29 de noviembre de 2009

Thanksgiving de Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina presentó el lunes en Madrid su última novela, La noche de los tiempos, en una Residencia de Estudiantes abarrotada.

Algo escribiré seguramente sobre ella cuando la lea, como tengo a medias otro texto, sobre la rutina, en que hablo también de Muñoz Molina (sus artículos en Babelia son parte de mi rutina de los sábados, parte de lo que hace que ese día sea el mejor de la semana). Pero ahora quiero hablar de la presentación solamente, de cómo fue distinta a lo que las presentaciones suelen ser, aburridas, sosas, desangeladas, el autor de turno sin saber muy bien qué decir, que añadir a lo que el libro dice, cuando es lo que dice el libro lo que él quería decir, porque si quisiera decir otra cosa tiempo tenía de haberlo dicho en ese libro que presenta.

Tenemos tendencia hoy en día a arruinar la creación artística con envoltorios innecesarios, como si nos diera miedo dejarla desnuda y tuviéramos siempre que explicarla, presentarla, ponerle aderezos o suavizantes, ayudarnos a interpretarla, hacerla digerible. Domesticarla, en definitiva. Y ahora se hace a los poetas leer en público lo que escribieron para ser leído íntimamente, entendido a solas, incorporado en silencio –o compartido apenas en pareja, entre algunos amigos, quién sabe si leído en voz alta con un vino-; y a los artistas visuales explicar lo que pintaron o concibieron para expresar así lo que querían expresar, como si no nos atreviéramos a interpretar lo que vemos por nosotros mismos y necesitáramos que el autor acompañe su obra con la explicación; y a los dramaturgos y escenógrafos contarnos qué vamos a ver antes de que lo veamos, como los enólogos nos dicen ya antes de que lo probemos a qué nos va a saber un vino; y a los novelistas presentar sus novelas en público para vender más o firmar libros en casetas de feria donde parecen fenómenos de feria de las de antes. Y Hay festivales cuyo fin es poner a escritores a hablar de cosas triviales para poder “exponerlos” a un público que quiere ver celebridades. No nos basta con leer a un autor, queremos verlo actuar, como si fuera un cantante rock.

La presentación de La noche de los tiempos fue, en cambio, atractiva, amena, divertida. Como es Thanksgiving mañana en ese Nueva York donde Muñoz Molina pasa la mitad del año quiso hacer eso que hacen, es cierto, muchas novelas del ámbito anglosajón, dar las gracias, y él las fue dando a muchos de los eslabones que han tenido que ver con que esa novela ahora exista y podamos leerla. A los trenes Amtrak que lo llevaron durante semanas a Bard College, una universidad upstate New York, rodando por la ribera del Hudson, a autores de quienes “se llevó” imágenes e impresiones –Pedro y Jaime Salinas, Arturo Barea, Max Aub, David Jato Miranda, Enrique Castro Delgado y sus Hombres made in Moscú, Carlos García-Álix…-, a los funcionarios norteamericanos de inmigración que lo tuvieron anclado en Madrid meses que le sirvieron para recorrerse la ciudad con ojos de los años 30, a la casa Johnny Walker que hace el whiskey que hizo que una amigo lo animara una noche neoyorquina a seguir con ese proyecto que tenía pinta de ser desmesurado, a sus hijos, a Elvira, a un mercadillo de NY donde compró un libro de fotos de la antigua Estación de Pennsilvania… No importa a qué, a esas cosas y a otras, importa cómo armó la narración, cómo hizo de la presentación de su novela otro acto de creación diferente, cómo compuso una pieza nueva, tal vez sin nombre pero sí con las características de lo que llamamos arte, cómo logró, con todo eso, sin hablar de nada concreto, mantener la atención de los muchos que estábamos ahí esa tarde y que todos nos fuéramos a casa como si no volviéramos de la presentación de un libro.