Se estrenó anoche en Cuarta Pared El alma se serena, una obra de Luïsa Cunillé y Paco Zarzoso montada por la valenciana Compañía Hongaresa de Teatro (qué bonito nombre) dirigida por el propio Zarzoso. Un texto a lo Arthur Miller o lo Buero Vallejo, muy apropiado para estos tiempos de crisis aunque demasiado local, muy valenciano, hasta difícil de entender para los no muy versados en los entresijos políticos de esa región litoral y, no digamos, para mis pobres acompañantes extranjeros, a quienes mucho de lo que ahí se decía tenía que sonar a chino. Una obra menor, en definitiva, que no quedará entre lo mejor de Cunillé y a la que no ayuda, además, la interpretación de la compañía.
El alma se serena es la crónica de un desahucio anunciado: tres personajes, un economista en paro, su hermana, cupletista frustrada, y una azafata con vértigo, a la espera de que los echen por fin de su casa en el barrio marinero de El Cabanyal. La obra no nos lo dice, pero el anunciado desahucio es para poder derribar el edificio, y otros cuantos, y abrir paso a la prolongación de la Avenida de Blasco Ibáñez hasta el mar. Yo no sabría que esperan eso, y me habría quedado también por tanto sin entender algunas cosas, si no fuera porque el Cabanyal está precisamente estos días en los periódicos: el Ministerio de Cultura emitió el lunes una Orden de suspensión de esa actuación urbanística alegando que alteraría el barrio (declarado en 1993 Bien de Interés Cultural) hasta el punto de hacerle perder a su carácter.
El Ministerio señala que esta Orden deriva del ejercicio de su competencia exclusiva en materia de defensa del Patrimonio Histórico Español contra la expoliación, declara "la obligación de los titulares de los bienes integrantes del conjunto histórico del Cabanyal de proceder a la suspensión inmediata de la ejecución del Plan Especial de Protección y Reforma Interior del Cabanyal hasta que no se adapte y garantice los valores histórico-artísticos del barrio valenciano" y requiere a la Generalitat valenciana para que "suspenda de manera inmediata todas las actuaciones administrativas relacionadas". La decisión está avalada por informes técnicos, entre otros, del Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España y la Real Academia de la Historia.
Ayer mismo, sin embargo, poco antes del estreno, el Gobierno de la Generalitat valenciana aprobaba por vía de urgencia un decreto-ley que declara expresamente que el plan de derribo del Cabanyal sigue adelante. Lo mismo que ha declarado, sin más ambages, Rita Barberá, la Alcaldesa.
Yo no sé mucho del caso, no mucho más que los extranjeros que anoche me peguntaban qué pasa en Valencia o quién es esa Rita que tanto mencionaban. Y sé que gracias a una actuación de ese tipo hace justo cien años tenemos hoy la fantástica Gran Vía madrileña, cuyo trazado también tiró por medio y derribó casas y cortó calles del Madrid de toda la vida, entre ellas la del Pez, donde vivía mi abuela.
Pero sé igualmente que en los años cincuenta un planificador urbano, Robert Moses, quiso también tirar por la calle de en medio y construir una autopista de diez carriles que atravesara Soho, Little Italy, Chinatown y el Lower East Side.
Y todo eso, Soho, Little Italy, Chinatown, el Lower East Side, sigue hoy ahí gracias a que una mujer, Jane Jacobs, lideró una cruzada para evitarlo. Y como, contra todo pronóstico, logró parar a Moses y poner freno a sus delirios faraónicos (curiosa esa paradoja de que un Moses tenga delirios faraónicos), downtown Manhattan sigue siendo parecido a lo que siempre fue y, aunque quizá empieza a no serlo tanto, es todavía mi barrio neoyorquino, donde están mis calles, mis cafés, mis librerías (mi preferida, St. Mark´s, en la Tercera Avenida), mis restaurantes asiáticos y mis bares (mi preferido, el Pink Pony, en Ludlow).
