31 de marzo de 2010

Obelisco





Llevo tiempo que si escribo si no escribo, sin terminar de lanzarme, preocupado por si pudiera tratarse en realidad sin darme cuenta del habitual desapego español hacia quienes triunfan fuera, esa desconfianza mezclada de desprecio que nos impide reconocer el talento de nuestros compatriotas y alegrarnos cuando les va bien por el mundo -a menos que sea en el deporte, porque entonces sí sentimos que el triunfo es nacional, de todos-, hasta que me he dado por fin de bruces con el tema, por contraste, y no he podido ya seguir esquivándolo.

Visito Los límites de la transparencia, la exposición de Oteiza en la Fundación del Canal de Isabel II en la Plaza de Castilla, una muestra pequeña de obras pequeñas pero suficiente para entender el empeño del escultor, su búsqueda del vacío. De lo vacío. Una vida y una obra dedicadas a mostrar que, como dice el físico Álvaro de Rújula, “el vacío no está vacío y no tiene nada que ver con la nada” (cada vez me gusta más el arte que tiene que ver con la ciencia, que la entiende y se conecta con ella). Desocupación de la esfera, del cubo, del cilindro: búsqueda del vacío como espacio positivo, tal vez la sublimación de la obra de arte, esa en que lo material, lo que está ahí, no es más importante que lo que no vemos, sino apenas un elemento de lo que el artista ha querido crear y que el espectador vea, uno entre varios, el que contiene y limita a eso otro que también es la obra aunque no tenga materia porque es puro vacío, hueco. Un tema que da para mucho y que a mí me apasiona: tengo pendiente escribir sobre la búsqueda del vacío por Oteiza como ya escribí sobre la búsqueda del vacío por Chillida.

Y entonces sale uno a la calle, a la Plaza de Castilla, y en vez del vacío se da de bruces con lo repleto, la plaza atiborrada de elementos, los Juzgados, el depósito de agua, el monumento a Calvo Sotelo, las torres de Philip Johnson, el nuevo intercambiador de transportes, las cuatro torres al fondo. Y ahora el obelisco de Calatrava, sobre el que llevo tiempo, decía, que si escribo si no escribo hasta que me doy por fin con él de bruces, por contraste, y no puedo ya seguir esquivándolo. El contraste entre lo vacío y lo repleto, entre la austeridad de las piezas de Oteiza –hierro, piedra, bronce- y la ostentación dorada del obelisco, entre la misantropía del vasco y la extravagancia del valenciano.

No se trata siquiera de que no me guste Calatrava, o que no me interese más bien, que no me interesa, sino de otra cosa. De otras cosas que me molestan de su obelisco en Madrid. De nuestro obelisco de Calatrava, mejor dicho, porque somos los madrileños ahora quienes vamos a tener que convivir con su artefacto.

Me molesta la preponderancia, aquí llevada al límite, del objeto arquitectónico sobre el contenido. Ya no se trata sólo de la habitual primacía en la arquitectura pública española del continente, levantar tinglados destinados a algún uso pretendido a los que sin embargo termina por faltar concepto, programa y presupuesto -Matadero, Alcorcón o muchos de los innumerables equipamientos culturales autonómicos-, sino del objeto despojado por fin de toda función: ni responde a necesidad alguna -tangible o simbólica- ni se pretende que sea útil para algo. No me sirve que me digan que Calatrava es también escultor: el encargo artístico surge de otra forma, se concibe de otro modo, no es aquí una escultura lo que se le ha pedido, sino un artefacto arquitectónico y la arquitecura, a diferencia de la escultura, debe poderse juzgar, también al menos, por el uso: si sirve para lo que se construyó. Por eso Hejduk no construía, porque sus maravillosos diseños ni servían ni pretendían servir. Sin la responsabilidad (reliability) que supone el contraste por la función, el pretendido encargo arquitectónico, disfrazado de escultórico, es una impostura.

Me molesta el efecto-marca. Como la señora que luce su bolso Gucci, el señor su corbata Hermès o la niña sus zapatillas Dolce&Gabanna, a Madrid parece que le ha dado por lucir su Calatrava: Madrid no podía no tener un Calatrava, dicen que dijo algún político local. A mí eso me parece una catetada. Madrid tendrá que tener su Calatrava, si es el caso y Dios no lo remedia, cuando haga falta algo de lo que Calatrava sabe hacer -un puente, pongamos-, no porque haya que tenerlo y entonces nos contentemos, se contenten los que no querían prescindir de su marca, con una pieza menor, un monederito, un pañuelo de bolsillo.

Me molesta que la arquitectura en Madrid se siga llevando a lo trivial, a lo que en realidad no importa. Los arquitectos ni piensan ni hacen la ciudad, ni es de ellos el urbanismo ni construyen las viviendas; apenas se les dejan los equipamientos accesorios, los museos, las bibliotecas, los auditorios. Y esta vez ni eso, un simple adorno, y este obelisco es como debe ser todo adorno que se precie: grande y refulgente.

Me sigue molestando que pasen estas cosas, nos levanten estos tinglados y nadie diga nada, no haya polémica en los periódicos, nadie cuestione nada, se sigan callando los arquitectos (no conozco un solo blog español serio de crítica arquitectónica)…

Me molesta, sí, por qué no decirlo, que sea tan feo, tan grande, tan brillante, tan hortera y de mal gusto, que no se haya previsto la perspectiva y que encaje tan mal donde lo han puesto. Por cierto, el único lado desde donde podría verse despejado –desde donde se podría, digamos, apreciar-, es llegando por Mateo Inurria, pero tampoco, porque queda flanqueado por dos postes enormes de donde cuelgan sendas cámaras orwellianas, ellos sí un símbolo del presente. Quizá el verdadero obelisco, el que sirve y tiene función y no necesita de arquitectos de postín, sea el de la plaza de Manuel Becerra: cojan ustedes por Alcalá y ahí lo verán, imponente, enhiesto como el ciprés de Silos, acongojando al conductor con su cámara que nos mira y nos vigila, ése sí el gran monumento que nos recuerda que nos están viendo todo el tiempo. No se nos vaya a olvidar.

