12 de junio de 2008

Afinidades electivas_2


Sigo con la idea de las afinidades electivas. Me vuelvo a encontrar con ellas. Sin querer, sin estar buscando argumentos, leo Todos somos huéspedes de la vida[1], el texto de la conferencia de George Steiner al ser galardonado con el premio Ludwig Börne, y ahí, hablando de su discípulos por todo el mundo, dice,

No hay extraños; sólo familiares unidos por afinidades electivas, huéspedes del texto, de la reflexión, de la música, del arte o de la ciencia correspondiente.

Es eso, es de eso de lo que yo escribía el otro día a propósito de Vila-Matas. Lo mismo de lo que escribía él. Frente al consumismo, a la bazofia, a la trivizalización de la vida, frente a lo mediocre y lo vacío, sólo queda refugiarse en esos hospedajes de que habla Steiner y hablar, hablar con los amigos, leer, amar el arte, la vida, llevar una vida de intelectual. No hay mucho más que hacer (Vila-Matas).

Steiner se refiere a “la familia de los discípulos”, pero lo que dice sirve también para esa otra familia de los amigos, de todos esos con quien compartimos una forma de ver el mundo. De ir por el mundo, diría yo más bien.

Una forma de ir por el mundo a la que Steiner llama “nobleza de espíritu” y contrapone il berlusconismo, “un fascismo del dinero, de lo filisteo, de los medios de comunicación”.


(he escrito estas líneas con música de Leonard Cohen. Y se las dedico a Margarita Valencia, por obvias razones)




[1] Letra internacional, nº 80, 2003 , pags. 8-11

8 de junio de 2008

Mortadelo y Filemón


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Todos los españoles hemos crecido con Mortadelo y Filemón. Además, claro, con otras cosas según el momento, con el TBO, con Roberto Alcázar y Pedrín; algunos, como yo, con los Chiripitifláuticos, los Payasos de la Tele y los Picapiedra; con La bola de cristal, con los Simpson, con Pokemon, con Beavis y Butt-Head, con vaya usted a saber qué hoy en día. Pero todos, generación tras generación, desde que Ibañez, ¡ese genio!, los inventó en 1958, hemos crecido con Mortadelo y Filemón.

Los niños españoles antes leíamos tebeos. Eso, tebeos, pequeñas revistas de historietas con nombres como Pulgarcito, DDT, Tiovivo, Pumby… El nombre viene de la primera de ellas, que andaba ya circulando a principios del siglo veinte, TBO, un juego de palabras que terminó dando nombre a toda la categoría, a todo un fenómeno editorial. ¡Papá!, ¿me compras un tebeo?, y ahí, en Pulgarcito, en DDT, en los tebeos de Bruguera, estaban las aventuras de Zipi y Zape, Pepe Gotera y Otilio, el Botones Sacarino, el maravilloso Rompetechos, 13 Rue del Percebe, Anacleto Agente Secreto, Las hermanas Gilda…

Pero Mortadelo y Filemón eran siempre los primeros, los que abrían el tebeo, nuestros héroes principales de niños del tardofranquismo, como lo habían sido de niños de un franquismo no tan tardío y lo siguieron siendo de los de la transición, y de los de la generación X, y de los de después, y yo creo que hasta de los de ahora. Ya digo, casi todos los españoles hemos crecido con Mortadelo y Filemón.

Así que todos sabemos que Mortadelo es alto, flaco y calvo, vestido siempre de levita negra, con pinta casi de enterrador, narigón y con gafas para una miopía que uno imagina aterradora. Que se disfraza todo el rato y de cualquier cosa, de las más inverosímiles, de grifo, de cajón o de picaporte para camuflarse, de cebra o de ratón para escabullirse, de bloque de hormigón para evitar los golpes de su jefe, de moto para ir rápido, de elefante si hay que cargar algo pesado…

Que Filemón, su jefe, tiene dos pelos, camisa blanca y pantalón rojo de oficinista, y tanta cara de español medio que a quien esto escribe no puede parecerle un tío más normal: se parece a todo el mundo con quien creció.

Que la TIA es la agencia de espías para la que trabajan, una agencia de pacotilla dirigida por el Superintendente Vicente, el Súper, un perdedor con el típico bigotón de jefe español hace cuarenta años y el habitual traje de El Corte Inglés, mal cortado, de los funcionarios medios de aquel entonces.

