20 de junio de 2009

Esbozo sobre el ensayo

Federico Soriano presentó hace dos días su nuevo libro. Él es uno de esos arquitectos que, además, escriben bien, pese a que diga que desde el colegio ha tenido siempre la impresión contraria. Yo, por lo menos, todavía recuerdo el placer con que leí sin_tesis. El nuevo libro se llama 100 Hipermínimos y lo edita Lampreave, arquitecto, también, además de editor (www.lampreave.es).

De su libro afirma Soriano que es un ensayo, y reivindica esta categoría literaria que, dice, no necesita justificarse, a diferencia de la tesis, que sí lo necesita. Ensayo frente a tesis, dice Soriano, ensayo frente a texto académico digo yo más bien. Similares en apariencia, claro, en tanto ambos textos de no–ficción y en que se habla de algo real, algo, digamos, con una existencia previa a la mera imaginación del escritor –bueno, para entendernos; a menudo, yo sé, ficción y no-ficción se confunden-. En eso, sí, se parecen ensayo y texto académico (tesis, ya digo, lo llama Federico Soriano). En nada más.

Porque en el resto, en lo fundamental, son ejercicios diferentes, movidos por impulsos y empeños diferentes. Tiene razón Soriano en que lo que dice un ensayo no se tiene que demostrar. El autor escribe a nombre propio un texto literario. No es el resultado de una investigación o un análisis. Es un texto donde dice lo que quiere decir, lo que él piensa o cree o siente o ve u oye o todo a la vez, o lo contrario.

En el ensayo hay una voluntad de trascender. No se trata de mostrar lo que se ha sabido, no hay el resultado de una investigación, de un análisis, del estudio de algo. Está en juego todo lo que el autor sabe. Lo que ya sabía antes, todo eso que ha permanecido y se ha sedimentado de lo que ha ido aprendiendo de su disciplina y del resto del mundo. Voluntad de trascender implica ir más allá de lo individual. No quiero decir que se hable de lo genérico: el ensayo es mejor cuanto más pequeño y concreto sea aquello de que habla. Pero desde lo individual se muestra el mundo. He ahí el verdadero ensayo, el que es capaz de trascender conocimientos, disciplinas, ámbitos. El que construye y muestra algo grande a partir de lo pequeño y concreto.

La forma es más importante que el contenido, o tanto como él, al menos. La clave del ensayo es el placer del texto barthesiano, que queramos leerlo como leemos literatura, por el gozo de leer y no, o no sólo, por voluntad de aprender. Por eso seguimos leyendo ensayos con los que no estamos de acuerdo o que ni nos interesan o cuyos argumentos han sido superados y vuelto obsoletos. No importa: el placer del texto permanece, es lo que nos hace re-leerlos. Eso lo explica bien Martín Cerda en La palabra quebrada, su ensayo sobre el ensayo.

El autor escribe a nombre propio. Puede citar en apoyo de lo que dice, o porque al hilo de lo que dice recuerda algo que decían otros, como yo he citado ya hasta ahora a Barthes o a Cerda. Pero no hay una colección de citas, un collage de argumentos, un enhebramiento más torpe o más brillante de ideas ajenas. En el ensayo sólo hay una idea, un solo argumento, el del autor. Él sabe qué quiere decir, lo dice él, con su lenguaje –placer del texto-, y se responsabiliza en su propio nombre de lo que dice. No necesita justificar cada afirmación, así sean las más evidentes, en que otro lo haya dicho ya antes. No se basa su exposición en lo que otros han dicho, se sostiene sola, se apoya sólo en él.

Tampoco se basa, es claro, en datos, estadísticas –eso nunca; jamás en estadísticas: literatura y cifras, más aún porcentuales, no pueden ir bien juntas-, gráficos, tablas, aparatos críticos… Si hay notas a pie de página es para ampliar el argumento, u ocasionalmente para dar la referencia de esas citas pertinentes. Nunca para que el lector amplíe: no cabe ampliar lo que dice un ensayo, porque su límite está en sí mismo, en cómo dice lo que dice. De nuevo, placer del texto: el ensayo es literatura.

No cabe hablar de verdadero o falso en un ensayo. No cabe, afortunadamente, decir que le faltan fuentes o que el autor ha desconocido determinada bibliografía. No cabe estar en desacuerdo. No se escribe un ensayo para aportar nada –o sí, para aportar la visión de uno, el autor, la suya propia, su forma de ver algo concreto y con ello el mundo-; no se lee para aprender –o sí, para aprender cómo el autor ve las cosas, para aprehender de él y, en últimas, sobre él-. El ensayo no dice, Esto es así; dice, Yo esto lo veo así.

Escribo esto de una tacada, en homenaje a Federico Soriano y al libro de Martín Cerda, La palabra quebrada. Ensayo sobre el ensayo, publicado por veintisieteletras (www.veintisieteletras.com) y que acabo de leer. Ideas fragmentarias, como las que gustan a Barthes y a Cerda, que creo ahora que voy a elaborar un poco más y convertir en mi propio ensayito sobre el ensayo. Pero de momento, como adelanto, ahí va este esbozo.