años leyendo poco a poco el ciclo Zuckerman de Philip Roth, como no he tenido que leer una sola línea para disfrutar de las películas de Jim Jarmusch o de los Coen, de la música de Leonard Cohen, Philip Glass o Shostakovich, de las piezas de Pina Bausch o los montajes de Robert Wilson o Peter Brook, de cualquiera de esas creaciones que llamamos cultura y que hay gente que hace porque tiene necesidad de bailar, de escribir, de componer o tocar y otros vemos, leemos o escuchamos porque no podríamos no hacerlo.

Hace tiempo que está clara la distancia enorme, casi infranqueable, entre la crítica divulgativa y la aproximación académica a una obra literaria. Miles de tesis o sesudos textos académicos sobre libros y autores se escriben cada año en el marco de las filologías o los estudios culturales que viven su propia vida en revistas y congresos sin afectar a la literatura ni aportar nada a las experiencias lectora y escritora, las dos que realmente cuentan. Pueden el experto o el interesado leer todo lo que se escribe sobre el Ulises sin que ello le quite ni le ponga un ápice al placer, o al hastío, de leer esa novela dublinesca.

La critica añade al cine pero no conforma su disfrute, o su comprensión siquiera, y no hace falta saber qué querían decir Kubrick en La naranja mecánica o David Lynch en Mulholland Drive para que alguna de ellas sea incluso película favorita. Sabemos que Bach es maravilloso sin tener que saber nada de música ni hace falta estudiar historia de la arquitectura o leer todos los meses Arquitectura viva para apreciar un edificio de Mies o Herzog & De Meuron.

Puedo por supuesto leer más para saber más del cuadro que miro, la pieza de danza o de teatro a que asisto o la canción, el cuarteto de cuerda o la improvisación que escucho, pero no lo necesito para apreciar y disfrutar y entender esas cosas lo bastante, como no necesito saber de astronomía para disfrutar de una noche de estrellas o de botánica para caminar por el parque o un bosque y ser feliz con los árboles, las plantas y las flores. Las artes apelan sobre todo a una apreciación sensorial y un sentido estético que, aunque no tienen por qué bastar a menudo, lo que no pueden desde luego es faltar. Hay arte sin explicación, pero no lo hay sin una emoción estética inefable que diferencia la experiencia artística de la académica, la científica, la social, la divulgativa, la publicitaria... Y porque hay esa emoción consigue trascender e ir más allá de lo inmediato y, a veces, decir algo del hombre o de la vida o del momento que jamás conseguiría decir ningún texto, estudio, informe, declaración, manifiesto, enciclopedia o buscador de internet. Las tragedias griegas, las de Shakespeare, los Desastres de la guerra, el Guernica, los poemas de Celan, el Cuarteto para el Fin de los tiempos, las canciones de Bob Dylan, The Wall... no han necesitado de un texto para decir lo que tenían que decir y transmitir y perdurar y mantener la misma emoción estética y la misma fuerza expresiva que cuando fueron creadas.

Pero el arte contemporáneo es otra cosa.

Eso que llamamos hoy en día arte contemporáneo no es que pueda sino que debe ir, parece, acompañado de un texto explicativo. De un discurso. La obra en sí, el hecho artístico digamos, no es bastante si no lleva consigo un texto que lo completa y le da sentido. No un texto que interpreta la obra desde fuera y ayuda a comprender su significado, a modificarlo incluso, sino que lo conforma ab initio y es parte intrínseca de lo que se quiere decir.

También la música contemporánea tiene que ir acompañada de un texto. Tal vez por esa dependencia de la explicación arte contemporáneo y música contemporánea son las dos disciplinas que se han apropiado del término contemporáneo para definir sólo una parte de la producción que se lleva a cabo en el momento presente. Ya he escrito antes sobre esa apropiación de un adjetivo para acotar su significado en beneficio sólo de una parte de lo que denota.

Pero son casos diferentes: como en la música contemporánea no hay significado, de eso se trata, el texto es necesario para explicar por qué se compuso, cómo, la estructura. El texto que acompaña a las composiciones de John Cage, de los serialistas, de los músicos espectrales no es por tanto discursivo: explica cómo se creó la obra pero no la conforma. La música contemporánea, aunque no entendamos nada, existe sin el texto. En el arte contemporáneo el texto, el discurso, insisto, son parte integral de la pieza.

De las implicaciones de esta dependencia del texto por parte del arte contemporáneo seguiré hablando en mi próxima entrada en este blog.

2 de abril de 2011

Los límites del arte contemporáneo. 1- Arte y cine


Interesante conversación hacr tres días en Madrid con el artista Oscar Muñoz, que inaugura exposición en La Fábrica, Efraín Muñoz, su galerista en España, y el crítico de arte Carlos Jiménez, colombianos los tres aunque desde luego madrileños a la vez estos dos últimos, en torno a un tema que me obsesiona y al que llevo tiempo dando vueltas, los límites del arte contemporáneo, qué es y qué no es arte, los bordes y fronteras entre el arte y otras disciplinas, en esta ocasión el cine, qué es arte y qué cine, cuándo es arte lo que un artista hace y cuándo se convierte de repente en cine y qué hace que así sea o así se considere, si un artista sigue siéndolo aunque su pieza se proyecte en el circuito del cine o pasa en cambio a ser cineasta.

Llevo tiempo queriendo escribir sobre esto y la conversación me sirve de acicate para no seguir huyéndole al tema. Así que aparezco de nuevo en este blog que por varios motivos (dos sobre todo, familiar uno, profesional otro) he tenido abandonado durante algunos meses.

