26 de abril de 2010

¿Cosas del pasado?: Escribir, y leer, después de Auschwitz


                                                (Tenebrae Noviembre 7, Doris Salcedo)


Schwarze Milch der Frühe wir trinken sie abends
wir trinken sie mittags und morgens wir trinken sie nachts
wir trinken und trinken
wir schaufeln ein Grab in den Lüften da liegt man nicht eng

(Todesfuge, Paul Celan)

(Negra leche del alba la bebemos de tarde
la bebemos a mediodía de mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos
cavamos un fosa en los aires no se yace allí estrecho)


Se han conmemorado en estos días sesenta y cinco años de la liberación de Buchenwald, el 11 de abril de 1945, y setenta de la Matanza de Katyn, cuando durante abril y mayo de 1940 la policía política de Stalin asesinó fríamente a 21.857 oficiales y civiles polacos, episodios horribles de esa historia universal de la infamia que es el siglo XX europeo, siglo de oscuridad a medianoche, de genocidios, guerras, tortura, asesinatos masivos, guerras civiles, exilio, desplazamiento, deportaciones en masa, persecución y acoso, campos de exterminio y de concentración, zonas protegidas, violaciones, ciudades devastadas. Los europeos somos capaces, a la vez, de lo más sublime y lo más abyecto, de lo más bello y lo más horrible, y nuestro siglo XX ha sido pródigo en muestras de hasta dónde pueden llegar lo abyecto y lo horrible de la depravación humana.

Jorge Semprún, que estuvo preso en Buchenwald y rememoró ahí hace quince días el horror que fue aquello, hablaba en un artículo en Le Monde de su convicción de que
la escritura y los escritores son los únicos capaces de mantener vivo el recuerdo de la muerte. Si no, si los escritores no se apoderan de esa memoria de los campos de concentración, si no la hacen revivir y sobrevivir mediante su imaginación creadora, se apagará con los últimos testigos, dejará de ser un recuerdo de carne de hueso de la experiencia de la muerte.

Llevo un tiempo leyendo casi solamente, como atrapado por el horror, crónicas de ese siglo tremendo, de la barbarie de gente como nosotros capaz de cosas de las que nosotros nos consideramos incapaces y del sufrimiento de gente como nosotros que nosotros no podemos llegar a imaginar. Margarete Buber-Neumann, comunista rusa presa de Stalin en Siberia y entregada luego a Hitler que la envió al Campo de Ravensbrück (Prisionera de Stalin y Hitler); el niño que vive Auschwitz y nos lo cuenta con la distancia y el sarcasmo con que se puede contar lo que uno ha vivido cuando es niño y lo que le pasa es, nada menos, que lo mandan a Auschwitz y logra sobrevivir (Sin destino, Imre Kertész); la degradación inimaginable, inconcebible, de la vida en el gulag (Relatos de Kolymá, Varlam Shalamov); el Director de orquesta empeñado en montar el Réquiem de Verdi en medio del horror del Campo de Terezín y que logra que se respete hasta el estreno la vida de unos cuantos de sus músicos (Le Requiem de Terezin, Josef Bor); la escritora rusa que llega a Francia con su familia huyendo de los bolcheviques y nos cuenta de la invasión alemana hasta que ella misma es detenida -por franceses- y deportada y asesinada en Auschwitz (Suite francesa, Iréne Némirovsky); la desesperanza y el tedio angustiosos de una vida cotidiana sin futuro ni más presente que levantarse de madrugada y caminar para deslomarse a trabajar en sitios lejanos, congelados, asquerosos, donde no se produce realmente más que la ficción de hacer algo para mantener toda una maquinaria de opresión y terror, una vida cotidiana tan desesperante y tan angustiosamente tediosa en la Rumanía opresiva de Ceaucescu que hasta son capaces unos padres de dejar que las autoridades -el policía, el cura- violen a su hija con tal de conseguir el pasaporte y escapar (El hombre es un gran faisán en el mundo, Herta Müller).

El empleado de seguros noruego que durante los siete meses preso en el cuartel general de la Gestapo en Oslo escribía con un clavo sobre papel higiénico un diario que iba enrollando y tirando por la rendija del ventilador de su celda sin saber que un conocido volvería a buscarlo y se publicaría (Diario, Petter Moen), un diario en que cuenta que “Lo que temo más que la muerte es la tortura” y se atormenta por no haber sido capaz de resistir al tormento (“Tendría que haber dejado que las bestias salvajes de VT me despellejaran vivo y haber callado. No pude. La angustia y el dolor me quebrantaron”); la vergüenza de las violaciones masivas de mujeres tras la caída de Berlín (Berlín, la caída: 1945, Antony Beevor); la anormalidad kafkiana (que Kafka previó) de una vida cotidiana cuya normalidad es estar sometido a vigilancia, a acoso, a denuncia permanente (El hombre vigilado, Vesko Branev); la joven judía holandesa que pudiendo evitarlo decide compartir el destino de su pueblo, ser exterminado, y se presenta para ser internada en un Campo y después deportada y asesinada finalmente en Auschwitz (Etty Hillesum, sobre quien leo en La herencia del olvido, Reyes Mate); Walter Benjamin atravesando Francia cada vez con menos equipaje para acabar suicidándose a las puertas de España la única noche en que la frontera, esas cosas de la vida, estuvo cerrada (La última frontera, Bruno Arpaia)…

