
Mijail Barishnikov acaba de estar en Madrid dos veces. Dos veces al mismo tiempo, quiero decir.
El Barishnikov de hoy, un hombre de sesenta años, bailaba en las Naves del Español, en el Matadero, y conseguía emocionar al público con sus movimientos serenos, su sabiduría, su capacidad para dialogar con el paso del tiempo, consigo mismo cuando era joven y ganaba premios y era el mejor bailarín del mundo, y con Ana Laguna, su pareja en estas noches madrileñas. Ellos, los de entonces, ya no son los mismos, pero lo saben y no les importa y saben ironizar y hasta reírse con gracia de sí mismos. Y esa ironía y esa serenidad son tan la danza como los movimientos y las piruetas de cualquier joven virtuoso capaz de dejarlo a uno con la boca abierta.
El Barishnikov de entonces está todavía en una impresionante fotografía de Annie Leibovitz de la que ya hablaba en otra de estas cartas no solicitadas que mando de vez en cuando.
Es una foto de él, Mikhail Baryshnikov transcriben en inglés, y su colaborador de muchos años, Rob Besserer, en la playa. Uno, Besserer, sujeta al otro, Barishnikov, en el aire.
Barishnikov tiene la pierna y el brazo izquierdos extendidos por completo, musculosos como son musculosos los brazos y las piernas, los cuerpos, de los bailarines. El brazo derecho levantado, doblado hacia fuera, en actitud de triunfo, y la pierna derecha doblada hacia dentro, como si fuera a cruzarla.
Besserer lo sostiene por el talón de la pierna extendida y el abdomen. Está además apoyado, digamos que asentado, en su hombro. Hay, entonces, tres puntos de apoyo. Y sin embargo no parece que se apoye en nada, no parece que Rob Besserer lo sujete realmente. Sólo en la cara de éste se ve el sufrimiento: ningún gesto, ningún rasgo de Barishnikov denota agobio o angustia. El cuerpo tenso, quieto, y el rostro relajado. Confiado, tranquilo, en equilibro. Diríamos que flota, como si estuviera a punto de elevarse y seguir ascendiendo. Como si no pesara y no pudiera caerse.
Besserer, en cambio, no está quieto. Una velocidad muy alta y muy poca apertura -que se nota en la poca profundidad de campo, el mar borroso detrás, a lo lejos- consiguen un efecto irreal de quietud “congelada”. Irreal porque Besserer no tiene siquiera los pies bien apoyados: el derecho sí, firme en la arena mojada; pero el izquierdo, en cambio, medio levantado, en movimiento. Están en equilibrio inestable, que es el verdadero equilibrio, el único: si Besserer se parara, se caerían.
En eso la danza sí se parece a la vida. En que el equilibrio sólo cuando es inestable es de verdad. Cuando se pretende firme, sólido, permanente, ya no es equilibrio, porque todo fluye y cambia y lo fijo es falso y por tanto desequilibrado. Todo fluye. Y el pensamiento también. Como dice Aute, “el pensamiento no puede tomar asiento / el pensamiento es estar siempre de paso”. Así que vivir y ver las cosas de la vida, de paso, en equilibrio inestable como Besserer y Barishnikov en esta foto que me gusta tanto y que recomiendo que quienes estáis en Madrid vayáis a ver.
2 comentarios:
A Barishnikov no le he visto nunca, eso me falta. Vi a Nureyev, ya muyd ecadente, en parís, pero a Barishnikov no lo he visto nunca. La foto preciosa. Aute, lo peor. Innombrable.
La foto preciosa y con la explicación más preciosa todavía.
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