24 de septiembre de 2010

Arte contemporáneo


                          Recopilo ahora completa la entrada Arte contemporáneo (publicada  en dos partes en mi nuevo blog)

I

Echo de menos en España polémicas culturales como las francesas, la última Onfray vs. Roudinesco et alia en torno a Freud de que les hablaba hace unos días, disputas que agiten algo un panorama cultural en esos medios nuestros demasiado marcado por la noticia del acontecimiento local e inmediato (la rueda de prensa, la presentación de un libro, un estreno...)

En el mundo de nuestro arte contemporáneo, el madrileño al menos, ha habido en los últimos meses dos que, sin ser desde luego como para dejar huella en la Historia del Arte, tienen su miga y son dicentes de por dónde van los tiros.

Una es la que en torno a Barceló ha enfrentado a Fernando Castro Flórez (El peligroso arte de hacer el pino) con Paco Calvo Serraller, terciada después por Vicente Verdú y de la que da buena cuenta este recopilatorio preparado por el propio Castro Flórez. Como me propongo hablar quizá de ella otro día, vaya aquí sólo un trailer:
Castro Flórez: Barceló no es tan mal pintor como parece. Sus esculturas, si tal nombre merecen sin ruborizar a los entendidos, son un desastre total. Y las acuarelas, de las que algunos cantan maravillas, son flojísimas. (…) A pesar de que su obra está en el límite de la mediocridad y no ha aportado nada destacable a la Historia del Arte reciente, Barceló ha conseguido el reconocimiento masivo y, lo más importante, ha terminado por ser una salsa socorrida para todos los guisos de la política cultural.
Calvo: un artista muy sólido e importante... que ha entrado en la historia de nuestro país de una manera insoslayable.
Verdú: La crítica de Castro Flórez enardece al lector porque dice lo que pide el calor del cuerpo, mientras Paco Calvo, con más reflexión y frialdad, se vale de la mente y su memoria para describir el relevante itinerario de Barceló, desde su exaltación en Kassel al aprecio que ya le han prestado los mejores galeritas y acreditados museos del mundo.

La otra tiene que ver con el cierto disgusto, manejado, eso sí, con discreción que han provocado en el medio varios artículos y columnas de escritores (Javier Marías, Vicente Verdú, Antonio Muñoz Molina...) muy críticos con determinadas cosas que pasan en el mundo actual del arte contemporáneo.

De eso que llamamos arte contemporáneo, digamos más bien, porque término y concepto (si es que hay concepto sin término, cosa que yo dudo) son parte principal del problema a que me refiero.

Pero vamos por partes. Pintar sin pintura, de Vicente Verdú, un intento el pasado enero de explicar por qué las galerías están vacías y, de paso, una diatriba en toda regla contra
los espectaculares fraudes a lo Damien Hirst o las grotescas especulaciones en galerías, exposiciones y subastas.
no sentó bien en el ámbito de nuestro arte contemporáneo y dio lugar incluso a una carta de protesta a El País por parte del Instituto de Arte Contemporáneo (IAC, del que yo mismo soy socio) y a mucho comentario en el mundillo, avivado en marzo cuando Antonio Muñoz Molina vino a echar aún más leña al fuego (Al final de una era):
Para entender algo sobre el mundo de ahora y para no entender nada al mismo tiempo es conveniente darse un paseo por la exposición de Damien Hirst que abrió hace unas semanas en la galería Gagosian de Madison Avenue, en esa zona de la calle, cercana al Museo Whitney, donde las tiendas de marcas de moda se mezclan con las de antigüedades, irradiando un brillo común de fetichismo del dinero. En los espacios inmensos de la galería Gagosian, que ya son en sí mismos una declaración de poderío, el catálogo habitual de las invenciones de Hirst se sucede tan previsiblemente como los productos de una franquicia comercial.
(...)
En un libro extraordinario sobre el comercio del arte, El tiburón de doce millones de dólares, el economista Don Thomson lo explica con perfecta claridad. No importa el espacio real de una galería o la calidad de los artistas que exhibe: importa que lleve la marca Gagosian, la marca Sotheby's o Christie's, la marca Damien Hirst o Jeff Koons o la de cualquiera de las cinco o seis estrellas que copan los precios más altos entre los millonarios más literalmente podridos de dinero. A lo que tiene que parecerse un bolso de Chanel es a otro bolso de Chanel. La garantía de calidad de un armario de medicinas de Damien Hirst o de un corazón rosa de San Valentín de Jeff Koons es que se parezcan a los otros productos de las mismas franquicias. La proporción entre el coste y el beneficio, entre el esfuerzo y la calidad de la invención y el éxito, es casi tan desmesurada como las recompensas que se han dado a sí mismos unos pocos banqueros e inversores a costa de provocar la ruina de países enteros.

