7 de abril de 2009

en Do


Los músicos salen con apenas un papelito. En él cabe el patrón sobre el que Terry Riley construye la obra, que es siempre diferente y nunca podrá volver a suceder igual. Ni siquiera si la volvieran a tocar los mismos músicos. Esta vez, hace una semana, eran catorce, y tocaban cuerdas, marimbas, piano, flautas, clarinetes, un acordeón, un saxo…, repitiendo todos durante una hora cincuenta y tres frases que se van entreverando y creciendo. Los instrumentos terminan de crear lo que Riley apenas quería esbozar. Es la primera vez que oigo tocar In C en directo. Y fue, claro, diferente a lo que suena en cada una de las dos versiones en disco que tengo de esta obra y que he oído tantas veces en casa. Más largo, más íntimo, pese a haber más músicos que en los discos.

Las marimbas y el piano se alternan en tocar insistente, machaconamente, el do en corcheas, marcando el pulso sobre el que se van superponiendo las frases, que los músicos tocan como quieren y con los instrumentos que sean, las veces que quieran, empezando cuando quieren, saltándose las que se quieran saltar. Polirritmias, desfase, encuentros, alejamientos y re-encuentros… La belleza de la música repetitiva a partir de un motivo mínimo (eso es el Minimalismo) durante una hora larga, intensa, conmovedora a veces, hilarante. Hasta el do final, de pronto, y el silencio, y el aplauso cómplice de los que teníamos la suerte de estar esa tarde en el auditorio del Reina.

“Cuando escuchas rigurosamente un patrón que es repetido de continuo, éste empieza en un determinado momento a sufrir una suerte de cambio sutil, porque mientras tanto tú estás cambiando”, dice Terry Riley. Uno va entrando en trance, como cuando se reza el mismo mantra una y otra vez y es siempre el mismo pero, si logramos adentrarnos, se empieza a percibir diferente cada vez.

Me gusta la repetición, sea en esta obra de Riley, en cualquiera de Steve Reich o de Wim Mertens, en los cuadros de los Becher, en los mantras místicos del hinduismo o de las oraciones cristianas de Taizé, o en las rutinas que cada vez más voy desarrollando en mi vida. Me gusta la repetición.