Es sábado por la mañana y cuando termino de escribir esto ya he tenido tiempo de hacer lo que me gusta hacer los sábados por la mañana. Levantarme sin prisas. Irme a caminar al Retiro (“Vamos a caminar por el Retiro, vamos que hoy en Madrid hay rico frío”, canta Fito Páez). Caminar y leer, las dos cosas a la vez, caminar leyendo, rápido. Es una de mis formas de ejercicio, pero también más que eso, un polo a tierra, una de esas cosas que me alegran la vida. Llevo años haciéndolo, desde que inspirado por un amigo mexicano comencé en Delhi a caminar y leer al atardecer por los maravillosos Lodhi Gardens, y he caminado luego así tarde tras tarde o sábado tras sábado por Central Park en NY, el Parque del Virrey en Bogotá, el Retiro madrileño. Y, de paso, por el parque Kalemegdam en Belgrado, donde confluyen el Seva y el Danubio, los Bosques de Palermo en Buenos Aires, la ribera del Río de la Plata en Montevideo. Suelo leer literatura, a menudo Paul Auster o Philip Roth, pero la rutina de los sábados incluye Ida y vuelta, la columna semanal de Antonio Muñoz Molina en Babelia. Esos artículos tienen mucho de la naturaleza del ensayo, la voluntad de trascender, de ir más allá de lo individual y hablar de lo grande a partir de lo pequeño y concreto, del mundo o de la vida a partir de un cuadro, de un párrafo de una novela, de un detalle.
Desayunar café y croissant, que no es fácil en Madrid, una ciudad donde el café cada vez es peor y lo que llamamos croissants son apenas bollos de masa de pan, a menudo glaseados, que de croissant tienen el nombre y la forma pero ni la preparación ni la textura ni el sabor. Como dice un amigo, los croissants deben contener más aire que masa, y tienen un sabor propio que, ya digo, casi nunca es el que tienen en Madrid.
Pero he descubierto una panadería nueva donde si saben hacer croissants como Dios manda y mientras desayuno leo todavía otra columna, los Comunicados de la tortuga celeste de Andrés Ibáñez en ABCD. Ibáñez habla de cosas de las que nadie más habla. Porque aquí todo el mundo habla siempre de lo mismo, sobre todo la prensa, los periodistas, las mismas cosas siempre, los mismos asuntos, a favor o en contra, pero siempre con iguales enfoques lineales que sólo cuestionan, si acaso, los detalles y nunca el todo, si acaso las respuestas pero nunca las preguntas. Hasta quienes disienten -del Gobierno, de la situación, de la crisis, de lo que sea- lo hacen desde dentro de un statu quo en que nos movemos en España con el que nadie se atreve y que hace que nuestro debate público sea tan torpe y tan mediocre. Pero Andrés Ibáñez sí escribe desde fuera, habla de cosas que nadie habla y tiene respuestas diferentes porque se hace preguntas diferentes. Miren por ejemplo la columna de la semana pasada, La sociedad de control, y piensen si no tiene razón y si no es insólito leer cosas como esas en nuestros periódicos. Hay una visión del mundo propia en esos comunicados celestes, que yo espero cada sábado para leer con mi croissant y tener en qué seguir pensando el fin de semana.
Sin todo eso, el Retiro, el café y los croissants, los Ida y vuelta de Muñoz Molina y los Comunicados de Andrés Ibáñez un sábado no es un sábado perfecto y a mi semana, y a mí, nos falta algo. Como hoy, que no había Comunicado de la tortuga y este sábado está siendo por eso menos sábado.
Uno con los años se va haciendo rutinas que le pautan la vida y la jalonan. Cosas que hace y que no hace, necesidades que van con momentos determinados, horas del día en que hay que tomar un café y horas para una cerveza, músicas que uno tiene que oír según cuándo –mis sábados por la mañana suena Bach, o acaso un disco de Serrat, uno sólo, el de Miguel Hernández, el mismo siempre-. A mí me gustan las rutinas como me gusta casi todo lo que se repite, los ciclos que hacen que las cosas vuelvan una y otra vez, los ritos –o más bien los rituales-, los cantos repetitivos de la mística, las secuencias, los fractales, las fugas y los cánones, la música minimalista, el racionalismo de la arquitectura moderna.
Me gustan las letanías de las oraciones cristianas o judías y los mantras hindúes que se desgranan durante horas con la cadencia de los dedos pasando cuentas de rosario; me gusta oír a Glenn Gould repetir variación tras variación el motivo de las Variaciones Goldberg, siempre las mismas y siempre diferentes una de otra y vez tras vez; me gustan los pasos que se repiten y se entrecruzan en la danza de Anna Teresa de Keersmaker y las marimbas y el piano que se alternan en tocar machaconamente un mismo do en corcheas en In C, de Terry Riley: polirritmias, desfases, encuentros, alejamientos y re-encuentros, la belleza de la música repetitiva; me gustan -me emocionan- esos edificios que se repiten uno tras otro, interminables, a lo largo de la Karl-Marx-Allee de Berlín; me gusta la tipología repetida de los cuadros de Rothko, los personajes siempre iguales de los de Genovés o Michal Rovner.
Me gusta la repetición. Ritos, secuencias, patrones, rutinas. Me gusta la repetición.
3 comentarios:
Repetir le da uno una sensación de control, de calma, no? entre mas elaborado el ritual mejor... sacarle el tiempo.
Me gustó el escrito jose, voy a buscar los textos y musica que no conozco. un abrazo
Bill Viola dice a propósito de su obra The Catherine´s room que la repetición y el ritual es la única posibilidad de vida eterna que tenemos los seres humanos. Cada uno con sus rutinas, con sus acciones cotidanas recuerda su lugar en el mundo.
Repetir es trasgredir. Porque repetir es denunciar indirectamente lo que de singular tienen las cosas.
Por eso es el primer nenufar de Monet quien repite todos los demás.
Por eso los "bollos" de Madrid me gustan tanto: Porque cada uno quiere parecerse a un croissant y todos son otra cosa.
Porque ese bollo, que a veces es suizo, a veces magdalena y otras roscón de reyes siempre son diferentes. Pero siempre repiten ese querer llamarse croissant como único factor común.
Para ampliar las ya amplias repeticiones tuyas: "Diferencia y repetición" de Deleuze,(repetición en estado puro pero de si mismo). Saludos, José Bonaparte usaba el retiro mejor que tú.
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