Muestra del malestar es este intercambio de cartas entre el crítico Carlos Jiménez y la artista Marisa González:
En cuanto he leído el artículo de Muñoz Molina "Al final de una era," me he acordado de ti y me dieron ganas de comentarlo. Ya hemos hablado algunas veces sobre este autor que, como Vicente Verdú, Manuel Vicent, Javier Marías etcétera, todos creadores de opinión y todos en contra del arte contemporáneo.
(el subrayado es mío)

Algo parecido dice la crítica de arte Elena Vozmediano en Precio y aprecio del arte actual, donde reseña y comenta El tiburón de 12 millones de dólares. La curiosa economía del arte contemporáneo y las casas de subastas, de Don Thompson, el mismo libro de que hablaba Muñoz Molina:
No es sólo que repruebe a Damien Hirst o Jeff Koons, máximos campeones de las subastas; le parece incomprensible que se valoren las obras de Yves Klein, Donald Judd, Félix González-Torres, Jean-Michel Basquiat, Rachel Whiteread... Aunque tengamos claro desde un principio que el suyo no es un libro de crítica, sino un acercamiento a la economía del arte, las constantes pullas a los artistas hacen difícil considerarlo como un estudio ecuánime.

Vamos a ver. Hay en todo esto, creo yo, tres saltos lingüísticos (o sea, insisto, tres saltos conceptuales).

El primero es entender el término contemporáneo como un adjetivo calificativo y no como mera condición cronológica: contemporáneo aplicado al Arte no funciona igual que Arte antiguo o Arte medieval, o Arte africano si en vez de condición cronológica fuera geográfica, sino como un calificativo equivalente a Arte barroco o Arte expresionista: es decir, un tipo de arte que se hace hoy en vez de el arte que se hace hoy. Una parte de lo que se hace contemporáneamente, pero no todo. Qué parte, he ahí la cuestión: es arte contemporáneo lo que aceptamos que sea arte contemporáneo, rango que ha ido cambiando a lo largo de los últimos años, cómo es lógico en término tan pretencioso -y anacrónico- como ése, y si antes, digamos, abarcaba el conceptual, el povera, el minimalismo, el pop…, hoy abarca otras cosas (el conceptual siempre, por supuesto: ya digo, todo en el fondo se trata de una cuestión de concepto). Hoy es arte contemporáneo lo que hacen, por ejemplo, Damien Hirst, Rachel Whiteread, Oscar Muñoz, Muntadas, John Currin o los hermanos Chapman y hasta Ferran Adrià, y no lo que puedan hacer, qué se yo, ese Martín Viveros de que hablaba Vicente Verdú,
sin fama pero no sin talento, cuyas obras de "expresionismo abstracto" tienen fijados unos precios entre los 400 y los 1.200 euros. Diez metros más abajo, sin embargo, en la Marlborough los cuadros de David Rodríguez Caballero, cuya máxima característica consiste en pegar tiritas de vinilo sobre superficies de fieltro o papel vegetal, cuestan más de 12.000 euros. ¿Por qué? La pregunta, se dirá, es impertinente refiriéndose al arte. Pero la estupidez también.