Hace unas semanas veía en la Bienal de Sao Paulo obras de Godard o de Pedro Costa pensadas para el cine, concebidas -digamos para irnos entendiendo porque no va a haber, si no, manera- para ser distribuidas y exhibidas como cine, en pantallas grandes de salas públicas y no de forma semi-pública o privada en las pequeñas de plasma habituales en galerías y museos; de acuerdo, en definitiva, con la lógica del medio cinematográfico propia de dos creadores de ese medio. Poco después iba a Segovia a ver La dama de Corinto, la pieza de José Luis Guerín comisionada y concebida, ésta sí, expresamente para un espacio artístico y, digamos para seguirnos entendiendo, como pieza artística y de acuerdo con la lógica del medio artístico. Y que reflexiona además, por cierto, sobre algo tan propio del arte y tan de su esencia como la naturaleza y el origen de la pintura, su origen mítico como trazo de una sombra. El propio Guerín se refiere a la circunstancia de que hoy, que la pintura ha perdido (momentáneamente, añado yo) su prestigio como arte, sea el cine quien sigue proyectando una imagen sobre un lienzo.

Y al tiempo que me topo con estos trasvases del medio del cine al del arte, me encuentro con que en la última Berlinale se estrena NO, Global Tour de Santiago Sierra, otra pieza más en su trayectoria pero no una esta vez a tantos miles de euros cada ejemplar de la edición sino al precio más pedestre de diez euros, más o menos según el sitio, la entrada para sentarse a verla, como en 2008 Steve McQueen estrenó en Cannes Hunger, su película sobre la huelga de hambre de los presos del IRA en 1981, o como en 2009 Shirin Neshat ganó el León de plata en Venecia por Women Without Men.

El quid de nuestra conversación de hoy estaba en que Carlos Jiménez dice que lo que hay en esos casos son artistas que hacen cine y por tanto lo que presentan son películas como, aquí soy ya de nuevo yo quien dice, son películas las de Clint Eastwood o las de Godard o Pedro Costa por mucho que éstas últimas se exhiban en la Bienal de Sao Paulo, mientras que yo decía que lo que hay son piezas artísticas exhibidas en el circuito del cine, producidas incluso de acuerdo con los mecanismos y la lógica con que se produce cine, muy distintos sin duda a los mecanismos y lógica con que se producen piezas de arte (el cine, entre otras cosas, y para empezar, es siempre es mucho más caro de producir), pero arte al fin y al cabo. Y no cine.

O sea, sostenía yo, no es lo mismo un Schnabel que deja el arte y se pasa a hacer cine, por mucho, y ese es otro tema, que su mirada siempre sea la del artista -como la mirada de pintores como Juan Navarro o la música de Xenakis serán siempre las de un arquitecto- que artistas que expanden sus horizontes y su forma de hacer las cosas y se meten en el terreno de lo cinematográfico como un medio más de producir su obra artística, hasta de concebirla y desarrollarla, de seguir avanzando. Como Matthew Barney quizá el primero de estas últimas generaciones. Como Alberto García-Álix, que creó y produjo su película De donde no se vuelve para la retrospectiva que le dedicó el Reina y ahora la está mostrando, con enorme éxito que él no esperaba, en festivales de cine. Como Steve McQueen, como Shirin Neshat, como Santiago Sierra.

Ojo, estas películas de artista serán sin duda pocos quienes vayan a a verlas a las salas de cine, si es que llegan a estrenarse -a menos que sea NY, donde una del ciclo Cremaster de Matthew Barney contaba con salas llenas cada día en el cine del Village donde se estrenó-, hasta en eso entran de lleno los incautos artistas en el medio del cine. NO, Global Tour o Women Without Men se igualan a otras películas en lo bueno, estrenar nada menos que en la Berlinale por ejemplo, pero también desde luego en lo malo: serán sin duda pocas las salas donde, si acaso, se estrenen, como les pasa cada año también a otros muchos cientos de películas independientes que se producen y no se estrenan o se estrenan y apenas duran unos pocos días en pantalla. Y si hasta fueran pirateadas serían ya del todo películas de cine en vez del cómodo y exclusivo producto habitual de las galerías: una edición de pocos ejemplares de una pieza de video para los pocos coleccionistas que las compran y que los demás ya no podrán más que ocasionalmente en museos y retrospectivas.

Pero en fin, terreno delicado sobre el que apenas empiezo a reflexionar y a pergeñar algo escrito y sobre el que seguiré en las próximas semanas.

6 de enero de 2011

El empleo





Hoy no publico sesudas y pesadas reflexiones culturales. Sólo este corto, El empleo, mi preferido de 2010. Es muy bueno.

Regalo de Reyes.

Feliz día.

