No
he leído aún, aunque tengo ganas, la gaditana y muy exitosa novela
reciente de Pérez Reverte, pero sí acabo de leer, por esas cosas de
la vida, una diatriba
suya
de hace un par de años donde se refiere a este país nuestro,
España, como país
de mierda,
y dice que
“España
es uno de los países más afortunados del mundo, y al mismo tiempo
el más estúpido. Aquí vivimos como en ningún otro lugar de
Europa, y la prueba es que los guiris saben dónde calentarse los
huesos. Lo tenemos todo, pero nos gusta reventarlo. Hablo de ustedes
y de mí. Nuestra envilecida y analfabeta clase política, nuestros
caciques territoriales, nuestros obispos siniestros, nuestra infame
educación, nuestras ministras idiotas del miembro y de la miembra,
son reflejo de la sociedad que los elige, los aplaude, los disfruta y
los soporta.”
No
he leído aún, aunque tengo muchas ganas, la Autobiografía
sin vida
de Félix de Azúa, pero sí he leído una reciente
entrada en su blog
destinada a ser la última por hastío, hartazgo, asco con lo que
está pasando en nuestra vida nacional.
“La
ruina -dice- ha ido oscureciendo la vida en común hasta el punto de
que la próxima campaña electoral está derivando nada menos que en
un simulacro de guerra civil. (…) El estropicio es ya casi
insalvable. Como he dicho otras veces, la deriva de España hacia el
modelo italiano se acelera.
(…)
(N)uestra clase política no es demócrata. No tiene ni la menor idea
de qué quiere decir "democracia". Por eso no respetan a
los partidos adversos sino que se empeñan en triturarlos y no creen
estar en el poder para resolver los problemas de la gente sino para
creárselos porque así lo exige la Causa. Sólo trabajan para su
propio partido, como los empleados japoneses trabajaban para su
empresa y la yakuza asociada. Así le ha ido al Japón. (…) El
sueño ha durado unos años, digamos que de 1982 a más o menos el
cambio de siglo. Durante veinte años parecía que España podía
convertirse en un país europeo. La gente olvidó los delirios
señoritiles del desprecio al trabajo y, con la excepción de los
liberados sindicales, comenzó a tomarse en serio la vida. De pronto
ya no daba vergüenza trabajar e incluso querer trabajar más horas o
más días. Los fondos europeos y una ola de optimismo que ilusionó
a los españoles lograron un despegue prodigioso, mientras en el
terreno político, con jefes de gobierno adultos como Suárez,
González o Aznar, los adversarios no eran enemigos. La oposición
podía ser dura, pero no era una chusma despreciable. La diversidad
de ideas y opiniones, como en Europa, mantenía viva la libertad. En
la actualidad la libertad es una excusa para sacar las navajas.”
No
he podido ver, y me he quedado con las ganas, las dos obras de teatro
que al alimón acaba de tener Elvira Lindo en la cartelera madrileña,
pero sí leo siempre sus columnas y he leído esa
reciente
en que habla también, como Azúa, del clima de enfrentamiento en
que, como siempre (añado yo), nos andamos y recuerda, falta hacía,
los tremendos versos de Jaime Gil de Biedma, "De todas las
historias de la Historia, sin duda la más triste es la de España, /
porque termina mal".
“Recordar
-dice Lindo- no es utilizar la historia como un arma para hacer
política. España ya no es aquella que fue. Somos nosotros, en gran
medida, esta clase privilegiada que la glosamos en tertulias o
columnas, los que pareciera que queremos verla perpetuada en su
pasado miserable. A diario se sacan a pasear los célebres versos de
Gil de Biedma, "De todas las historias de la Historia, sin duda
la más triste es la de España, / porque termina mal". La
belleza y la fuerza poéticas no tienen por qué ser fieles a la
verdad. Y la verdad es que la Historia no se acaba. La estamos
escribiendo ahora, con nuestra templanza o nuestra
irresponsabilidad.”
No
sigo. Ni con lo que aún no he hecho ni con lo que voy leyendo que me
recuerda cada día cuánto me preocupa a mí también este país
nuestro en que vivimos. Cuánta rabia me da en qué lo hemos
convertido. En qué nos hemos convertido.