Es lo que estoy leyendo últimamente, no todo ello grandes relatos como los de Primo Levi, Solzhenitsyn, Jean Améry, Viktor Klemperer, Arthur Koestler, Eugenia Ginzburg, Victor Serge…, leídos en otro momento o pendientes aún; unos gran literatura y otros simples testimonios de gente simple a quienes se les vino encima el peso de lo peor de nuestra Historia; ninguno el Gran Libro del Horror ni la Historia Universal de la Infamia sino capítulos apenas de ese gran relato de la Tragedia Europea que se compone, como debe ser, de infinitos relatos individuales.

Decía Stalin, ese hombre, que un muerto es una tragedia y un millón una estadística, pero eso, una inmensa tragedia por sí mismo, tiene otra cara con que el Padrecito, seguro, no contaba. Cada vez que una de esas otras 999.999 muertes se desvela vuelve a ser una tragedia, millones de tragedias una tras otra, cada una en sí misma aunque se parezca tanto a tantos millones de otras tragedias similares, de otras infamias, de otros tantos millones de actos de iniquidad. Millones de muertos de los grandes y nefastos totalitarismos utópicos del Siglo XX, de Stalin, del comunismo y el nazismo, atrocidades de Hitler, checas y torturas del NKVD y la KGB, gulags y campos de exterminio, hostigamiento e interrogatorios de la Stasi, de la policía checa, de la Securitate, de la PIDE, fusilamientos y trabajos forzados de Franco, violaciones masivas en Berlín, en Bosnia, la matanza de Srebenica, infamias que se vuelven individuales de nuevo y dejan de ser estadística cada vez que se relatan y se cuenta, una por una, qué pasó, cómo, dónde, por qué, quién fue el causante, el responsable. El culpable.

He ahí el valor de la escritura, que no se nos olvide, que se sepa, uno por uno, de esos millones de actos de barbarie y dejen de ser una estadística y vuelvan a ser, cada uno de nuevo, uno tras otro, representaciones individuales, y absolutas al tiempo, de la Barbarie y la Infamia.

Que no sea verdad, como teme Tony Judt (Sobre el olvidado Siglo XX), que la memoria del totalitarismo, el mal político del siglo XX, se nos haya vuelto cosa del pasado y se nos estén olvidando los grandes crímenes, el nazismo, Stalin, las formas más cotidianas que subyugaron Europa oriental durante cuarenta y pico años. A Judt lo obsesiona que nadie menor de treinta y cinco años ha conocido en Europa del este qué es vivir bajo un régimen comunista, como preocupa a Semprún que el recuerdo se apague con los últimos testigos.

Que no acabemos trivializando el recuerdo de todo eso que pasó y los uniformes de la Gestapo nos fascinen como nos fascinan las armaduras medievales y los oficiales nazis sean sólo atractivos personajes de película, cómic o videojuegos y hasta suceda lo que contaba hace unos días Monika Zgustova en El País, ¡Pasa tus vaciones en el `gulag´!, que el gulag o Auschwitz se vuelven parques temáticos, disneylandias del horror no muy diferentes de un parque Asterix donde tenemos la oportunidad de divertirnos con la historia:

Entro en la web oficial de Gulag: en un vídeo, una lituana cuenta que fue divertido (fun) montar esa reliquia del sistema soviético. Tras esa explicación, un estudiante americano suelta riendo: "¡Menudas vacaciones! ¡En vez de tumbarte en la playa, te sometes a bofetadas!". Al final, un joven de India llega a la conclusión de que esta experiencia le ha ayudado a comprender el horror de lo que fue el sistema soviético.
(…)
Últimamente, las agencias de viajes han empezado a ofrecer viajes organizados a Auschwitz. Los autocares aparcan cerca del campo y escupen decenas de turistas. El año pasado, sólo de Israel, 30.000 estudiantes visitaron el campo. (…) En la web de Auschwitz leo las reacciones de los que ya han visitado el campo de concentración: "Potente y triste: ¡no os lo perdáis!", "Hay que ir: una experiencia conmovedora", "¡Muy recomendable!", "¡Buenos guías!", "Pensad en comer algo antes de la visita y poneros calzado cómodo". Son las mismas reacciones que ante el puente de los suspiros en Venecia o una puesta de sol en Cabo Sunion. En la misma página una agencia de viajes ofrece: "Desde Cracovia te llevaremos a Auschwitz en un cómodo coche, ¡en sólo una hora!". Y en la misma página se ve una playa tropical con palmeras y hamacas, para los que prefieren el Caribe a Auschwitz. El turismo organizado a los lugares del mal acaba trivializando el sufrimiento humano para convertirlo en un espectáculo que contemplamos sin que nos alcance, como no nos horrorizamos ante la tortura de un santo en un cuadro barroco.