22 de diciembre de 2010

Una frase en recuerdo de Carlos Edmundo de Ory



He venido pensando que abriría él la puerta
y que él me extendería la mano destinada
a poner el rigor y la extrema destreza
del último dolor en el último látigo
cuenta Carlos Edmundo de Ory de cuando llega a visitar en su casa a Pierre-Jean Jouve en un poema que casi no se encuentra si no es en el libro que hizo Félix Grande y que es de los suyos el que a mí más me gusta, y yo vengo pensando que me recibirá él, con Laura, en la estación del pueblo con su sombrero siempre y una cámara en la mano preparada para hacerme una foto en cuanto me vea y nos iremos a esa casa de ellos en Thézy que es como un espacio estanco, una jangada encallada en una aldeíta que se basta y se auto-contiene y de la que sólo hay que salir a buscar provisiones o al buzón a recoger el correo, los libros que llegan, las cartas de los amigos, o a la estación de tren a recibir a los que vienen a visitar, pero que tiene todo lo demás que uno necesita en la vida, los objetos, los cuadros, los caballitos, los libros en las dos bibliotecas del primer piso, cada una con sus ritos, un sitio para cada actividad, una de las dos el estudio donde Carlos trabaja y escribe y archiva, todo en su lugar, cada carta en su carpeta con el nombre del amigo, cada papel donde debe estar y en ningún otro lado, cada foto, cada dibujo, y la otra, enfrente, la celda donde lee, siempre sentado y siempre subrayando, todo eso que Carlos lee, lo que ha leído desde siempre, a los poetas que venera, Juan de la Cruz y San César Vallejo, y a Trakl, Celan, Pierre-Jean Jouve, Rimbaud, Leopardi, los surrealistas, Eduardo Chicharro y a los nuevos autores que sigue descubriendo, poetas como Luis Eduardo Aute o Arcadio Pardo, novelistas, Thomas Bernhard, Houellèbecq, Philip Roth, James Ellroy, lo que va encontrando sobre la India, sobre religiones, sobre la Resistence, sobre el Comandante Massoud, sobre Mandela, la persona viva a quien más admira; cada cosa a su hora, porque hay en su casa un tiempo para escribir y trabajar, un tiempo para leer y un tiempo, después, para bajar a la sala, colorida cada tanto de un color diferente, y sentarnos en la mesa redonda a tomar cerveza y salchichón y, Carlos, altramuces, a comer quesos o el cous-cous de Laura y beber vino y conversar de la vida, Carlos preguntando, indagando, queriendo saber siempre más de uno y hablando de todas esas cosas de que habla, Carlos, digamos, comiendo a manos llenas altramuces y recordando un verso de Juan de la Cruz, un no sé qué que queda balbuciendo, una frase de Heidegger, un poema de Rubén Darío, una idea de Jung, con esa memoria increíble para todo lo que ha leído en la vida, y es mucho lo que ha leído en la vida, nosotros tres hablando de viajes, Carlos dándome consejos muy pensados y, por eso, siempre repetidos y no sé, ay, si suficientemente atendidos, Carlos y Laura contando sus descubrimientos, los libros, la gente, los amigos, con esas ganas siempre, hasta el final, de seguir descubriendo y reinventando y de no parar nunca ni anquilosarse, siempre joven, porque es joven quien sigue avanzando y no se para y busca y juega y se ríe y Carlos no paró ni dejó ni cejó y siguió, seguro hasta el último día, riéndose con esa risa tan bonita que tenía.





                                  Madrid, Cádiz, 20 de diciembre de 2010

8 de diciembre de 2010

Arte y política en São Paulo

 
Escribía hace unos días sobre arte político, o sobre arte y política más bien, la capacidad del arte para evocar y hacer presente y reivindicar y expresar y hasta cambiar la realidad o conformarla y expandirla, todo eso que el arte ha hecho siempre, las artes, las plásticas, las escénicas por supuesto, la literatura, hasta la música. Ayer mismo lo decía Vargas Llosa en su discurso de recogida del Nobel,
las palabras son actos y (…) una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia.
y lo mismo, añado yo, las imágenes, las formas, los gestos, todo eso que constituye el arte.
Llego a São Paulo y corro a ver la Bienal, en el Pabellón Ciccilio Matarazzo del parque de Ibirapuera, un edificio maravilloso de Niemeyer, que no es poco, el edificio ya tal vez la mejor pieza, un continente que compite con el contenido, una excelente Bienal, enorme, desbordante, repleta de piezas interesantes que yo fui recorriendo a lo largo de toda una mañana sin que me diera tiempo a aburrirme ni a acabar. Una Bienal, la 29ª, Siempre hay un vaso de mar para navegar, dedicada al arte político. “Es imposible separar el arte de la política”, leemos nada más entrar en la explicación que nos recibe:
A 29ª Bienal de São Paulo está ancorada na ideia de que é impossível separar a arte da política. Essa impossibilidade se expressa no fato de que a arte, por meios que lhes são próprios, é capaz de interromper as coordenadas sensoriais com que entendemos e habitamos o mundo, inserindo nele temas e atitudes que ali não cabiam e tornando-o, assim, diferente e mais largo.
A eleição desse princípio organizador do projeto curatorial se justifica por duas principais razões. Em primeiro lugar, por viver-se em um mundo de conflitos diversos, onde paradigmas de sociabilidade são o tempo inteiro questionados, e no qual a arte se afirma como meio privilegiado de apreensão e simultânea reinvenção da realidade. Em segundo lugar, por ter sido tão extenso esse movimento de aproximação entre arte e política nas duas últimas décadas, se faz necessário, novamente, destacar a singularidade da primeira em relação à segunda, por vezes confundidas ao ponto da indistinção.

No digo yo que no lo sea, quién soy yo para ponerlo en duda como decía Benedetti en un poema que de adolescente me aprendí de memoria, todo puede ser político en la medida en que todo, claro, es parte de la realidad y por tanto la conforma, qué hacemos, dónde vivimos y cómo, qué periódico o qué libros leemos, y en qué formato hoy en día, cómo decoramos la sala1, qué comemos, qué programa de televisión vemos, o si vemos o no televisión para empezar, qué ropa nos ponemos o a qué parque vamos el domingo en la mañana, todo, o casi todo, es o puede ser político si entendemos lo político como lo público, lo que nos afecta y tiene que ver con nuestra vida y la define y modifica, y no sólo como la política, esas actividades que realizan nuestros cada vez menos interesantes políticos profesionales.