De eso hablaba Antonio Muñoz Molina en su columna en Babelia hace unas semanas, y de eso hablan dos libros recientes, Wrestling with Moses: How Jane Jacobs Took on New York's Master Builder and Transformed the American City, de Anthony Flint (Random House) y Genius of Common Sense: Jane Jacobs and the Story of The Death and Life of Great American Cities, de Glenna Lang y Marjory Wunsch (Godine). El primero ya lo he comprado y estoy esperando a que Nuria, mi proveedora de libros en NY, me lo haga llegar para saber más de qué pasó y cómo esa david Jacobs paró al goliat Moses.
Y como sé, además, que cuando oigo hablar de desarrollos urbanísticos en Valencia me entran sudores y tembleques, me llevo la mano a la cartera y me dan ganas de llamar a la Guardia Civil, me late que el caso del Cabanyal tiene más de la autopista que quería acabar con esos barrios maravillosos de Nueva York que de nuestra Gran Vía y que el lado del que hay que estar es el de quienes quieren recuperar el barrio y no quienes se lo quieren cepillar. Por eso espero que prevalezca la Orden del Ministerio de Cultura y la azafata con vértigo, el economista en paro y su hermana cupletista puedan seguir llorando por la vida en el pisito destartalado de su barrio marinero de toda la vida.
El alma se serena es la crónica de un desahucio anunciado: tres personajes, un economista en paro, su hermana, cupletista frustrada, y una azafata con vértigo, a la espera de que los echen por fin de su casa en el barrio marinero de El Cabanyal. La obra no nos lo dice, pero el anunciado desahucio es para poder derribar el edificio, y otros cuantos, y abrir paso a la prolongación de la Avenida de Blasco Ibáñez hasta el mar. Yo no sabría que esperan eso, y me habría quedado también por tanto sin entender algunas cosas, si no fuera porque el Cabanyal está precisamente estos días en los periódicos: el Ministerio de Cultura emitió el lunes una Orden de suspensión de esa actuación urbanística alegando que alteraría el barrio (declarado en 1993 Bien de Interés Cultural) hasta el punto de hacerle perder a su carácter.
El Ministerio señala que esta Orden deriva del ejercicio de su competencia exclusiva en materia de defensa del Patrimonio Histórico Español contra la expoliación, declara "la obligación de los titulares de los bienes integrantes del conjunto histórico del Cabanyal de proceder a la suspensión inmediata de la ejecución del Plan Especial de Protección y Reforma Interior del Cabanyal hasta que no se adapte y garantice los valores histórico-artísticos del barrio valenciano" y requiere a la Generalitat valenciana para que "suspenda de manera inmediata todas las actuaciones administrativas relacionadas". La decisión está avalada por informes técnicos, entre otros, del Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España y la Real Academia de la Historia.
Ayer mismo, sin embargo, poco antes del estreno, el Gobierno de la Generalitat valenciana aprobaba por vía de urgencia un decreto-ley que declara expresamente que el plan de derribo del Cabanyal sigue adelante. Lo mismo que ha declarado, sin más ambages, Rita Barberá, la Alcaldesa.
Yo no sé mucho del caso, no mucho más que los extranjeros que anoche me peguntaban qué pasa en Valencia o quién es esa Rita que tanto mencionaban. Y sé que gracias a una actuación de ese tipo hace justo cien años tenemos hoy la fantástica Gran Vía madrileña, cuyo trazado también tiró por medio y derribó casas y cortó calles del Madrid de toda la vida, entre ellas la del Pez, donde vivía mi abuela.
Pero sé igualmente que en los años cincuenta un planificador urbano, Robert Moses, quiso también tirar por la calle de en medio y construir una autopista de diez carriles que atravesara Soho, Little Italy, Chinatown y el Lower East Side.
Y todo eso, Soho, Little Italy, Chinatown, el Lower East Side, sigue hoy ahí gracias a que una mujer, Jane Jacobs, lideró una cruzada para evitarlo. Y como, contra todo pronóstico, logró parar a Moses y poner freno a sus delirios faraónicos (curiosa esa paradoja de que un Moses tenga delirios faraónicos), downtown Manhattan sigue siendo parecido a lo que siempre fue y, aunque quizá empieza a no serlo tanto, es todavía mi barrio neoyorquino, donde están mis calles, mis cafés, mis librerías (mi preferida, St. Mark´s, en la Tercera Avenida), mis restaurantes asiáticos y mis bares (mi preferido, el Pink Pony, en Ludlow).