Pintores con tanto oficio como este Viveros podrían sin embargo ser también contemporáneos si así fuera la convención. Por ejemplo, ya digo, John Currin. Pero siempre una vez haya mediado ese proceso iniciático y a menudo enigmático de aceptación por parte de un critico o un curador. Si, pongamos, Juan Manuel Bonet
cabalga de nuevo en defensa de una nueva agrupación de de pintores figurativos la mayoría de los cuales está representado con obras en la exposición Paisajes interiores. El paisaje como autorretrato, abierta (...) en la galería Siboney, en Santander capital
es posible que sus pintores puedan a pasar a formar parte de una categoría de la que Viveros, ni siquiera figurativo, seguirá excluido por siempre o hasta que alguien lo unja y lo rescate.

He ahí el segundo salto conceptual: para muchos críticos y comisarios, lo que no es arte contemporáneo no entra en la categoría de arte de nuestro tiempo. Nadie dice, por ejemplo, que el “Museo Centro de Arte Reina Sofía” sea un museo o centro de arte contemporáneo, como sí lo dicen en cambio los nombres del MACBA, el MUSAC o el MARCO: su mandato tiene un rango temporal (arte a partir del nacimiento de Picasso) y no conceptual (arte de un tipo o de otro), pero todos entendemos que un museo de arte contemporáneo (o sea, de hoy en día) sea eso, un museo de arte contemporáneo (o sea, de esos tipos de arte que llamamos de esa manera).

Lo mismo, hasta peor, pasa en el mundo de la música contemporánea. Xenakis, John Cage, Lachenmann o Mauricio Sotelo hacen música contemporánea, mientras lo que a la vez han hecho o hacen Britten, Korngold, Górecki, Arvo Pärt o Alberto Iglesias es otra cosa: si es tonal y suena bien no es música contemporánea, aunque se haya escrito hace año y medio. Mucho mejor que yo lo explicaba hace unos meses Andrés Ibáñez en una columna en ABCD que ahora, lástima, no encuentro.

Nada de eso pasa en cambio en el terreno de la literatura. Cuando decimos literatura contemporánea nos referimos a la literatura de ahora. El problema puede estar tal vez en determinar cuándo es ese ahora, qué abarca, desde cuándo es contemporánea: ¿la de hoy en día? -¿y qué abarca, entonces, hoy en día?- ¿La del siglo XX y lo que llevamos de este atribulado XXI? ¿La contemporánea con uno, es decir, con quien usa el término? Término que, ya digo, es anacrónico y pretencioso, porque es auto-referente y excluyente. Pero en literatura lo es sólo cronológicamente: la discusión sobre si una novela o determinada corriente poética son contemporáneas dependerá de su momento, no de sus características, el término contemporáneo aplicado a literatura es un adjetivo explicativo, no especificativo: si literatura contemporánea abarca el siglo XX, incluye por igual a Kafka que a Kundera, a Joyce que a Philip Roth, a García Márquez que a Alan Pauls, tan literatura contemporánea española es la de Juan Benet que la de Delibes, Jose Angel Valente que Luis Garcia Montero, Muñoz Molina que los chicos de la generación Nocilla.

Los gustos son otra cosa, pero si a mí sucediera que me gusta Benet (hay gente para todo) nadie entendería hoy en día que excluyera a Delibes llamándolo garbancero como hizo en tiempos Valle para excluir a Galdós; y si porque me gusta la poesía del silencio quisiera sacar del campo la de la experiencia no podría usar el argumento de que no es contemporánea: escrita de una forma u otra, con aliento más o menos ambicioso, tenga o no tenga pretensiones vanguardistas, si es literatura de hoy en día es literatura contemporánea.

Mientras Literatura contemporánea es la literatura que se hace hoy, Música o Arte contemporáneos son en cambio ciertos tipos de música o de arte que se hacen hoy.

