19 de mayo de 2009

Merce Cunningham_2


Sigo con Merce Cunningham.

No hay nada más artificial que la danza, clásica o contemporánea. No nos movemos así, ninguna de las posiciones de los bailarines interpretan las de la vida cotidiana, no hay relevés ni arabesques en nuestro paso, no ponemos los pies en cuarta o en primera.

Y sin embargo, la danza refleja la vida, la expresa. En la danza hay rito, espiritualidad, juego, seducción, erotismo, invocación, peso y ansia de volar, acercamiento, búsqueda del otro y ensimismamiento, separación y re-encuentro, distancia, acecho y escondite, felicidad y dolor, asombro, goce; todo eso que es la vida

Todo eso, también, que vemos cuando vemos bailar a la Compañía de Merce Cunningham, lo que hemos podido ver en los Events en el Reina Sofía, el Merce Cunningham de siempre, danza que no narra pero sí expresa la vida.

Esta vez no había el tinglado ridículo y desmesurado de una arquitecta metida a relaciones públicas que destrozaba Nearly Ninety, sino, en cambio, unas enormes pinturas negras concebidas por el propio Cunningham o por John Cage. Impactantes y simples a la vez, la imagen que uno asocia con su trabajo, la que uno quiere.

Delante, catorce bailarines yendo de un sitio a otro, de uno a otro de los cinco tatamis extendidos a lo largo de tres naves contiguas del Reina por los que corrían y esperaban e iban desarrollando de manera aleatoria la serie de figuras y coreografías, cada vez más complejas y a la vez más divertidas, que desde hace años son estos Events.

Yo los he visto dos tardes, el viernes y el sábado, y cada una ha sido distinta, no sólo por los trajes, sino por las combinaciones de figuras y el mood: más vital el del viernes, más alegre; más contenido el del sábado.

Uno diría que los movimientos no son perfectos, tiemblan en los relevés, se equivocan a veces, la coordinación falla, y quizá por eso desconfían y miran de reojo a ver si quien los tiene que recoger al dejarse caer está en ahí, una de las chicas se ríe y pone caras. Pero todo eso parece parte de lo que es, de lo que se busca. Y lo hace más cercano a la vida, como si la expresara aún mejor.

Es danza para estos tiempos de vuelta a lo básico, a unas pinturas en papel con rodillo negro en la pared y unos bailarines sobre unos tatamis, y no esa grandilocuencia, que ya empieza a parecernos tan del pasado, de los grandes arquitectos estrella. Es la escenografía y la idea del espacio que habrían podido aportar Peter Zumthor, que por algo va y gana ahora el Pritzker -ahora que nos damos cuenta de la desmesura de estos años, del despropósito-, Lacaton & Vasal, Izaskun Chinchilla.