24 de mayo de 2009

Koolhaas Houselife


Una impostura. Coges a alguien de importancia fundamental en su campo, escoges una de sus obras de mayor relevancia, buscas sus fallos, reales o aparentes, es decir, mostrados de tal manera que lo parezcan, consigues a alguien pintoresco y políticamente correcto con quien el espectador pueda simpatizar, haces un documental y te haces famoso. Así. A costa del nombre de otro, sin más. Sin aportar nada, sin decir nada, sin proponer nada, sin entrar en mayores, ni menores, honduras, con una superficialidad de vaudeville.

Voilá lo que han hecho unos señores Ila Bêka y Louise Lemoîne con la Maison à Bordeaux de Rem Koolhaas. Era facilísimo, nadie con tanto prestigio -no sé si es la palabra, relevancia, importancia-, nadie tan importante en este momento en la arquitectura mundial como el holandés, nadie tan “referente”. Era fácil coger una de sus obras más re-conocidas, la Casa en Burdeos, y poner a la empleada doméstica, sí, a la empleada, una inmigrante además (española, o sea con-nacional para nosotros pero inmigrante en Francia, un “otro”, es decir, el personaje favorito de cualquier intelectual políticamente correcto, la construcción contemporánea más atractiva), eso, a una empleada doméstica inmigrante y entrañable, y ponerla a hablar sobre el funcionamiento de la casa, sus dificultades, sus desperfectos.

Qué fácil reírse de si está llena de artefactos automáticos (les automats los llaman esta simpática pareja). No importa si están ahí porque el dueño de la casa es discapacitado y necesita artilugios que le hagan la vida más fácil. No. Ça, on s´en fiche en nombre de lo rigolo, de la burla tonta.

Qué fácil poner en un momento determinado un trocito, reconocible por todos, de Mon Oncle, de Tati, para invitar, ¿sutilmente?, ¿subliminalmente?, más bien, creo yo, burdamente, al espectador a relacionar esa obra maestra con su panfleto. Porque no es lo mismo. No es lo mismo para nada una obra de arte imaginativa, capaz de criticar, incluso de burlarse, de manera inteligente de un arquetipo, la arquitectura moderna, sin nombres propios, sin referencias evidentes, logrando a base de talento que el espectador sea capaz de construir lo que se quiere decir (el cine francés es siempre bueno para el understatement), que utilizar una casa, una, reconocible, identificable, con nombre propio. Y nombre propio importante.

La casa sólo la vemos un momento, un par de segundos. El resto del tiempo vemos a la empleada, Guadalupe, yendo y viniendo por donde es más difícil acceder, por donde la casa falla más, corriendo cortinas que parece que debamos pensar que son demasiado largas, subiendo en plataformas de las que debemos reírnos como si fueran grandes inventos del TBO, respondiendo de manera muy digna a la preguntas provocativas de los realizadores, a los que les encantaría conseguir que ella dijera que preferiría trabajar en otro sitio, que no entiende nada, que todo es un horror, respondiendo, una y otra vez, lo que cualquier persona sensata esperaría: que le da lo mismo, que ella hace le ménage, que qué más le da si la casa la han hecho Rem Koolhaas, de quien no ha oído hablar en su vida, o uno de esos promotores canallas que tenemos en España (esto lo añado yo, ella, la pobre, no debe de estar enterada).

Sí, hay goteras, qué cagada. Sí, hay una escalera de caracol muy estrecha, qué le vamos a hacer. Pero de que la casa es una obra maestra, de lo que aporta, de lo que significa, no se dice nada. Quizá no importe, porque no es el tema. Pero que el tema sea sólo lo que piensa Guadalupe, cuántos cubos tiene que poner Guadalupe cuando llueve o si Guadalupe y su aspiradora caben por el hueco de la escalera, ad maiorem gloriam de los realizadores, la verdad, no sirve para nada. Y es una impostura.

En realidad el evento ayer en Madrid no fue realmente la película, Koolhaas Houselife -casi me voy sin nombrarla-, prescindible desde luego, sino la convocatoria impresionante que logró su pase único en Madrid: un quién es quién de la arquitectura madrileña atraído desde luego por el gran poder de convocatoria de Edgar González (¡gracias por traer la película y organizar!) y, desde luego, de Rem Koolhaas. Ninguna empleada de la Casa de la Cascada, de la Ville Savoie o del BB habría logrado ni una cuarta parte. Eso es lo que sabían los Sres. Bêka y Lemoîne: Rem, entre arquitectos, llena estadios. Aunque sea para ver sus goteras.