Voy a menudo al Prado, a última hora de la tarde, a ver unos pocos cuadros, casi siempre los mismos, ésos sin los que no puedo vivir, Las Meninas, el perro de Goya, el Descendimiento de Roger van der Weyden. Los sigo viendo y me sigo asombrando y embobándome.
Con frecuencia paso a ver también la Anunciación de Fra Angelico, El Jardín de las delicias, a Berruguete. Hay en la Anunciación un detalle que me encanta, el umbral de la puerta, ese escalón entre el zaguán donde sucede el anuncio y la cámara de María. No es muy alto, se traspasa casi sin esfuerzo, basta con levantar un poco el pie y ya está uno al otro lado, pero es suficiente para marcar el tránsito, la distancia entre dos espacios diferentes, inexistente casi y a la vez enorme, ya no se está en el mismo sitio y de eso, tan simple y evidente, es el escalón, más que el muro, más que la puerta, más que el dintel, quien obliga a ser consciente.
Los tránsitos son importantes, los procesos, las cosas no son seguidas, no deben serlo, nada en la vida sucede de repente, nunca, las cosas se van dando por pasos, hacen un recorrido hasta llegar a ser, hay intermedios, intersticios, transiciones, de un lado a otro hay un camino y es importante sentirlo, reconocer las diferencias, darse cuenta de lo que va cambiando.
Por eso me gusta viajar en tren, para sentir el tránsito, hacer el esfuerzo y darme cuenta de que voy de un sitio a otro, diferentes, distintos. Andar el camino, hacer el recorrido.
Me gusta esa sensación de irrealidad a la salida del cine a veces, cuando una película te atrapa tanto que sigues todavía inmerso y caminas metido en una realidad diferente, ajeno a las luces de neón, a la gente, a los coches y a todo ese bullicio inenarrable que es por ejemplo la Gran Vía de noche, como si no estuvieras ahí sino caminando aún por París con Dexter Gordon, autour minuit, o por las terrazas de Jersey City con Ghost Dog, el personaje de Jim Jarmusch, esa sensación preciosa, apenas unos minutos, que se va poco a poco difuminando hasta que aterrizas del todo en la realidad y vuelves a darte cuenta de los neones, la gente que te cruza, el metro que hay que coger para volver a casa.
Siento necesidad de unos instantes de introspección y silencio al final de un concierto o un espectáculo escénico hasta que termina de verdad y se acaba el sonido, se para todo, se apagan las luces, el director baja los brazos, los artistas respiran, esos segundos tan importantes para asumir lo que hemos visto, interiorizarlo, darlo por clausurado. Cuando algo conmueve se produce una conexión diferente, te metes en algo distinto y hay que desconectar y aterrizar de nuevo en la realidad, un ejercicio individual que necesita silencio, un instante de intimidad y recogimiento. Por eso me molesta tanto que no haya acabado de sonar el último acorde, reverberen aún las últimas notas o los pasos del último bailarín y esté ya el imbécil de turno lanzándose a aplaudir como si le fuera la vida en atizarse las manos y romper el silencio antes que nadie.
Luis Barragán hizo todas las puertas de su casa con el dintel bajo, más bajo que su altura, para estar obligado a agacharse cada vez que iba de un cuarto a otro y sentir así la transición. Forzarse a humillar la cabeza cada vez que cruza una puerta para ser consciente del cambio de un espacio a otro, reconocer la diferencia entre donde duerme y donde se lava o donde come.
Tránsitos. La transición de la música al aplauso, el viaje en tren, la vuelta a la realidad después del cine, el camino de un sitio a otro, el escalón o el dintel que separan dos habitaciones.
6 comentarios:
Me acuerdo del pensamiento de Borges, aquel que dice que el camino es fatal como la flecha, pero en las grietas esta Dios que acecha.
Cuanta verdad hay en tus palabras. Nos preocupa tanto la meta que olvidamos que en el tránsito hacia ella es que está nuestro sentido y todo la ganancia.
Recomendación, (un libro con más de cien años): Arnold van Gennep, "Los ritos de paso".
Me gusta el tema, hace dos días algo hemos escrito sobre los ritos de paso,los tránsitos. Pero peor, siempre peor. Siempre con ese tono de catedrático emérito que tanto avejenta.
Gracias por este texto tan preñado, como diría Unamuno, y una pregunta ¿conoces este poema de la Mistral?:
http://www.poemas-del-alma.com/puertas.htm
Es uno de los menos conocidos, y aquí están además mal transcritos algunos versos, pero así y todo estremece.
Te paso unos poemas de visita al Museo del Prado
ENCUENTRO EN OCTUBRE
A Jose Expósito
Si me reconoces es porque no he muerto todavía,
que nunca fueron mentira tantos domingos
por el museo del Prado, Moyano, Atocha
y alrededores, que estoy vivo
porque me reclaman tus ojos, porque me señalan
tus huesos de hielo, porque me llamas
por mi nombre que ha dejado de ser olvido.
Yo ya había llorado mi desaparición ante ti,
y asistido a mi cremación en tu memoria
en un cementerio con su única lápida
que sólo yo visitaba, que sólo yo conocía,
que sólo a mi me sigue doliendo.
Un solo abrazo, mudo y de muy hondo
ha bastado para negar la hora de los muertos,
para callar el bandoneón de los difuntos.
Por eso, Jose, te invito
a que cada domingo nos sentemos
en esa dulce banca solitaria
que se encuentra detrás de la virgen
de la Anunciación del beato Angelico,
para que sigamos conversando como entonces,
ahora que por azar
la eternidad nuevamente nos ha sido concedida.
RAMÓN COTE B ( de LOS FUEGOS OBLIGADOS. 2009)
UN PERRO. Goya
Para Alicia Baraibar
El miedo tiene
orejas cortas,
echadas hacia atrás
pero el hocico
extremadamente
puntiagudo.
Contra su voluntad,
su temperamento o su constitución,
detecta
en el aire en la arena en la nubes
eclipses y temblores, también cataclismos
pero para su desgracia desconoce la hora
exacta
en la que sucederán
tales acontecimientos.
Por esta razón
aquellos que lo reconocen en la calle
prefieren ignorar sus profecías.
Cuando ya se han cumplido
una a una sus palabras
el miedo
se asoma y husmea
desoladamente
entre las ruinas.
Como si a su augurio
se le pudiera
llamar
victoria.
Ramón Cote B (del libro COLECCIÓN PRIVADA. 2003)
Un post precioso, que invita a parar y a respirar antes de seguir adelante. Sobre esos muchos tránsitos y en especial el de Barragán, recuerdo que en Japón las sencillas casas de té tienen un dintel realmente bajo para que el que ahí entre entre desde la humildad, ya sea rey o lacayo, los dos se humillarán de igual modo, y dentro de ese espacio ( todo el de transición no sólo el paso ) serán iguales.
Un saludo, y enhorabuena por el blog. Como he dicho un buen lugar donde parar y respirar.
Excelente artículo.
En estos tiempos en que todos son prisas y casi nadie parece necesitar espacios de transición, parece más importante que nunca reivindicar la idea de Umbral.
Entrar y salir de los edificios “despacio”, y asumiendo distintas percepciones es uno de los mecanismos arquitectónicos que nunca deberían faltar en todo buen proyecto.
Felicidades por el blog.
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