Ésa es la clave, que nos olvidamos y trivializamos y no nos importa porque pensamos que todo eso son sólo cosas del pasado, que lo que pasó hace apenas medio siglo en Europa, en España, en la civilizada Alemania -y no hablo ya de Pol Pot, de operaciones Cóndor y torturas de milicos sudamericanos, de matanzas de tutsis o de timorenses, sino de este mundo nuestro tan avanzado y con tanto progreso-, los crímenes de Hitler y los crímenes de Stalin, los crímenes de la Stasi y los de la Securitate de Ceaucescu, y los crímenes de nuestra guerra civil y los de los franceses en Argelia y los de los Balcanes, son sólo cosas propias de un pasado trasnochado y superado como lo son también, cosas del pasado, la Gran Guerra o la Guerra de Cuba o la Franco-prusiana o las Guerras carlistas o la de los Treinta años o las iniquidades de la Inquisición o, eso es, como dice Zgustova, las torturas de un santo en los cuadros barrocos, y no, en cambio, lo que son realmente: cosas de nuestra época, nuestro momento histórico, algo que nos ha pasado a nosotros porque nosotros también somos esa época, los mayores crímenes de la historia de Europa se han cometido antesdeayer, si no en nuestra generación en la de nuestros padres o nuestros abuelos, que es lo mismo, en nuestro tiempo, hace tan pocos años que cuando lo vean con perspectiva en unos siglos todos nosotros caeremos en el mismo momento histórico. Las víctimas de Auschwitz y del gulag y de las dictaduras del este y de nuestra guerra civil y su posguerra y las mujeres violadas en Berlín y los cientos de miles que murieron de hambre en Ucrania y los que murieron en Srebenica o las Krajinas eran todos gente como nosotros, que vivían vidas parecidas a las nuestras: quitemos un par de cosas, ordenadores, teléfonos móviles, ¡la epidural!, poco más, y la gente en los treinta, en los cuarenta, vivía como nosotros, en casas parecidas a las nuestras, con muebles de esa época, sí, como los de la nuestra son diferentes a los de hace veinte años y a los de dentro de treinta, con coches, teléfono, aviones como ahora, gente que pensaban parecido y se vestían parecido y hacían vidas parecidas a las nuestras. Podríamos ser nosotros quienes viniera de repente a llevarse una patrulla a medianoche y acabáramos en un campo de exterminio o interrogados en una checa sin poder dormir durante días, quienes tuviéramos que irnos con lo puesto a un exilio incierto, quienes fueran violando por las calles como iban los soldados soviéticos violando berlinesas, quienes tuvieran que trabajar a cuarenta grados bajo cero en el horror del gulag sin saber siquiera de qué se les acusa, quienes tuvieran miedo a hablar, tedio insoportable de vivir.

Por eso leo relatos de todo eso que pasó, para saber lo que nos ha pasado a nosotros, a los europeos del siglo XX y por eso es importante que los escribieran quienes los escribieron y los sigan escribiendo quienes aún lo hacen, para que sepamos, para que no se nos olvide no vayan entonces a ser ciertas las palabras de uno de nuestros filósofos más importantes, Jorge (George) Santayana, grabadas en la puerta de Dachau, “Los que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo” (La razón en el sentido común), para que no lo trivialicemos y, sobre todo, para que no vayamos a pensar, no se nos vaya a ocurrir por un momento, que ésas son solamente cosas del pasado.

9 comentarios:

luisa dijo...

conmovedor recuento.
no olvidemos en esta cartografía de la memoria al pueblo palestino.
(extrañé también a G. Sebald)

Facundo dijo...

Tremendo siglo veinte, de horror y belleza, bien lo decís... Es para recordarlo, siempre, para no trivializar en souvenir con forma de svástica o estrella de la KGB.
Como será el veintiuno, de paz..? Lo deseamos, claro, pero no lo sabemos. Quizás todo esté al alcance de la mano, aunque es difícil creer en una humanidad feliz...

Anónimo dijo...

El problema no es el olvido, es la impotencia, miedo, incapacidad para reaccionar...de los individuos y de los estados democráticos frente al mal. Todo eso pasó en una Europa no muy distinta a la de ahora (Yugoslavia fue hace literalmente dos días), así que mucho me temo que volverá a pasar. Me encantaría ser optimista pero la verdad es que creo que somos un completo desastre.
Cristina

thefirstsquirrel dijo...