Pero entonces, si todo es político y el arte no se puede separar de la política, ¿por qué está esta Bienal de São Paulo dedicada a cierto arte político?, qué contradicción entre la propuesta y la explicación, qué incoherencia. Porque en efecto entramos al pabellón y empezamos a caminar y sí, son piezas de carácter político con lo que nos encontramos, piezas, digamos, claramente políticas, eso que cualquiera llamaría sin ambages arte político, las pequeñas joyas de la corona de Carlos Garaicoa que parecen piezas precolombinas pero son en realidad reproducciones de centros de infamia –la ESMA, el estadio de Santiago, la base de Guantánamo, la Stasi, Villa Marista en La Habana…-, multitud de personajes de la sociedad india esperando a que vengan a endosarles un discurso en el cuadro del artista indio NS Harsha -mis dos obras preferidas de esta Bienal-, los pedestres dibujos de un artista matando líderes políticos, un documental sobre la muerte en accidente del Presidente de Polonia Lech Kaczynski más propio de la CNN que de una exposición de arte…

Es un acto político también decidir qué es político, qué queremos que lo sea o qué queremos más bien aceptar que lo es; es política sin duda la decisión de un artista de ser político y referirse a la actualidad de manera expresa y directa y convertir su obra en instrumento o herramienta o hasta arma, o pintar o esculpir o crear movido por impulsos otros y tan distintos y propios como expresar algo que tiene dentro y que es personal o íntimo, o buscar, por qué no, la belleza u otra sensación estética, o por el propio placer incluso de pintar o esculpir o labrar o forjar o dibujar o moldear o escribir o componer o lo que sea que son el motivo y la pulsión profundos y propios que mueven a cada creador y su voluntad o no de decir algo sobre el mundo o querer conformarlo.

Pero entre todo esto la Bienal de São Paulo ha optado por mostrar sólo el arte pretendidamente político, manifiestamente político, explícitamente político, y no hacer una reflexión sobre el otro, todo el otro, una reflexión sobre por qué precisamente también es o puede ser político el arte que no pretende serlo, el de quien explora materiales y texturas, quien esculpe o pinta gordas o busca el vacío y quiere contenerlo, quien talla madera o labra piedra o forja acero o pinta campos de color o negro sobre negro o interpreta las Meninas o un perro de Goya o sale cada mañana a pintar la ciudad en la que vive o a pintar cómo crece un membrillo. Si todo artes es político, ¿por qué no están en la Bienal de São Paulo esos artistas que los curadores llaman formalistas?

Yo creo que ha sido una decisión política de los comisarios centrarse sólo en cierto arte político y decirnos, de manera simplista, que lo que pasa es que todo arte es político.

1 Me interesan mucho las reflexiones del arquitecto Andrés Jaque sobre lo mucho que la manera de decorar la sala dice de una sociedad.

Música de hoy - 2

(1 diciembre 2010)



Escribía yo en estas mismas páginas, si es que estas revistas electrónicas tienen páginas y no sólo (con tilde) bytes e interface, qué palabrejas, escribía, digo, sobre ciertos comentarios del Sr. Mortier sobre que al público español le interesa poco la música contemporánea y la consume poco, dicho en términos actuales ahora que de todo cabe predicar consumo y la música, la literatura o el arte también se consumen como se consumen los centollos en un restaurante gallego o iphones en una tienda de Apple.

Mi amiga Rosa me escribió largo y tendido al respecto y no me resisto a publicar lo que me dice. Hoy hablo yo poco, si es que estas revistas electrónicas le permiten a uno hablar y y no sólo escribir mails, navegar por la web, bloguear, chatear, qué palabrejas, hoy hablo yo poco, decía, y dejo a Rosa, leonesa ella y casi gallega, opinar.



NUESTRA MÚSICA IMPLACABLEMENTE SILENCIADA
(Rosa María Fernández)

Me he quedado realmente sorprendida por el desinterés que manifiesta el señor Mortier hacia la ópera española, en una entrevista publicada por Scherzo, y que leo en Música de Hoy, en este blog; precisamente ahora, cuando fructificaban en el público y en los especialistas en el género las consecuencias de las primeras recuperaciones y puestas en escena de algunas de nuestras óperas más significativas del XIX.

No se trata de cuestionar opiniones -digo opiniones porque el señor Mortier no ha tenido tiempo de hacerse con unos criterios apropiados (ni formales, ni analíticos, ni históricos) sobre nuestra ópera-, ni es una cuestión de “defensa de nuestra música”- (pobre Pedrell, más de cien años después de Por nuestra música y así estamos…)