Una
sociedad de nuevos ricos. Basta ir a Portugal para ver de dónde
venimos y a dónde hemos llegado. Basta ver a nuestros compatriotas
gritando en español cualquier orden a un camarero luso que, él sí,
sabe idiomas y por eso nos entiende, sin que se nos ocurra que
estamos en otro país y ellos tienen otra lengua. Otra lengua y otra
clase de la que nosotros parecemos habernos despojado, como de un
traje que molestara, en algún momento de nuestra fulgurante
desarrollo económico.
Una
sociedad de nuevos ricos pretenciosos que ha permitido que valgan de
pronto cien millones pisos que antes valían veinte y que se
entrampen por varios cientos de miles de euros gente con que apenas
tiene un mal trabajo precario porque todos participábamos de esa
indecente pirámide inmobiliaria que en apariencia nos iba haciendo a
todos ricos propietarios millonarios y ostentosos.
Un
país de gente encantada de haberse conocido y que durante unos años
se ha creído el ombligo del mundo hasta que ha tenido que venir la
realidad a avisarnos, de pronto, que la vida es como es y que
nosotros, los de ahora, no somos mucho más que los de antes. Ni
mejores, desde luego.
Un
sociedad como de tontos. Basta oír cómo cuentan las noticias los
telediarios o los noticieros de Radio Nacional (las “comentan”,
porque ahora ya las cosas no se dicen, no se informa, no se recalca,
todo se comenta), con qué tono y con qué vocabulario, como
si hablaran para niños; cómo son noticia-bomba cosas cotidianas
como la gripe nuestra de cada año o que haga frío en invierno y
calor en verano; cómo se habla de cultura en el programa cultural de
Radio 1 como si todo fueran actividades de colegio con las que
deleitarnos (ahora, les comento, se nos avisa desde antes con
qué comida, con qué vino, con qué obra de teatro o qué película
nos vamos a deleitar).
Un
país de buen rollito donde todo lo que pasa es culpa de alguien, así
sea un alud, una nube de ceniza provocada por un volcán lejano o el
desbordamiento de un río porque llueve. Eso que los ingleses llaman
Acts of God aquí son siempre culpa de una autoridad pública
y tiene que haber siempre una autoridad pública dispuesta a ayudar
si nos pasa algo, si se nos inunda la tienda de campaña en un
glaciar del Pirineo, nos secuestran por andar de turismo en
Afganistán, nos quedamos colgados del Kilimanjaro o perdemos
nuestros ahorros por la avaricia de meterlos en un dudoso y
arriesgado esquema financiero, como si se nos hubieran olvidado
conceptos como responsabilidad o autonomía de la libertad.
Un
país de buenrollismo y To´er mundo e´güeno, de verdades a
medias y lenguaje de emperador desnudo que ya no nos sirve para
llamar a las cosas por su nombre, describirlas y, en consecuencia,
conocerlas y saber cómo son. Ya digo: de las cosas no se habla, sólo
se comenta.
Si
siguiera , pese a que dije que no seguía, con todo lo que aún no he
hecho y tengo pendiente, tendría que reconocer que aún no he leído
Tu rostro mañana, de Javier Marías, que custodio para el
verano, pero sí leo sus columnas dominicales y leí la de hace un
mes donde hablaba de esto precisamente, del cuidado que hay que tener
hoy con todo lo que se dice porque al acecho están hordas de
periodistillas apenas formados e incapaces de entender lo que no sea
la literalidad más literal de un comentario,
“proliferando
un tipo de español solemne, envarado, ceñudo, poseído de su
rectitud, que no sólo no tolera una chanza ni una exageración, sino
que parece incapaz de detectarlas. Un individuo que se toma todo a
pecho y al pie de la letra, dificultando así, cada vez más, la
aparición de la sal de la lengua, su chispa y su gracia.
Me
preocupan todas estas cosas nuevas en que nos hemos convertido y que
no éramos, una sociedad arribista, tonta, insustancial y
buenrollista, donde gente como una tal Esteban son las reinas, como
me preocupa que no logramos, ni parece ya que vayamos a lograrlo
durante algunas generaciones más, dejar de ser tampoco esas
tremendas cosas viejas que hemos sido siempre.
Un
país que no entienden los de fuera: que vivamos tan bien y nos
quejemos tanto, andemos tan divididos y tengamos tan poco orgullo de
vivir donde vivimos pese a que aquí nadie querría vivir más que
donde vive.
Un
país cada vez más provinciano, que recupera de debajo de la piedras
tradiciones locales ancestrales (o ancestrales, a menudo, de hace
pocos años) y las eleva a manifestación cultural originaria,
fundacional, tan definitoria que hasta debe constar en Ley Orgánica,
y que si pudiera prohibiría en su territorio las manifestaciones del
vecino.