Que a Mortadelo y Filemón, Agentes de información, el Súper les encarga tareas imposibles, grotescas, delirantes. Que todo sale mal siempre. Todo. Y que por tanto el Súper acaba maltratado y culpando del desastre y de sus golpes al pobre Filemón, pese a que los causantes fueran Mortadelo y sus ideas brillantes. Y que por eso la historieta termina con el Súper persiguiendo a Filemón garrote en mano para darle una buena tunda y con Mortadelo disfrazado, de boca de riego pongamos por caso, para que su jefe no lo encuentre.

Una de las gracias de Mortadelo y Filemón es que pese a fueron inventados para parodiar una España que era como ellos, la de los cincuenta y los sesenta, siguen ahí, representando otra España que ya no es la suya pero que los sigue leyendo. No tanto como antes, es cierto -los tiempos, claro, van cambiando-, pero lo suficiente todavía como para que sea gracioso ver a dos señores ataviados como en la España de entonces, con sus levitas y sus pantalones de oficinista, trajinando por nuestro mundo de internet, Beckham y teléfonos móviles. Ibañez ha sabido adaptarse y adaptar a sus personajes a los nuevos tiempos. Otros héroes de entonces, como Zipi y Zape, remedo de los niños de mi época, tal vez sigan existiendo pero no tienen ya la actualidad que sí tiene estos dos espías de pacotilla con sus apariencias de otra época.

Tal vez lo que pasa es que España ha cambiado, los españoles hemos cambiado, nosotros los de entonces ya no somos los mismos, pero hay muchas cosas en que seguimos todos nosotros siendo igualitos, “Igualico, igualico que el defunto de su agüelico”, que decía la abuela de Agamenón, otro de nuestros personajes de tebeo, y a todos nos siguen gustando el jamoncito, la morcilla, el flamenquillo, el fútbol y los toros. O sea, que no hemos cambiado tanto.

Quizá por eso Mortadelo sigue siendo tan héroe nuestro como Bart Simpson, y por eso La gran aventura de Mortadelo y Filemón, la película de Javier Fesser con personajes reales (2003), ha sido el éxito que ha sido. Porque, además, el atuendo habitual de los funcionarios medios sigue siendo, todavía hoy, de El Corte Inglés, igualico igualico al del Súper.

Así hayan pasado cincuenta años.

Afinidades electivas


Hoy empiezo este blog. Supongo que hay momentos en la vida, y lo que en éste, en éstos, me anda interesando es la literatura metaliteraria. Si se puede decir así... Eso que muchos llaman literatura post-moderna. Autores y textos que transitan entre la realidad y la ficción, si es que no todo texto es ya de por sí necesariamente ficción. Y no sólo autores y textos, sino incluso realidades que se convierten de pronto en ficción, o la re-crean o la re-inventan. En el fondo buena parte de lo que vivimos hoy en la web 2.0 es más ficción que realidad, y todos somos un poco Sophie Calle viviendo vidas inventadas, más o menos cada uno. Podemos tener identidades múltiples y ser a la vez lo que somos (porque de eso, ¡ay¡, nunca nos podremos librar por mucho que queramos) y lo que queremos ser.

Yo ando en eso, decía; en Sophie Calle, en Paul Auster; en Georges Perec, claro (todo estaba ya antes en Georges Perec…). Y por eso también en Vila-Matas, que ahora resulta que va y escribe un cuento para que Sophie Calle lo viva, aunque al final ella coge y no lo vive.

Leo una fascinante conversación de Enrique Vila-Matas con Dominique González-Foerster y Hans Ulrich Obrist, nombres notorios sin duda todos ellos, en el catálogo (más libro que catálogo) de Nocturama*, su exposición con nombre nickcaveiano en el MUSAC, llena de errores ortográficos desde el principio (parece mentira…)

Habla de que Barcelona es hoy un parque temático y recuerdo haberle dicho yo eso mismo en Cartagena hace un par de años, sentados en el patio del convento de Santa Clara…

Pero no es Barcelona lo importante en esa conversación, sino otros muchos temas.

Lo que a mí más me importa es esto que dice:

Estamos viendo el comienzo de la destrucción del humanismo. Tampoco se ve que haya una fórmula mejor que el humanismo. Ante eso, ¿qué hacer? Yo creo que solamente lo que estamos haciendo nosotros ahora, hablar, hablar con los amigos, leer, amar el arte, la vida, llevar una vida de intelectual. No hay mucho más que hacer.

Eso es también lo que yo creo, en lo que yo creo. En las afinidades electivas, en las minorías a las que unen lazos culturales (y sé, y lo asumo, que muchos me consideran por ello arrogante), en quedarse con los que todavía quieren compartir lo que compartimos, el arte, la danza, la música, la luz de la tarde, los libros…

Voilá...

(estos párrafos han sido escritos con música de Sigur Rós y de la quebrada debajo de mi terraza)