Escribo en este blog sobre nuestra ópera simplemente porque es realmente magnífica y porque su conocimiento peligra; y sobre todo, porque no podemos permitir que los prejuicios se superpongan sobre el conocimiento, o el desinterés sobre el análisis, porque más de 20.000 zarzuelas catalogadas (sí, la cifra es correcta) y más de cien óperas recuperadas -y estamos hablando sólo del siglo XIX-, manifiestan que España fue un terrritorio lírico, y que, si este país ha dado la catedral de León, la Sagrada Familia, Las meninas o El Quijote, sería un poco cerril pensar que, en lo que se refiere a la música, no ha habido nada magistral. Pues no, no es así. Dejar constancia de algunas de las causas que explican el desconocimiento y poca presencia que ha tenido nuestra ópera en los teatros españoles conlleva un discurso largo y detallado, impropio quizás de este formato en el que escribo. Dejo entonces, unas breves pinceladas para que cada uno, construya su cuadro de una realidad, tan bella como trágica, como es la de nuestra Ópera Nacional; como hace más de cien años se quejaban nuestros operistas, la idea de una ópera nacional no es sólo una cuestión cultural, sino también y sobre todo, económica y de compromiso de las instituciones. A veces se ha dado la segunda condición y no la tercera, o viceversa. En los últimos años, se dieron las tres condiciones (cultural, económica y de compromiso) que ahora vuelven a desaparecer. Y digo vuelven, porque, durante un no corto período de tiempo estuvo prohibida la ópera en español, ya que sus mecenas estaban totalmente rendidos al Rossinismo y después, al belcantismo; y no hay más que remitirse a Los amantes de Teruel, de Bretón, estrenada en el Teatro Real en 1889, para lo cual tuvo que hacerlo en italiano, bajo el título de Gli amanti di Teruel, ópera que impresionó tanto al público que el libreto, escrito por el propio Bretón, fue traducido al alemán, y Die liebenden von Teruel fue estrenada en Praga, en 1891. Sólo diez años después el libreto de Gli amanti fue traducido al castellano.

Mesonero Romanos habla de la difícil situación de la música española frente a la italiana -relean su sátira El furor filarmónico-, lo que le sirve a Soriano Fuertes para decir entonces: “nuestro teatro lírico sucumbió: no pudo parangonarse con el italiano; tuvimos que esclavizarnos al yugo extranjero; tuvimos que copiar y hacer sacrificio de nuestra nacionalidad, pero no por falta de genios para crear, no por carecer de conocimientos, sino por no tener gobiernos protectores que alentasen nuestros trabajos y premiasen nuestras obras”…

Hay que recordar que cuando la reina María Cristina funda el Conservatorio de Música de Madrid, en 1830, pone al frente a un italiano y rossiniano de pro, y desde su creación, este centro se convertirá en divulgador de la ópera italiana, contra lo que lucharán los compositores españoles verdaderamente comprometidos con una ópera nacional (cientos de páginas en los textos de Cotarelo, de Peña y Goñi, del Legado Barbieri, en los escritos de Bretón, así lo avalan). Como decimos, se impuso a los músicos españoles escribir ópera en italiano (y ahí están las espléndidas partituras de Sor, Carnicer, Saldoni, Genovés, Cuyás, etc) algunas, reestrenadas recientemente en el Real y en el Liceo, entre otros teatros, cosechando un éxito internacional.

Constituyen verdaderos tesoros, no sólo por su genialidad artística, por la belleza sonora de sus arias, sus números concertantes o el tratamiento orquestal, sino también (o, sobre todo) porque hasta su puesta en escena estuvieron durmiendo, silenciadas, en archivos y bibliotecas, aplastadas por la ignorancia de quienes a priori, no las consideraban dignas; condenar sin conocer, tristes épocas vividas que pueden repetirse de nuevo… menos mal que quedan investigadores, público y unos pocos directores, cantantes y directores de escena (reconocimiento completo para Zedda y su versión de Il dissoluto punito, ossia Don Giovanni Tenorio, de Carnicer, cuidadamente editado en CD y DVD, pero sobre todo, a López-Cobos y sus estrenos de La Conquista di Granata, o Ildegonda, de Arrieta, ópera representada con cierta frecuencia en Portugal e Italia. De las siete óperas de Chapí -entre las que cabe mencionar Roger de Flo, preciosa ópera en tres actos-, se ha llevado al disco la maravillosa Margarita la Tornera, última ópera escrita por este compositor que entendía como pocos la lógica teatral al servicio de la música. Todas estas obras se han llevado a cabo por el enamorado esfuerzo de unos pocos, como Pedro Pablo Pérez, Pizzi, Zedda, López- Cobos, Emilio Sagi, María Encina Cortizo o Plácido Domingo, entre muchos otros, comprometidos con la ópera más allá de fronteras históricamente post-establecidas (porque, como hace el señor Mortier, ¿si es italiano o alemán, sí es digno de representarse, pero si es español, no? ¿desde cuando el arte se reparte por parroquias?, o, volviendo a sus palabras, en las que dice que Martín y Soler es conocido como coetáneo de Mozart, pero no al revés, ¿porqué no matiza que Mozart estuvo esperando años, por el libretista Da Ponte, autor de tres de sus mejores óperas, porque estaba encantado trabajando con Martín y Soler? O que el propio Mozart introduce la música del valenciano en la escena de la cena de su Don Giovanni, como signo de su clara admiración por él?)