Un
país dividido entre los míos y los otros, entre los de aquí y los
de fuera, entre los de mi clan y los del otro; un país en efecto,
como dice Azúa, donde los adversarios parecen enemigos y en vez de
competir en buena lid y aceptarlos como complemento y parte del
paisaje intentamos cargárnoslos como chusma despreciable con
el insulto (los de la ceja unos, fascistas de caverna
los otros, como si se nos hubiera olvidado qué fue de verdad el
fascismo, el horror en que todo aquello consistía), el montaje
chusco o las vías judiciales. Un país donde unos y otros parecen en
definitiva empeñados, en pleno siglo XXI, en recordarnos que, sí,
en efecto y como siempre, sigue habiendo dos Españas y una de ellas,
o las dos, han de helarnos el corazón.

7 comentarios:
Estaba claro, sobre todo para los que hemos vivido largas temporadas fuera de España, porque lo podíamos ver con más objetividad, que esta crisis era inevitable, y además necesaria, y por tanto buena.
Estoy de acuerdo en que nos hemos creído que vivíamos en Disneylandia, una Disneylandia bastante ordinaria, por otro lado.
Pero también es cierto que esto no es exclusivo de España. Los europeos nos hemos creído que habíamos llegado a la cima y que de la cima no se baja. Error, grave error. Hay que darle como todo el mundo, como los asiáticos, los americanos y como todo quisqui, que sólo tienen vacaciones 10 días al año, que trabajan mas de 9 horas diarias...
Se dice que esta es una crisis que no la han provocado los ciudadanos, que ellos/nosotros, sólo somos la víctimas. Si claro, pero es como el timado que pretendía sacar tajada del timo que le acabo engañando a él. El problema de la deuda publica en España es menor que el de la deuda privada, todo el mundo está endeudado, todo el mundo vivía por encima de sus posibilidades, todos los mayores de 25 años querían una casa y se la compraban, y se hipotecaban...
Pero tampoco creo que seamos el cubo de la basura. La tendencia española a mirarnos el ombligo se manifiesta también en la vanidad de creernos los peores. El ministro del nuevo gobierno británico que ya ha tenido que dimitir por cobrar dietas por quedarse en casa de su novio? Si eso hubiera pasado en España...
Portugal, Italia, con su Berlusconi y su mafia, Grecia con su picaresca omnipresente, los nórdicos, no digamos Islandia, Francia, con sus huelgas continuas, no se si son modelos a seguir.
Lo cierto es lo cainita que es la clase política española. Que España vaya bien si, pero si es gracias a mi...
HE LLORADO AL LEER EL ARTÍCULO. ES TAN REAL, TAN COMPARTIDO, QUE PARECIERA LO HUBIERA ESCRITO YO PERO MEJOR.
Lo comparto plenamente, y estoy con pandora, visto desde fuera se veia venir desde hace mucho, muchisimo. Lo que no entiendo es como ha podido coger a la gente (incluidos a los Revertes, Marias y Lindos) por sorpresa.
Nos deberia venir bien esta crisis para darnos cuenta de lo que es realmente importante (educacion?) y lo que no. Y si, vivir con una actitud positiva, disfrutar de un modo de vida relajado y risuenho es importante y muy sano, pero es necesario saber poner todo en su sitio, trabajo, ocio, educacion, cultura. Y tener una capacidad de asimilacion de conocimientos mayor. Como vamos a tener "memoria historica" si no recordamos lo que cenamos anoche?
No estamos solos, nos va a ir mal a muchos y nos costara salir de esta. Con un poco de suerte la gente dejara de hablar de dinero, que es algo que me saca de quicio.
Lo peor es que desde hace dos años la gente no habla más que de la crisis, lo cual, para mi, está agravando la crisis...
Que fatiguita, que dicen por el Sur...
Dorito, sólo un saludo para contarte que voy a seguir pasando por acá!
Estimado Sr. de Ory,
la calidad de esta publicación gracias, entre otras cosas, a la calidad de sus ingredientes, me reconforta porque sé que de esta manera no estoy solo.
Día a día hay una lucha contra tanto ceporrismo ilustrado y tanta cobardía charlatana.
Yo también tengo fe en los cambios. España necesita un cambio, pero de marchas, que el automático ya no es sosteble.
Enhorabuena y muchas gracias
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