7 comentarios:

Juan dijo...

Y se te olvida mencionar que ha costado varias decenas de millones de euros, no recuerdo si 43 millones o algo así que pagarán tus hijos porque la deuda del Ayuntamiento es enorme y no nos alcanzará con lo que contribuya nuestra generación.

La Plaza de Castilla es insalvable, irreformable. El depósito del canal le da un aire industrial, de periferia. Las Torres Kio, además de monumento a la corrupción de los Albertos, son un monumento a la horterez del quiero y no puedo financiero y arquitectónico. El logo, osito verde, de Cajamadrid que las corona y las infantiliza es sólo la guinda final de un proyecto totalmente fracasado. La confluencia no resuelta entre los mejores barrios de Madrid, la Castellana, y los peores, Valdeacederas, la imposibilidad de transitarla para el peatón, la fealdad de los pocos edificios que la jalonan, entre los que destacan los horribles juzgados de lo penal, todo ese feísmo digo quizás justifiquen que de colocarse en algún sitio de Madrid, sea precisamente la Plaza de Castilla la que mejor pueda albergar el obelisco dorado de Calatrava.

Carolina dijo...

No he visto la torre de Calatrava aún pero resuenan tus quejas en cosas a las que les doy vuelta en mi cabeza. Como los edificios de Gehry sobre todo ese tan espantoso e inútil que es el Disney Hall en Los Ángeles, que como no sirve para lo que debería servir les ha dado por llamar escultura y así justificar su existencia y los miles de millones de dólares que costó.

León dijo...

Coincido contigo, no hay ningún intento de ser críticos con la arquitectura, mobiliario urbano, obras en gral de nuestras ciudades. Un ejemplo más con el que me doy de bruces diariamente -y tú quizás tb- es Colón, con ese baile de su estatua neo y que hace presagiar que volverá de donde vino. El tráfico atrofiado por un estanque desmedido, nadie mira a Colón.

Facundo dijo...

que acertada tu reflexión, y que bien la describes... Te diré que comparto varios conceptos, como ser el desinterés por la obra de Calatrava (aunque el Puente de la Mujer, en Buenos Aires, tiene su poética) y la idea de que la arquitectura, para serlo, debe tener alguna función (es decir, la funcionalidad de una obra sería una característica definitoria de su naturaleza arquitectónica), y los monumentos alguna tienen (o se supone que deben tener). Pienso, por ejemplo, en nuestra Flor de titanio, mamarracho desmesurado que ensucia el paisaje entre el Museo de Bellas Artes y ATC, y también merecen ser mencionados un monumento a la raza (o al descubrimiento, no lo sé) que está en la Avenida 9 de Julio, y el ya añoso adefesio en "homenaje" a Cervantes (como nadie lo hizo volar ??? No existe, acaso, un comando Pablo Picasso, por ejemplo ???)

Qué conmemora este Obelisco, si es que conmemora algo ? Me gusta la idea del otro obelisco, aquel con cámaras, verdadero símbolo de nuestro tiempo.

Jose dijo...

Cuando en 1401 los canónigos de Sevilla decidieron construir un nuevo templo metropolitano sobre la antigua mezquita aljama dijeron: “Fagamos una Catedral tal, que los hombres de tiempos venideros nos tengan por locos”.
En España, las generaciones venideras nos tomarán por lo que fuimos en los dos últimos decenios: unos catetos nuevos ricos.

Y como en todos sitios cuecen habas, para muestra, el culmen de la majadería, el despilfarro, del horror y del sin sentido: el proyecto "Metropol-Parasol" del alemán Jürgen Mayer en la Plza de la Encarnación de Sevilla. Una obra fuera de escala, presupuestada en unos 20 millones de euros, que ya va por los 90, y que se encuentra en este momento a mitad de construcción.

Para su cimentación, primero se arrasó con restos arqueológicos romanos, paleocristianos y musulmanes. Después se paró la obra unos dos años porque faltaba madera de pino finlandés para su recubrimiento (más madera!) que como todos sabemos, se emplea en Sevilla desde tiempos inmemorables para aplacar los 45º de agosto. Mi abuela de hecho, tenía su casa de Lebrija construida de pino finlandés…

El año pasado se paró de nuevo (6 años de retraso) porque decían textualmente que “el proyecto está a la espera de un pegamento especial para pegar la madera porque no saben si resistirá el calor veraniego”. Y por último, para completar este vodevil, el arquitecto nos dice ahora que “a mi que no me miren”, que él hizo un prototipo arquitectónico, pero no para que fuese construido, sino para ganar el concurso...

Y ahí está, parado, sin que nadie sepa que hacer con él, con 90 millones de euros gastados de DINERO PÚBLICO, en una ciudad con carencias de todo tipo, con todos los responsables mirando para otro lado, y sin que nadie asuma responsabilidades.

De la parte estética, en fin, para qué hablar. Lo dicho, “Fagamos una estupidez tal con dinero público, que las generaciones de tiempos venideros nos tengan por nuevos ricos-catetos”.

jose Manuel

Lagonzala dijo...

Afinidades electivas sí es un blog de crítica arquiectónica y comparto tu crítica al obelisco porque, la verdad, a mi tampoco me dice nada. Qué pena de este Madrid provinciano y cateto.

Qualunque dijo...

Poco que añadir del obelisco a la estupidez y la horterada.