Pero volvamos a nuestra ópera: merece la pena detenerse en cada una de estas obras, de las que se podía estar hablando horas y horas. Están editadas, así que todos podemos hacernos nuestro propio criterio. Fíjense en las magistrales líneas melódicas de la soprano y la mezzo de la Margarita chapiniana, obra con una estupenda asimilación de estilos, magistralmente orquestada, en una tonalidad expandida; escuchen detenidamente la cavatina de Margarita en el primer acto, su Qué cielo tan triste!, y se sorprenderán con sus tintes wagnerianos… o qué decir del mencionado Don Giovanni, de Carnicer, partitura vivamente rossiniana, compuesta con un dominio absoluto de la vocalidad, con una escritura magnífica, de amplia coloratura, especialmente para el tenor, que nada tiene que envidiar a las óperas hoy en repertorio internacional; no dejen ustedes de deleitarse y sorprenderse con la cavatina de doña Ana, el virtuosístico dueto entre don Juan y doña Ana, el aria de don Juan en el segundo acto (con su impresionante preludio orquestal) el aria de don Octavio, los excelentes números concertantes, la naturalidad virtuosísistica de las voces y el perfecto manejo de la orquesta, al servicio de un drama que, en la mano de Carnicer, a nadie deja indiferente; o el caso de Manuel García: cuando está en París escribe ópera seria francesa, como la encomiable La muerte de Tasso, estilo muy distinto al de su Don Chisciotte, ópera buffa de estructura totalmente italiana, pensada para un baritenor y estrenada en New York; importantísima ha sido también la recuperación de L’isola desabitata, ópera que restrenó recientemente el Teatro Arriaga o La Fattucciera, de Vicente Cuyás, una de las óperas más importantes del Romanticismo hispánico, restrenada recientemente por el Liceo, que recibió los más encendidos elogios de sus coetáneos y que constituyó la única ópera de este compositor mallorquín, muerto al poco tiempo de escribirla, en tan solo tres meses y cuando contaba 22 años.

Todas estas óperas han sido editadas y grabadas en los últimos años: ha sido ímprobo el compromiso de los investigadores, de los editores y de las instituciones para descubrir a nuestros grandes; lean las críticas, todas coincidentes en el inmenso valor universal de estas joyas sonoras, que, una vez más, y si nadie lo remedia, volverán al reino del silencio, del polvo y de los archivos.

A la tragedia de sus exilios y represalias políticas (Carnicer era liberal, enemigo de Fernando VII, y no digamos el caso ya más conocido de Manuel García) se une el olvido y el desdén: “peor muerte que no haber nacido es el olvido”.

Seguiría hablando de las óperas de Tomás Genovés, autor de uno de los primeros dramas que consiguieron ser estrenados en español después de la obligación de tener que hacerlo en italiano, y que, después de estrenar con gran éxito en Bolonia, Roma, Venecia, Nápoles o Milán, decide regresar a España, anhelando una ópera española y que muere totalmente en la miseria y en la ignorancia de sus logros; o el caso de las seis óperas de Saldoni, abandonadas del interés contemporáneo: todas son obras mágicas, dignas muestras de un repertorio que, inquisidores de la ignorancia, se empeñan no sólo en no conocer, sino en lo que es peor: que no los conozcamos. Pero resulta que no, que quienes hemos tenido la fortuna de toparnos con estas obras, nos hemos enamorado de ellas, las hemos incorporado a nuestro adn musical, nos hemos sentido dedicatarios próximos, absolutos, de esa maravillosa estética dramática que destilan nuestras grandes obras.

Búsquenlas, escúchenlas, adéntrense en las luminosas melodías, en la maestría del entramado dramático de libreto y música, en su belleza melódica, y díganme, después, si para “este viaje, necesitábamos estas alforjas”: para venir a un teatro español, tantas veces tiranizado por quien hace de su extranjería, virtud, y seguir “escuchando hasta la saciedad”, anonadados, a los genios que otros se atrevieron a descubrir en su momento. En nuestra mano está que no se cierre, una vez más, la puerta de nuestra música, porque entonces se reproducirán los temores de nuestro músico exiliado, Jesús Bal y Gay ¿nunca es tarde si la dicha es buena? No, nunca es dicha, si llega tarde.

Música de hoy

(3 Octubre 2010)



Me veo el viernes pasado a comer en Bruselas con un amigo al que no veo hace unos meses y lo primero que hace, antes incluso de saludar, es esgrimirme una entrevista con Gerard Mortier en Scherzo donde el belga opina sobre muchas cosas largo, tendido y en profundidad gracias a dos entrevistadores que hacen su oficio de verdad y con conocimiento de causa, o sea al revés que la inmensa mayoría de sus colegas en los medios españoles, que hablan de oído y por aproximación.

Mortier se defiende bien cuando los entrevistadores lo acusan de programar poca ópera española en el Real: ¿por qué habría de hacerlo yo si no lo han hecho hasta hora los propios españoles ni se la ha programado tampoco en los circuitos internacionales relevantes?:

Ha hablado de la ópera conectada con España, con tema español, pero de ópera de compositores no españoles. Aquí, como usted sabrá, hay un enorme patrimonio de ópera española.
Italiana.
No una ópera como fenómeno artístico al modo de la ópera italiana, alemana, francesa o rusa, pero…
No existe una tradición de ópera española. La zarzuela es la verdadera tradición y me encanta.
Pero en España se ha escrito muchísima ópera, hay muchos compositores españoles que han escrito óperas estimables y muchas partituras dignas de revisión.
Eso es falso. Del mismo modo que hay muchas óperas francesas que no valen nada.
Una cierta recuperación ayudaría a darle una personalidad española al teatro.
¿Y por qué no se han hecho esas óperas en los últimos diez años si son tan importantes?
Se han recuperado algunas. Carnicer, Arrieta, en versión de concierto… Tampoco es una razón de peso que no se hayan hecho en estos años. Y hacerlas contribuiría a reforzar su idea de dar un carácter
hispánico al Real.
Si una ópera de las que me hablan se hubiera dado fuera de España me interesaría. Pero alguna razón habrá para que sólo se hayan hecho aquí. En París no hemos hecho Auber o Boieldieu o Les mousquetaires au couvent. Y el único Massenet que he hecho es Werther. Si me dan una buena ópera, estupendo. Pero no va a venir alguien porque sea español. Por ejemplo: Martín y Soler está bien para una vez. Siempre se dice que es el contemporáneo de Mozart pero nunca al revés.
Pero esa comparación es injusta. En fin, que en España se valoraría que usted tuviera algún interés en redescubrir alguna ópera —y las hay buenas— del patrimonio español de finales del XVIII a principios del XX.
Repito: en los años en los que lleva funcionando el nuevo Teatro Real no se ha presentado ninguna de esas óperas fantásticas…
La universidad está trabajando en recuperar partituras de óperas españolas, sobre todo del XIX, que ofrece a los teatros en ediciones críticas, hechas por gente de prestigio, compositores, etc. Hay una tendencia a creer que hay muy buena música española desconocida. Y a usted le van a plantear que estrene alguna de estas obras…
Vamos a ver. Si voy a programar la partitura de Mercadante es porque la conozco, porque la he escuchado. Es un compositor italiano, de acuerdo. Siempre me dicen que hay mucho desconocido muy bueno. Necesito escucharlo antes. No entiendo que se me pregunte por qué no programo música que nadie conoce.
Cristóbal Colón de Carnicer no ha de ser peor que la obra de Mercadante de que nos hablaba, ni Elena y Constantino de Arrieta es peor que el joven Donizetti.
No me interesan. Pasa lo mismo con Manuel García. Una obra en versión de concierto y ya es suficiente. Miren, no se puede hacer todo. Siempre Verdi, siempre un Lohengrin, siempre un Mozart… Mi trabajo de selección es muy difícil. ¿Por qué no Pescadores de perlas, por qué no lo uno, por qué no lo otro? Haremos Hugonotes en versión de concierto, haremos Los troyanos en versión de concierto… Si hay buenas cosas de españoles me lo envían y lo estudiamos… Es un poco raro, insisto, pensar en que sea una pena que esas partituras se hayan perdido. Seguro que hay razones para ello. La buena música no se pierde siempre. No hay sinfonías de Beethoven olvidadas. Se conservan treinta y siete tragedias griegas y seguro que están las mejores, por mucho que hayamos perdido muchas. Una gran partitura olvidada es una excepción, no la regla. (...)
¿No le da miedo de que le acusen de que no le interesa recuperar la música española?
¿Es una crítica?
No es una crítica sino una simple pregunta. Usted quiere aportar al teatro su personalidad, lo que es muy legítimo.
Si viene la universidad con una partitura grandiosa estaré muy contento de hacerla en el teatro. Repito, no hay ninguna gran partitura olvidada.

Algo antes, sin embargo, asegura que ha comisionado a Mauricio Sotelo una nueva ópera sobre El público de Garcia Lorca:

También trabajo con compositores españoles y sobre escritores españoles. Haremos con Osvaldo Golijov (...) una obra sobre García Lorca. Y Yerma de Villa-Lobos en versión de concierto. Hace unos días hemos decidido hacer con Mauricio Sotelo una nueva ópera sobre El público de García Lorca. Estoy leyendo ahora el libro de Martínez Nadal y El público me parece la obra más misteriosa y más difícil de Lorca, una obra que pide música. En El público, además, trabajaremos con el cantaor Arcángel, el guitarrista Cañizares y el bailaor Israel Galván.



Así que yo me volvía de Bruselas pensando en qué maravilla puede ser eso, mi compositor y mi artista escénico españoles preferidos, Sotelo y Galván, con esa voz maravillosa de Arcángel además, cantando y bailando a Lorca y sabiendo, esas cosas de la vida, que apenas un día más tarde, ya de nuevo en Madrid, tal vez como adelanto o premonición, me los había de encontrar a casi todos en el Auditorio Nacional.

Desde que volví a España hace dos años no he perdido ocasión de asistir a la obras de Mauricio Sotelo, ya sean estrenos, en el Reina, en el Auditorio, ya una reposición estupenda como esta en el XV aniversario de musicadhoy el sábado pasado en el Auditorio  con la Orquesta Nacional y Arcángel y la soprano Milagros Poblador cantando Arde el alba, su composición sobre textos, esta vez, de otro de mis poetas admirados, José Ángel Valente.

Tiene razón Mortier: al público español le interesa poco nuestra música contemporánea. Es poca la gente que va a los conciertos de musicadhoy y a las operas de operadhoy y por eso es mucho mayor aún el mérito quijotesco de Xavier Güell que lleva quince años organizándolas y trayéndonos a Madrid cosas maravillosas. Yo recuerdo algunas memorables, los conciertos de Morton Feldman, Stimmung de Stockhausen, una maravillosa y conmovedora opera de Scelsi, Luci mie traditrici, una tarde en el Teatro de la Zarzuela...

Y por eso, aunque iba a escribir sobre Mortier y a medio camino me di cuenta de que iba a acabar hablando de Mauricio Sotelo, es sin embargo a Xavier Güell y a sus maravillosas musicadhoy y operadhoy a quienes quiero dar las gracias y rendir homenaje y de lo que quiero contarles a ustedes, la mayoría de los cuales seguro que ni sabe que eso existe ni se ha enterado de que en Madrid durante todo el año hay buenos conciertos de música contemporánea donde casi todos los que vamos nos conocemos ya de vista.