Leo a Tony Judt regularmente en el NYRB, sobre todo sus textos finales (que pena) en los que recuerda su historia, que es la de un perseguido mas del siglo XX. Asusta, como dices, que olvidemos con tanta facilidad, que no se ensenhe la segunda guerra mundial y se pierda tanto el tiempo con cosas innecesarias.

Me quedo con Primo Levi, la verdad, encuentro que en la aparente sencillez de sus textos hay una sinceridad admirable, ademas de un tono de perdon encomiable. Tomo muy buena nota de tus recomendaciones, muchas de la cuales no conocia.

Jamas olvidare el escalofrio que me dio cuando, nada mas llegar a vivir a Israel, vi a una pareja de ancianos paseando y charlando animadamente y me fije que ambos llevaban numeros tatuados en sus antebrazos. Sabia que todo era cierto, claro que lo sabia, pero la certidumbre de la carne tatuada (y quemada) fue realmente reveladora.

J. dijo...

Sí, a mí lo que me parece importante es que si mañana hubiese tres erupciones de volcanes al mismo tiempo, o se interrumpiese repentinamente el suministro de petróleo, o un grupo terrorista consiguiese hacer explotar una bomba atómica, aunque fuese pequeñita, volvíamos en dos segundos a la ley de la selva.

Y, claro, en ese momento descubriríamos de qué pasta estamos hechos cada uno; si de pasta de asesino o de pasta de víctima. Quedarían quizás unos pocos con pasta de héroe como el padre de la novela de Cormac Mc Carthy, " La Carretera", o al menos, eso nos gustaria pensar, que aún quedaría gente que sostuviese la llama de la civilización en el desastre.

Quizás lo que nos ha legado el siglo XX sea la constatación de que la idea central de la Ilustración estaba totalmente equivocada. No sólo una mayor educación, cultura y alejamiento de la religión no ha traido consigo la paz universal sino que, como muy bien apuntas, son precisamente los europeos, los más educados, los más cultos y los más ateos, quienes se han librado a las peores atrocidades imaginables. Ahí está la imagen del oficial de las SS que se deleita escuchando a Wagner o Beethoven mientras, en el campo bajo sus órdenes, se acaba de desayunar ese día unos cuantos miles de judíos.

La otra idea de la Ilustración, que lo que no consiguiera la educación lo podría conseguir la guillotina (parece que Pérez Reverte se apunta también a esta tesis últimamente) también estaba totalmente equivocada aunque haya tenido muchos seguidores, algunos de ellos especialmente aplicados. Como dice Brassens:

"Encore s'il suffisait de quelques hécatombes
Pour qu'enfin tout changeât, qu'enfin tout s'arrangeât!
Depuis tant de "grands soirs" que tant de têtes tombent,
Au paradis sur terre on y serait déjà.
Mais l'âge d'or sans cesse est remis aux calendes,
Les dieux ont toujours soif, n'en ont jamais assez,
Et c'est la mort, la mort toujours recommencée...
Mourrons pour des idées d'accord, mais de mort lente,
D'accord, mais de mort lente."

En resumidas cuentas, un poco más de humildad y de empatía, por favor.

Anónimo dijo...

Es que probablemente la educación y la cultura estén muy desenfocadas. Veo dos temas: por qué hay tanto animal suelto? y cómo reaccionar ante ellos? Tenemos muchos malos ejemplos, la Iglesia Católica con sus curas peredastras es uno de los más lamentables. La guillotina no sé, pero oye unas pastillitas en la sopa y que parezca muerte natural. Total, al colmo de la hipocresía hace mucho que llegamos.

Jin dijo...

una reflexión conmovedora y necesaria. ahora más que nunca, que parecen asomar otra vez los fantasmas malignos de un pasado aún tan reciente. gracias por toda esa bibliografía, algunos títulos caerán, seguro.

Anónimo dijo...

No hay nada que temer. Lo humano está ya muerto. Tal vez, como máquinas de consumir, sobre todo como máquinas de consumir ideología: identificarse con los eslóganes que nos salvan de las pequeñas zozobras y nos devuelven al orgasmo del yo, vivamos (ya muertos) mejor. A partir de ahora el recuerdo es la falacia que nos devuelve a nosostros mismos, títeres monstruosos, sujetos de ese siglo. ¡Viva Pasolini!. Lo peor ya pasó. No molesten, por favor, que estamos jodiendo sin parar. Y sin parir.

Zaloette dijo...

Bonita relación de lecturas, algunas de ellas ya realizadas y otras de las que tomo buena nota. El s.XXI apunta a mantener la tontuna del actual sistema económico que tanta pobreza arrincona. Un saludo. Antonio (Zaloette)