El tercer salto, por fin, deriva necesariamente del segundo: una vez identificada la parte con el todo, una crítica a esa parte es entendida entonces como un ataque al todo: si Muñoz Molina o Verdú critican a Damien Hirst o a Koons es que están atacando al arte contemporáneo y, por tanto, al Arte en general.

Releo ambas columnas antes de seguir escribiendo y veo que lo que Verdú critica, lo que considera una impostura, es un tipo de arte, que él identifica con el vanguardismo o con una "propuesta" nueva y en que engloba a David Rodríguez Caballero o a Damien Hirst,
los espectaculares fraudes a lo Damien Hirst o las grotescas especulaciones en galerías, exposiciones y subastas
y que lo que Muñoz Molina critica es la relación entre la inanidad y la frivolidad de las propuestas de Jeff Koons, Damien Hirst (de nuevo) o
cualquiera de las cinco o seis estrellas que copan los precios más altos entre los millonarios más literalmente podridos de dinero
y su desmesurado valor de cambio como símbolo de vanidad y poderío:
Lo que los críticos de arte llaman conceptualismo no es, a estas alturas, más que el sello mercenario de una marca que vuelve prestigiosa la nada y multiplica groseramente el precio que algún traficante de armas o petróleo o especulador financiero está dispuesto a pagar por ella.
(…)
La proporción entre el coste y el beneficio, entre el esfuerzo y la calidad de la invención y el éxito, es casi tan desmesurada como las recompensas que se han dado a sí mismos unos pocos banqueros e inversores a costa de provocar la ruina de países enteros.

Lo llamen vanguardismo, "propuesta" nueva o conceptualismo yo creo que está muy claro a qué se refieren. Y no es desde luego a todo el arte de nuestros días, ni siquiera a todo eso que se ha dado en llamar, de forma exclusiva y excluyente, arte contemporáneo.

Ni creo que estén todos en contra del arte contemporáneo, como se quejaba Marisa González, ni que haya esa animadversión hacia los artistas plásticos de que habla Elena Vozmediano,
Si a nadie molesta que haya una música contemporánea que pocos entienden y disfrutan, ¿por qué tanta animadversión hacia los artistas plásticos? Sí, algunos de ellos han cometido el gran pecado de la frivolidad, del egocentrismo. Pero hay mucho arte serio y mucho arte con vocación de dirigirse al ciudadano, no al multimillonario, y debemos exigir respeto y aprecio para él. Y hay un mercado serio del que depende en una buena proporción la posibilidad misma de la existencia del arte.

Por supuesto que hay ese mercado serio, como hay mucho arte serio contra el que ni estos autores ni casi nadie arremete. No es una cuestión de gustos la que aquí se dirime, ni si a Verdú, a Muñoz Molina o a otros muchos que podemos estar de acuerdo con lo que dicen les (nos) gusta más Antonio López o Saura, Rothko o Louise Bourgeois, Rachel Whiteread o James Turrell, Juan Muñoz o Fontcuberta, artistas todos ellos también contemporáneos, sino si de verdad es arte todo ese negocio desmesurado montado sobre la frivolidad y la vacuidad al que ellos se refieren.

Nadie está criticando a los artistas plásticos en general -López, Rothko, Turrell, Muñoz...- ni tiene animadversión por el arte contemporáneo, como nadie critica la literatura contemporánea cuando habla mal de la última novela de Dan Brown o cuando un crítico literario estricto dice que, por ejemplo, famosísimas y vendidísimas novelas sobre catedrales marítimas, pasiones turcas o sombras eólicas no son literatura.

Lo que pasa es que hoy en día en el mundo de los libros el corte es de otra manera y se considera que, cumplidas ciertas características de buen oficio y manejo debido del idioma, nos gusten o no una novela o determinado tipo de poesía son creación literaria -literatura contemporánea, por tanto- y sin esos rasgos, ganen o no mucho dinero sus autores, no lo son. Por eso en las librerías del mundo anglosajón se distingue entre fiction (de Ken Follet a la novela rosa pasando por buena parte de eso que llamamos best sellers, sean en inglés, en español o en sueco) y literary fiction (de las vanguardias a Delibes, ya digo, por resumir y si es que a nuestro castellano lo fueran a traducir alguna vez al inglés).

