Escribí este ensayo en septiembre pasado, para la Revista de Occidente (el número de octubre, dedicado a los Bicentenarios de las independencias), a medio camino entre los Veranos de la Villa y el Festival de Otoño de Madrid. Mirando las programaciones veía, en el estival, músicos norteamericanos más de ayer que de hoy -Burt Bacharach, Jerry Lee Lewis, Kool & The Gang, John Fogerty, James Taylor- y a los neoyorquinos Laurie Anderson y Lou Reed; algunas fadistas portuguesas; Baryshnikov, el American Ballet Theater, el Ballet de la Opera de Munich o nuestra Compañía Nacional de Danza; bastante flamenco… Y unas cuantas propuestas de América Latina: Bajofondo, Orishas, Calle 13, Gilberto Gil, Michel Camilo y Paquito d´Rivera.
Era aún más evidente cuando de las amables noches estivales nos íbamos a las más actuales y contemporáneas del Festival de Otoño. Vean ustedes, 29 espectáculos internacionales procedentes de 19 países: cinco de Francia; cuatro de Bélgica y de Italia respectivamente; tres de Estados Unidos y de Argentina; dos de Suiza, de Austria y de Japón; y uno de Bosnia, Alemania, Canadá, Portugal, Letonia, Noruega, Islandia, Serbia, Australia, Vietnam y Marruecos -aunque estos dos últimos en colaboración con países “occidentales”-. No sigo, pero ya ven: no había más presencia latinoamericana que dos compañías argentinas. Nada más. Ni en colaboración siquiera, como Vietnam y Marruecos.
Parece ser que en lo que este festival muestra, la vanguardia, no cabe América Latina. Si acaso Argentina, pero es que Argentina es desde luego cosa aparte y los españoles la reconocemos de otra manera y nos identificamos con su gente de un modo diferente y, sin duda, superior al del resto del continente. Al menos con los porteños, aunque lo frecuente es que la mayoría tendamos a identificar Argentina con Buenos Aires y a los argentinos con los habitantes de la capital. Lo que no quiere decir de todos modos que apreciemos su aportación cultural como merece. ¿Estamos dispuestos los españoles a reconocer que el nivel cultural argentino es en muchos casos superior al nuestro? ¿Conoce suficientemente el público lector a las generaciones de interesantísimos narradores argentinos que han ido viniendo después de los Borges, Cortázar y Sábato: Piglia, Aira, Saer, Fogwill, Pauls, Kohan…? ¿Somos conscientes de que en teatro o en rock, por ejemplo, nos dan bastantes vueltas? Aquí prácticamente nadie ha oído hablar de Charly García, el “dios” del rock para varias generaciones de latinoamericanos, ni de ninguno de sus grupos. Y mucho menos de Spinetta, Los Abuelos de la Nada, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Sumo, Divididos… Si no es tango o algún cantautor guitarra en mano, no nos interesa.
Y si eso pasa con Argentina, no digamos ya con el resto de ese inmenso continente, de donde raramente se nos ocurre que puedan venir, qué diría yo, rock, música clásica -y menos aún clásica contemporánea-, electrónica, arte digital, teatro de vanguardia, danza contemporánea, buenos escenógrafos, premios Pritzker de arquitectura y otros muchos arquitectos interesantes sin Pritzker, diseñadores… Escribo a vuelapluma: seguro que no hay disciplina donde América Latina no pueda competir con nombres relevantes.
Como pasa lo mismo con los narradores del resto del continente: conocemos muchos nombres, sí, pero casi todos de la época del Boom (y ahora, por supuesto, el “fenómeno” Bolaño) y apenas nos suenan los de las generaciones posteriores. Y eso que al menos, aunque no estemos ni de lejos al día, somos conscientes del gran filón de narradores y poetas que es América Latina. Porque si nos vamos al campo del pensamiento el desconocimiento es casi total: dudo que se nos ocurra que allí también hay especialistas en Nietszche, Derrida o Deleuze, ensayistas, antropólogos, economistas… Como se quejaba hace unos años Néstor García-Canclini, parecería que los latinoamericanos pueden imaginar, pero no pensar.
---
Me refiero a todo esto como ejemplo, por supuesto. Como símbolo. Que apenas nos interese la cultura latinoamericana más allá de una cierta imagen sesgada y reducida que de ella nos hemos construido muestra lo que pasa también en los demás ámbitos, de lo político a lo económico o lo social: no conocemos América Latina, no nos interesa, la seguimos viendo a partir de unos cuantos tópicos.
Preguntemos a los españoles por empresarios del continente, por periodistas de relieve, por líderes políticos más allá de algunos presidentes mediáticos y polémicos de turno. Pidamos a gente culta y preparada que nos haga un mínimo análisis de por dónde van las tendencias políticas, que nos hablen un poco de la economía latinoamericana, que nos digan algo del panorama cultural…
Casi la mitad de los españoles no sabe distinguir a unos países de otros ni, mucho menos, acentos, características, rasgos principales… Cuando una encuesta del CIS preguntaba hace unos años, De todos los países iberoamericanos, ¿cuál es el más similar a España?, lo más interesante no es que Argentina quedara el primero, de calle, con un 29% (seguida de México a distancia, con un 7% y luego Chile, 3%), sino que un 43%, nada menos, ¡casi la mitad!, decía no saber. Para los españoles, en pleno siglo XXI, en tiempos de globalización, internet, cientos de canales de televisión y más información que jamás en la historia, América Latina sigue siendo Sudamérica y sus países y sus gentes un grupo humano que hablan todos más o menos igual, les gusta el baile y casi no se distinguen.