En edición diferente

(09 Noviembre 2010)



En su despacho veo un cartelito que tiene  Chema Prado enmarcado, escrito creo yo con su propia letra, con la cita de algo que oyó decir a Peter Kubelka en Cartagena de Indias, “La proyección de una película en su forma original es parte de su contenido”, y me doy cuenta en seguida de cuanta razón tiene, más ahora en que hay tantos formatos que uno ya no sabe cómo vio una película, dónde, en que condiciones.

“En edición diferente los libros dicen cosa distinta” decía de manera similar Juan Ramón Jiménez, esa cita que tanto gusta a Andrés Trapiello, y cosa distinta debe de decir sin duda un libro leído en pantalla digital, sea la del ordenador en que ahora escribo esta carta no solicitada sea en la de uno de esos artilugios hoy tan populares que parecen querer venir a remplazar al libro en papel.

Por eso yo quiero seguir leyendo los libros en su forma original no sea que me digan si no cosa distinta a la que quería quien los escribió pensando en que se publicaran impresos en tinta sobre hojas de papel que se pasan una tras otra y empiezan y acaban y se pueden colocar en una librería y verlos como yo necesito ver los libros, palparlos, saberme de memoria donde están, de qué color son, de qué editorial y en qué colección, abombarlos, marcarlos, doblarle la esquina a una página como esta mañana caminando por un parque, como suelo leer (y esa es otra, cómo voy a caminar leyendo un ipad), como esta mañana doblaba una página de Tu rostro mañana donde un personaje de Marías dice “No he tenido mujer ni hijos, pero creo haber tenido una vida de conocimiento, que era lo que me importaba. Nunca he dejado de saber más de lo que sabía antes” y luego escribía conocimiento, 142 en la la última página, haciendo como hacía Simón Brainsky para acordarse, para acordarme, de en qué páginas están esas cosas de los libros con que uno se queda y se lleva consigo de la lectura pero también para marcar el libro como se marca la querencia en un espacio, hacer el acto completo de apropiación, intervenirlo, cosas todas ellas fundamentales, ritos básicos que quién podría hacer, que quién querría hacer en qué última página de una absurda tableta electrónica.

Como Kubelka digo que la lectura de un libro en su forma original es parte de su contenido.

Leiro

(26 Octubre 2010)




Publiqué hace unos años un ensayo sobre la obra de Doris Salcedo y sus trabajos en torno a la masacre del Palacio de Justicia en que decía

Que su obra sea estéticamente atractiva añade a lo que Doris Salcedo pretende. No necesita de la explicación, del folleto, para poder ser apreciada, porque es bella más allá de lo que significa, como lo es la de Richard Serra, la de Chillida, la de Oteiza, la de Rachel Whiteread. El espectador puede limitarse a admirarla sin necesidad de interesarse por lo que hay detrás. La autora no impone el significado, no obliga a recordar con ella. El recuerdo que se quiere evocar se impone solo: como no es imprescindible entender la obra para apreciarla, queda a la voluntad, o a la sensibilidad, del espectador querer ir más allá y preguntarse qué es lo que está viendo, qué significa, qué pasó, cómo, dónde, por qué…

Me acuerdo de que mi amigo el psicoanalista bogotano Simón Brainsky, de quien precisamente heredé la amistad con Salcedo, me peleó por eso de “que su obra sea estéticamente atractiva añade a lo que Doris Salcedo pretende...” y aunque no recuerdo muy bien los términos exactos de la conversación sé que entonces, tal vez como ahora, me costó explicar qué quería decir. Y sin embargo tengo muy claro que es un elemento estético, una base estética, lo que hacen que el arte sea arte y no simplemente teoría, crítica política, sociología...

La obra puede llevar un folleto, claro, que explique por ejemplo por qué una grieta en un museo, qué significa, cuál es el referente de su autora. Pero sin apelación a una sensación estética, y sin la eventual posibilidad por tanto de un juicio estético, yo no creo que podamos hablar de arte. La grieta en la Tate, como los chinos sin mirada de Juan Muñoz, los tejidos de Elena del Rivero, los espejos de Oscar Muñoz, las fotos de Shirin Neshat, las acciones de La Ribot... tienen sin duda una narrativa que los explica y completa su significado. Pero, como decía entonces, no es imprescindible entender la narrativa de la obra para apreciarla, queda a la voluntad, o a la sensibilidad, del espectador querer ir más allá y preguntarse qué es lo que está viendo, qué significa, qué pasó, cómo, dónde, por qué…

Pensaba en esto el jueves pasado en la inauguración en la galería Marlborough de Madrid de la exposición del escultor Francisco Leiro.

Me lo imagino en su taller en Cambados tallando y quitando madera a la madera para que surjan esa figuras suyas tan propias y lo recuerdo en el taller que tenía en Tribeca, tan distintos tal vez uno de otro, zona de bosque y madera el de Galicia y de industria e hierro el neoyorquino, la madera y el hierro dos de los materiales principales del escultor -el otro es la piedra, claro-, y me doy cuenta de cuanto me conmueve Leiro, me emociona, me da ganas de seguir mirando y viendo y rodeando sus piezas y volviendo. No sé si quieren decir algo más de lo que a mí me dice verlas ni creo tener que saber inglés o gallego ni que leer ningún folleto ni la jerga de ningún crítico ni la narrativa en jerigonza de ningún comisario para entender nada que no sea eso que veo y me emociona.