He ido a ver De I a J, la pieza de Isabel Coixet sobre John Berger en Casa Encendida, una interpretación de su novela From A to X, y me he salido inmediatamente. No porque no me haya interesado, que me ha interesado poco, me ha conmovido poco más bien: el discurso de Berger está demasiado expuesto, resulta demasiado simple, demasiado obvio, uno diría que pedestre aun, más propio del mitin o el manifiesto que de una pieza de arte. Hay algo que aquí falta, la metáfora, eso intangible que destila el discurso y lo sublima y lo vuelve esa otra cosa de naturaleza distinta a que llamamos arte.
Ni porque me haya disgustado tampoco la escenografía de Benedetta Tagiabue -ella nunca me emociona, era Miralles...-, un espacio carcelario conformado por barras de hierro que crean un angustioso laberinto de celdas con unos catres como todo mobiliario donde oímos las voces que van leyendo las cartas de A a X.
Me salí en seguida por la presencia de dos guardias-jurado ahí en medio, entre los hierros y las celdas, con sus esposas en el cinturón, las insignias de la empresa, se diría incluso que sus pistolas al cinto, por ahí deambulando, mirándolo a uno según avanza e intenta conectarse, siguiéndolo cuando pasa de una zona a otra. No es la escenografía lo que te inquieta y te perturba, sino esos guardias-jurado al acecho. Lo que estaría muy bien si fueran parte de la escenografía concebida por Coixet y Tagliabue para acentuar precisamente la sensación de agobio, pero no lo son, están ahí porque ahí los ha decidido poner Casa Encendida para proteger no sé si la instalación, los hierros, a nosotros. Dos guardias en medio de una pieza artística, como si tuviéramos que ver el Guernica o Las Meninas con un policía armado delante, entre los toros y las damas de compañía, u oír a Lang Lang, digamos, ahora que está tan de moda, con su guardaespaldas a un lado y otro del piano.
Me voy al Reina Sofía a ver la pieza de Mario García Torres -ésta sí, estupenda- y lo mismo. Durante sus cuarenta minutos, más o menos, otro guardia jurado -uniforme, insignia, esposas, perilla, walkie-talkie- entra una vez tras otra a mirarnos como si fuéramos animales en un zoo, a asegurarse supongo de que no nos pegamos, de que no nos estamos quitando la cartera unos a otros, de que no estamos robándonos el proyector de diapositivas.
Seguridad.
No es mejor, ya que estamos en el Reina, si uno sube a ver la colección permanente. Es difícil concentrarse en el lirismo de una escultura de Chillida, de una pintura Tapiès, de la pieza nuevamente original de Richard Serra, cuando el ruido de fondo es el permanente chirrío de los walkie-talkies de que va armado un ejército de vigilantes. No sólo guardias-jurado esta vez sino gente normal vestida de gente normal a quienes el poder se lo dan los walkie-talkies. Que suenan, que chillan, que pitan, por el que hablan sin parar aunque uno esté ahí al lado tratando de mirar con atención un cuadro de Saura o de Cy Towmbly.
Como en el Prado, donde vigilantes respetuosos y que se conocen el Museo al dedillo llevan también sus walkie-talkies encendidos y a volumen notablemente superior a lo que debería ser en un museo mientra uno mira las Meninas, la Anunciación de Fra Angelico, el perro de Goya, los primitivos flamencos o alemanes. Y si uno dice algo, les pide que lo bajen, el mantra siempre de la seguridad lo justifica todo, cualquier ruido, cualquier actitud, cualquier despliegue.
Yo no quiero meterme en una instalación rodeado de guardias-jurado de uniforme y esposas al cinto, no quiero ver las Meninas con un ruido de fondo chirriante, no quiero perderme entre cuadros de Saura mientras la celadora de la sala cuenta su fin de semana a la de cuatro salas más allá.
A nuestros museos nacionales no se les ha ocurrido hacer lo que hacen los de Nueva York, los de Londres, los de París, poner a sus vigilantes un audífono en el oído y hacer la seguridad inaudible, cortés, respetuosa. Sin por ello, faltaría más -¡La Seguridad¡-, reducirla.
No se les ha ocurrido que la seguridad, cuando se toca con el arte, sea en un museo, en un concierto, en una pieza escénica, se debe hacer invisible e inaudible. Lo contrario es, seguramente, ostentación e incultura.
1 comentarios:
el contexto de la obra se amplifica, esa guarnición de custodios toman presencia en la obra misma para recordarnos que la realidad está aquí fabricando su propia obra, cada cual haciendo su trabajo. esto cada vez es más un enfrentamiento, todo nos recuerda que no hay tregua. Del arte y la guerra independientes al arte de la guerra como única posibilidad. La máscara de Felipe II que anuncia la exposicion El arte del Poder ha incorporado los mechones de la barba y del pelo al dorado de la careta-armadura, y en la franja de los ojos ya sólo se ve un abismo negro. Sin escudo de protección, la gorgona enemiga se ha adherido al casco y se ha petrificado ella misma fundida con las barbas de Perseo, no se sabe quien miró primero.
http://www.museodelprado.es/exposiciones/info/en-el-museo/arte-del-poder-armas-y-pinturas-de-la-corte-espanola/video-resumen-del-documental-el-arte-del-poder/
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