7 de agosto de 2009

Una hora y media en Ronchamp



hormigón, madera y cristal.

Me acuerdo de un poema de Celan que me ronda,

La palabra de ir-a-lo-profundo
que hemos leído.
Los años, las palabras desde entonces.
Todavía somos.
Sabes, el espacio es infinito,
sabes, no necesitas volar,
sabes, lo que se escribió en tu ojo
nos profundiza lo profundo.

de mis amigos arquitectos, Ricardo Daza, Juan Carlos Aguilera, Daniel Bermúdez, Juan José Lahuerta, Fabio Restrepo, Jacobo García Germán…, a quienes mueve la emoción de la forma, eso que está en lo más profundo de la arquitectura y que al final es lo que queda. Partidario como soy de atender a la función, de analizar las implicaciones sociales, de la sostenibilidad, siento que tengo que dar un paso atrás y reconocer que lo que me ha acercado a la arquitectura es la emoción de la forma.

Una emoción estética que procede de la mirada y que no pide permiso, que no necesita explicaciones ni folletos ni análisis en revistas de prestigio; una emoción que viene del mismo lugar que la que siento al ver una pintura de Rothko, oír las Variaciones Goldberg o leer un poema de Celan.

El espacio contornado por los materiales, el hormigón, la madera, el cristal, esos elementos básicos que hacen –que son- el edificio. Qué ganas de hacer un vaciado de Ronchamp como los de Rachel Whiteread, el negativo, la maqueta inversa del espacio en que estamos aquí dentro, de lo contenido y no del continente. Un vaciado en hormigón de la misma textura que el encofrado de madera del barco-cubierta, el mismo color, la misma rugosidad. Los lucernarios, me doy cuenta, saldrían como las puntas mochas de una figura de Hejduk.

Un barco-cubierta como el de la basilica de Aranzazu de Oíza; un triangulo de velas encendidas, bancos sólo en el lado derecho; colores, blanco, amarillo y rojo, de los enfoscados, gris sucio del hormigón, marrones oscuro y claro de la madera. Los lucernarios parecen celdas de una cartuja. Hay un paloma, el sol, la mer, marie brillante comme le soleil, flores, una hoja; hay azul, verde, amarillo y rojo, como los colores de l´Unité d´Habitation. Asimetría, formas curvas y rectas, ausencia de forma. ¿Cómo dibujarlo?

Suenan campanas, es mediodía. Las campanas del campanario de Prouvé. La acústica: una caja de resonancia, dice M.

“¡El silencio! ¡El silencio! Yo creo que el silencio es un ángel que escucha lo que está hablando Dios” (Carlos Edmundo deOry)

Me gusta la arquitectura religiosa. Ronchamp, la maravillosa capilla de Saarinen en el MIT, Aranzazu, la capilla en La Calera de Daniel Bonilla… Me quedan por ver la capilla Rothko en Houston, la iglesia de Linazasoro en Valdemaqueda, la nueva capilla en Herreruela de César Moreno y Susana Velasco. Este viaje ha sido mi regalo de cumpleaños. Hacía años que quería venir.

1 comentarios:

Breckinridge dijo...

Es que en Ronchamp está todo. Sin Ronchamp, Le Corbusier sería uno más, uno muy significado entre muchos, pero no el mejor. Hay pocos creadores que produzcan su obra maestra en las etapas finales de su vida, y Le Corbusier, como YB Yeats, es uno de ésos. Ya sabes que mi arquitecto favorito del siglo XX es Alvar Aalto, que juntó líneas y curvas como nadie, pero le faltó esa obra final, perfecta, sublime, que es la que supo hacer Jeanneret.

Y nada de vaciados. Deja a Rachel Whiterad, que es una artista excelsa, hacer vaciados de cosas sin relevancia artística. Si se mete a vaciar Ronchamp, o Waterfall. la convertimos en Jeff Koons, y no es plan.

Bonito auto-regalo de cumpleaños, sís eñor.