3 de mayo de 2009

Merce Cunningham y su tinglado

El 18 de mayo de 1947 se estrenaba en el teatro Ziegfeld de Nueva York The Seasons, una pieza con música de John Cage, coreografía de Merce Cunningham y escenografía y vestuario de Isamu Noguchi. La Guerra había terminado poco antes, Nueva York se consolidaba como la nueva capital de la vanguardia y uno, ahora, en mayo sesenta y dos años después, no puede dejar de estremecerse ente la potencia de aquel momento, esas tres fuerzas de la naturaleza creando juntos algo irrepetible –todo arte escénico lo es- y profundamente innovador.

Ha pasado mucho tiempo y de los tres sólo Merce Cunningham vive. Tiene ya 90 años, continúa siendo una fuerza de la naturaleza y él y su coreografía siguen sin banalizarse ni comprometerse con lo fácil.

El jueves fui, emocionado, a ver Nearly Ninety, su última creación, al nuevo teatro del Canal. Una pieza de una hora y media con escenografía de Benedetta Tagliabue, videos de Franc Aleu, vestuario de Romeo Gigli y música de John Paul Jones, Sonic Youth y Takehisha Kosugi (todos ellos tocando en directo).

La danza es contenida, intelectual diría, sin concesiones al efectismo. Danza para gente de la Danza, para los que saben y pueden apreciar la complicación técnica y el virtuosismo, coreográfico e interpretativo, de lo que veíamos, de solos, duetos, tríos, cuartetos… de una pulcritud y una sofisticación impresionantes. Merce Cunningham en estado puro, maravilloso.

Y sin embargo, no era fácil concentrarse y conmoverse y destilar la belleza de lo que la gente de la danza estaba haciendo. No era fácil con la música estridente, a menudo más ruido que otra cosa, del conjunto -parece mentira que John Paul Jones, nada menos, estuviera ahí-. No era fácil con las visuales, feas, no hay otra palabra, y carentes de innovación alguna, de Aleu. Y no era fácil, sobre todo, con el espantoso tinglado que Benedetta Tagliabue había construido detrás, un aterrador monstruo de un futurismo trasnochado y estética destroy de esa que se perpetraba durante algunos de los 80 (¿quién recuerda a Tino Casal?, ¿quién recuerda la fealdad de la celebración parisina de los 200 años de la Revolución?), un armatoste innecesario, demasiado presente, un tocho detrás de los bailarines que uno sentiría que se le ha quedado ahí olvidado al personal de limpieza si no fuera por lo enorme, lo desmesurado, por su escala inhumana y fuera de toda proporción. Tagliabue no es Noguchi, evidentemente, pero tampoco es Enric Miralles, él sí un genio innovador y no sólo, como ella ahora, una buena relaciones públicas. Cada generación tiene a sus creadores, y hoy hay gente que puede hacer un gran trabajo de escenografía de inicios del S. XXI. En Europa, sin ir más lejos, se me ocurre qué interesante habría sido una escena concebida por los franceses Lacaton y Vasal o por la española Izakun Chinchilla.

Era tan difícil concentrarse con todo eso, que a la gente con quien hablé no les gustó la pieza, hubo quien se salió, los aplausos fueron tibios. Qué lástima que un genio como Cunningham, uno de los artistas vivos más importantes del mundo, quizá el mayor, haya escogido esta vez tan mal a sus compañeros de viaje.


3 comentarios:

Elena dijo...

Hola, Jose.
Acabo de descubrir el comentario que me has dejado en el blog a propósito de la exposición de Tichy y, si no te importa, te contesto aquí.

No tener casi olfato también tiene ventajas. Hay quien dice que me pierdo muchas cosas maravillosas, pero también me ahorro muchas desagradables.

No tener criterio es casi lo mismo. ¿Quién soy yo para juzgar lo que Elena Ochoa decida hacer con su tiempo y su dinero? Gracias a ella conocí Tichy y me emocioné con él. Suficiente.

Perdona el off-topic. Cunningham también me encanta. Y por lo que veo en el blog, compartimos muchas más afinidades.
Así que, un gustazo conocerte,
Elena

Breckinridge dijo...

Yo recuerdo a Tino Casal. ¡Y cómo!

Tagliabue=Lo peor.

Anónimo dijo...

Very Interesting!
Thank You!