¿Por qué no reconocer entonces en el ámbito del arte contemporáneo que el Damien Hirst de las peceras millonarias, los muñecos de Murakami o las muñecas de Koons tienen más que ver con los best sellers que con la verdadera creación, sea literaria o artística, escrita o compuesta, pintada, esculpida, dibujada, rodada o instalada?


II



Aún en Bogotá, y pensando en esa falta de museos-archivo de arte de que les hablaré en mi siguiente carta no solicitada, visitaba hace una semana Rastro, la exposición del pintor Jaime Franco en el -así llamado- Museo de Artes Visuales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.


Es una excelente exposición, la de un pintor maduro que no se conforma con pintar esos buenos cuadros que pinta hace tiempo, y con los que podría seguramente vivir con comodidad, sino que sigue explorando y abriéndose horizontes y vuelve a ir más allá en su concepción de la pintura y se descuelga ahora con una serie de cuadros ambiciosos, complejos, poco fáciles y dos frescos inmensos y ásperos realizados in situ, como es lógico, con barro volcánico en dos enormes paredes del museo.


Y sin embargo, cómo decir, Jaime Franco no forma parte del arte oficial colombiano, ése que manejan y promueven los críticos, curadores y coleccionistas que más o menos cortan el bacalao en el reducido mundo de eso que ahora se llama artes visuales o simplemente arte contemporáneo. La actual muestra del Premio Bienal de Artes Plásticas y Visuales Bogotá 2010 en la Fundación Alzate Avendaño es buen ejemplo de cosas interesantes que se están haciendo en el arte colombiano y me doy cuenta ahora de que la pintura de Jaime Franco no parece caber en esa muestra. No está de moda ser pintor y ni en el canon de artistas colombianos (Oscar Muñoz, Rosario López, Juan Fernando Herrán, María Fernanda Cardoso, Jaime Baraya, José Alejandro Restrepo, François Bucher…) ni en las nuevas hornadas que vienen surgiendo hay ninguno que pinte. O que solamente pinte, más bien, que base su trabajo en el hecho de pintar y su voluntad expresiva en lo que su obra transmite y no en los conceptos o las referencias a que alude. Jaime Franco sería eso que los curadores à la page llaman, con condescendencia, formalista, o sea un artista que no pretende decir sobre el mundo más que aquello que su lenguaje creativo dice.


Y eso que hay mucha más búsqueda en la pintura de un Jaime Franco o en la escultura, también considerada formalista, de un Luis Fernando Peláez, mucho más contenido en el lenguaje creativo de cualquiera de los dos que en mucho arte conceptual que necesita de un folleto o de un cartelito en la pared para entender cuál es el punto. Mucha más audacia en los cuadros y los dos enormes frescos de la exposición a partir de la cual redacto estas líneas que en las enésimas reproducciones y auto-copias de Damien Hirst, Murakami, Jeff Koons and the like.


Yo también creo, por supuesto, que muchas de las mejores prácticas artísticas de hoy en día están fuera de la pintura y preferiré siempre a Juan Muñoz, a Eulalia Valldosera o a Bleda y Rosa sobre Miquel Barceló. No puedo sin embargo dejar de plantearme la cuestión que desarrollaba in extenso hace unos días: ¿por qué sólo son arte contemporáneo aquellas prácticas que buscan decir algo sobre el mundo ajeno a la propia creación y al hecho de crear?; ¿por qué sigue siendo arte contemporáneo reconocido un producto repetitivo e hiper-comercial y no (nos) interesa en cambio el trabajo serio, concienzudo, maduro, fruto de una reflexión seria y de largo aliento de un pintor empeñado en desarrollar su concepción del arte y no un concepto ajeno a él?


Espero comentarios que me ayuden a seguir intentando comprender (ojalá en el blog)… Prometo más entregas.