De eso hablaba Antonio Muñoz Molina en su columna en Babelia hace unas semanas, y de eso hablan dos libros recientes, Wrestling with Moses: How Jane Jacobs Took on New York's Master Builder and Transformed the American City, de Anthony Flint (Random House) y Genius of Common Sense: Jane Jacobs and the Story of The Death and Life of Great American Cities, de Glenna Lang y Marjory Wunsch (Godine). El primero ya lo he comprado y estoy esperando a que Nuria, mi proveedora de libros en NY, me lo haga llegar para saber más de qué pasó y cómo esa david Jacobs paró al goliat Moses.
Y como sé, además, que cuando oigo hablar de desarrollos urbanísticos en Valencia me entran sudores y tembleques, me llevo la mano a la cartera y me dan ganas de llamar a la Guardia Civil, me late que el caso del Cabanyal tiene más de la autopista que quería acabar con esos barrios maravillosos de Nueva York que de nuestra Gran Vía y que el lado del que hay que estar es el de quienes quieren recuperar el barrio y no quienes se lo quieren cepillar. Por eso espero que prevalezca la Orden del Ministerio de Cultura y la azafata con vértigo, el economista en paro y su hermana cupletista puedan seguir llorando por la vida en el pisito destartalado de su barrio marinero de toda la vida.
4 comentarios:
Es dificil alcanzar el nivel justo entre conservacion de lo existente y renovacion urbana. En el caso de Valencia 9que desconozco por completo) parece reproducirse la pelea politico-ideologica tipica de nuestro pais, caragda de demagogia por ambas partes.
Me encanta lo que cuentas de NY. Hemos estado dos veces en las ultimas semanas y he leido un libro que te recomiendo porque creo que te gustara: "20 minutes in Mahnattan", de Michael Sorkin, arquitecto y critico arquitectonico del Village Voice. Habla del Village, donde vive desde hace decadas, de los esfeurzos de Jane Jacobs por preservarlo y tambien de su amor, quiza incompatible con las posiciones de Jacobs, por la arquitectura moderna y la renovacion urbana. Al final triunfa, y es lo mejor del libro, el tejido social, porque sin el no hay ciudad.
Gracias, Squirrel... Mándamelo anda, prestado, que yo te lo devuelvo de verdad de la buena...
Buenos días José Antonio,
Quisiera disculparme, pero no he encontrado otra manera de contactarte que a través de los comentarios.
Me pongo en contacto contigo para invitarte a conocer Paperblog, http://es.paperblog.com, un sevicio de difusión cuya misión consiste en identificar y dar a conocer los mejores artículos de los blogs inscritos. El tuyo se adapta a nuestros criterios de calidad y creo que tus artículos resultarían muy interesantes a los lectores de la temática Cultura.
Espero que encuentres el concepto interesante y te motive. Mientras, no dudes en escribirme para conocer más detalles.
Atentamente,
Natalia
La semana pasada acudí a la ESTSAM a una conferencia en la que Pérez de Armiñán trató el expolio del Patrimonio y en concreto el caso "Cabanyal". Estoy de acuerdo en que lo que se pretende hacer en el "Cabanyal" se parece más a la idea de la autopista que a la de una Gran vía. Si no estuviéramos más que escarmentados de lo que esconden este tipo de actuaciones urbanísticas probablemente la zona estaría plagada de grúas...
Lo interesante, y que ha creado escuela, es que los ciudadanos hayan podido decidir sobre el urbanismo (especulación) y poner entre la espada y la pared al gobierno valenciano. ¿Cómo es posible que el gobierno valenciano, defendiendo intereses económicos propios, creen leyes para pasarse por el forro al Colegio de Arquitectos, Patrimonio nacional y La Real Academia de las Artes de San Fernando?. Pérez de Armiñán no lo tiene complicado. Es un buen jurista y como tal, sabrá defender nuestro patrimonio de esta vorágine.
También se trató el caso de la Torre Pelli en Sevilla. Curioso. El pueblo unido una vez más, se resiste a ser vencido.
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