Nuestro imaginario latinoamericano es reduccionista. No sólo nos falta la información, los datos, es que ni siquiera tenemos el armazón donde colocarlos. Y al no tenerlo no nos damos cuenta de los huecos, de lo mucho que no conocemos. El desinterés es el peor desconocimiento, y el nuestro de América Latina es de esas características: no es sólo que no la conozcamos o no la entendamos, es que ni hacemos siquiera el esfuerzo ni nos importa.
Posiblemente hasta nos interesa menos ese continente que habla nuestra lengua que hace unos años. No nos acercamos, yo creo incluso que nos distanciamos. Nos caen bien, sí, nos parecen simpáticos, divertidos, pero interesarnos, lo que se dice interesarnos…
Con América Latina nos pasa un poco como con Portugal, les interesamos a ellos mucho más que ellos a nosotros. A aquel lado del Atlántico leen nuestros libros -hasta estudian con ellos en las universidades-, oyen nuestra música, ven nuestra televisión, conocen nuestro cine y a nuestros actores, tienen nuestros bancos y nuestras compañías de servicios. ¿Qué tenemos nosotros de ellos? ¿Qué sabemos? Posiblemente conozcamos hoy menos actores o cantantes latinoamericanos que en los años 50, menos escritores que en los 70.
Ahora, ¡cuidado!, podría ser que cada vez les vayamos interesando menos, que cada vez seamos menos un referente. Aún lo es mucho lo español, por supuesto, para eso leen nuestros libros, ven nuestra televisión, tienen nuestras empresas... Pero yo creo que el interés va descendiendo. Hoy, por ejemplo, más y más jóvenes quieren irse a estudiar, o a vivir, a Argentina, México, Brasil o Chile, algo que no pasaba hasta hace pocos años. Europa, incluida España, ya no es el único referente de ese tipo de jóvenes que nunca iría a estudiar a Estados Unidos. Es más, hay ahora un tipo de jóvenes que nunca vendría a España. Por muchas razones.
En parte porque a muchos les resultamos antipáticos, cada vez más, a más tipos de gente y por más motivos. A menudo injustos o espurios, pero que ahí están. ¿Lo sabemos? ¿Podemos hacer algo para revertir estas tendencias? Hay entre los latinoamericanos algo que yo llamo un “efecto madre patria” que hace que lo que tiene que ver con nosotros les preocupe más, les dé más rabia, les irrite de otra manera. Como pasa dentro de las familias: lo que molesta, molesta más. Si Estados Unidos les niega la visa, sienten que no han cualificado lo suficiente; si es España quien niega el visado, es que somos unos “h.p.” Si una compañía sueca invierte en uno de los países, es que va mejorando y cada vez atrae más inversión extranjera; si la compañía es española, es la “nueva colonización”. Si sus migrantes se sienten maltratados, nos recuerdan que cuando fuimos los españoles a conquistar nadie nos pidió visa, como no se la piden tampoco ahora a nuestras empresas…
Todavía recuerdo la indignación y tristeza -las dos, quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa, como escribía Benedetti- con que leí hace algo más de un año, al poco de que se aprobara la directiva europea de retorno de inmigrantes, una columna en El Espectador con el ya dicente título de La madrastra patria llamándonos de todo –que si país africano, que si criminalización de inmigrantes, que si nos lo llevamos todo e impusimos nuestra fe y nuestra raza a tiros para lanzamos ahora a la reconquista y esquilamarles hasta el último peso- y mezclando, sin duda, churras con merinas. Lo malo es que lo que decía ahí negro sobre blanco se lo vengo oyendo yo cada vez más a latinoamericanos de distintos tipos y en muy distintos lugares.
Ya digo, un “efecto madre patria” de raíces y razones inconscientes y difícilmente racionales pero que ahí está y va produciendo un rechazo creciente, aunque sea poco a poco, hacia nosotros.
Pero no es sólo eso. Puede que el desinterés por España sea como el nuestro por Francia, que de ser nuestro hermano mayor, nuestro gran referente, ahora casi ya no interesa y nadie aprende su idioma, lee sus libros u oye su música. No los hemos dejado de llamar gabachos porque ya no nos caigan mal, sino porque ahora, simplemente, no nos importan. En América Latina estamos aún lejos de esto, pero a lo mejor es el camino que se está abriendo, y a medida que algunos de sus países se vayan convirtiendo en referente continental y sigan estrechando lazos entre ellos, España puede ir perdiendo su ascendente y ser cada vez menos un punto de referencia. Por lo menos, si es consuelo, dejarán también entonces de llamarnos gachupines en México o chapetones en Colombia.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada