23 de septiembre de 2010

Bogotá


                                                                           César López en Bogotá (autor: José Antonio de Ory)

 

Recopilo juntas las tres entradas de la serie Bogotá, ya publicadas durante las últimas semanas en mi actual blog




1- El Teatro Mayor de Bogotá



Estoy de vuelta en Bogotá. Vuelvo tanto por Bogotá que es en realidad como si no me hubiera ido nunca desde que llegué hace ya diecisiete años. Pero ahora llevaba dos sin caminar por aquí, y encuentro de pronto la ciudad más caótica, con trancones tremendos, inasequibles e inabordables, más hostil, menos cívica, intransitable, desesperante. El Alcalde la tiene llena de obras sin haber habilitado vía paralelas ni rutas alternativas e ir de un sitio a otro cuesta tres veces más tiempo que cuando me fui hace dos años. Se está, además, construyendo de manera desmesurada y aún estoy por ver si los nuevos estilos con que se anda levantando edificios por doquier van a dar un nuevo aire a la ciudad o sólo a romper con ése propio y reconocible que la hacía atractiva.

Tenía ganas de ver el nuevo centro cultural que ha terminado hace poco en Suba Daniel Bermúdez y que incorpora la cuarta mega-biblioteca de la ciudad y el Teatro Mayor Julio Mario Santodomingo. Me ha gustado mucho el edificio, su factura de concreto (hormigón), las terrazas de la entrada y el carácter abierto y fácil de acceder habitual en todas estas bibliotecas en Bogotá o Medellín y que tanto contrasta con lo cerrados y difíciles que son casi todos los demás espacios (Carolina Sanín hablaba de esto hace poco en su columna La huellita). Me ha gustado la forma en herradura del Teatro Mayor, la combinación de concreto gris en unos sitios sin más tratamiento que las bellas marcas que deja el encofrado de madera, concreto rosado abujardado en otros y la madera de las cajas acústicas, y ese sonido tan bien logrado que ya ha alabado Daniel Baremboim, que el otro día dirigía aquí a su Orquesta East-West.

Y me ha gustado que parezca contar con una programación propia, elaborada por un equipo programador (un Director general, Ramiro Osorio, y una Directora artística, Sandra Meluk).

Parece obvio que un Teatro tenga un programador, una dirección artística que determine qué presenta, tanto en líneas generales como en concreto, y que seleccione lo mejor con que sus recursos le permitan contar. Eso no es sin embargo algo en absoluto obvio en Bogotá (en Colombia, en general), donde programación es una de las cosas que faltan en el entorno de la cultura. Hay un buen número de teatros y auditorios, mejores o peores, pero la mayor parte no cuentan con alguien que se encargue de dotarlos de un programa razonable, coherente y atractivo. Todos tienen si acaso un gerente, encargado más de la intendencia y de que salgan y cuadren las cuentas que del contenido, y algo que se parece una cierta programación y que permite al público decidir a qué asiste y cuándo. Pero no es una programación de verdad, fruto de la voluntad y la decisión de un director artístico también de verdad, sino una yuxtaposición apenas de actividades conformada por aluvión con lo que va surgiendo, al albur de peticiones de préstamo o alquiler del espacio.

Así pasa que el Teatro Colón, el principal y más connotado del país, propiedad de la Nación y adscrito al Ministerio de Cultura, se alquila o presta a quien lo necesite y puede por tanto tener hoy, digamos, una actividad de la embajada de no sé dónde y mañana una muestra de los premios de un concurso nacional de bambuco o una de las operas que cada temporada acoge pero no organiza. Lo mismo que pasa con el Jorge Eliecer Gaitán, el teatro de la ciudad, que también se alquila o presta y ayer tal vez tenía el concierto de un grupo metalero, hoy una muestra de las piezas de danza elegidas en la convocatoria anual del Distrito y mañana un concierto de ocarina.

Hay excepciones, espacios -físicos o virtuales- que sí programan, pero muy pocas: la Biblioteca del Banco de la República lleva muchos años llenando magníficamente su Sala de conciertos con música clásica (barroco sobre todo, y algo de contemporánea) gracias al excelente trabajo que ha hecho Luz Stela de Páramo; en los últimos tres años Belén Sáez de Ibarra ha dotado también de una programación con sentido al Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional; Rock al Parque consigue que muchas bandas nacionales sean conocidas y puedan salir de los garajes donde ensayan. Y el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá programa desde luego fastuosamente y cumple con todos los rasgos que acabo de enumerar: trae cosas fantásticas de todo el mundo, sirve como escaparate a lo mejor de la producción nacional (y a la no tan mejor también, lo que está muy bien porque significa que incorpora una amplia representación local) y comisiona obra nueva. Pero el Festival es un oasis en el desierto por el que las artes escénicas atraviesan el resto de los dos años (y la música contemporánea, el jazz y otras formas de músicas no bailables todo el tiempo).

La programación de un espacio escénico suele conformarse con tres elementos:




  • el trabajo de las formaciones locales -en este caso colombianas-: lo que van montando y preparando motu propio orquestas, compañías o grupos de teatro o danza, conjuntos de cámara, artistas de performance, cantautores, bandas de rock y toda esa variada panoplia, en fin, de posibles formaciones artísticas que necesitan de un escenario para presentar lo que hacen;



  • obra nueva que se comisiona a esas formaciones o directamente a los creadores (dramaturgos, compositores...); y



  • trabajo traído de de otros lugares.

Que no haya una programación coherente y pensada, más allá de esa que se conforma por aluvión y al albur de lo que otros proponen, supone entre otras cosas que las formaciones locales no tengan dónde poder presentar el resultado de su trabajo, “estrenar” sus piezas y mostrarlas y contrastar lo que hacen con un público entendido. Sólo podrán mostrarlo si alquilan un espacio, como hace L'Explose, una de las pocas compañías de danza de Bogotá, cada vez que estrena nuevo trabajo.

Si no se comisiona, los creadores dejan de crear, o si lo aún lo hacen son desconocidos e irrelevantes en el medio. ¿Quién puede nombrar un compositor colombiano de música contemporánea?, y sin embargo los hay, y muy buenos, pero como nadie les pide una obra para que la toque la Orquesta A en el marco de la programación del Auditorio B nadie entonces los ha oído ni sabe quiénes son. ¿Cuántos dramaturgos colombianos se conoce en el país?: aunque hay bastantes, y algunos muy buenos, ¿quién les comisiona una obra para que la estrene la compañía X en el Festival Y?

Si no se programa con coherencia y continuidad propuestas de afuera, los creadores locales no tienen con quien medirse ni con quien refrescar sus propuestas, el público no se actualiza y el medio se anquilosa y se queda atrás.

Pero no sólo programación falta en el medio cultural bogotano. He aquí una lista de otras carencias:




  1. Faltan espacios. No hay, por ejemplo, ninguna sala donde presentar danza contemporánea. Ni casi ningún club de jazz o parecido. Ni ámbitos de música de cámara donde se pueda invitar a conjuntos de ese tipo. Ni auditorios multi-uso que programen hoy un cantautor, mañana una banda de jazz y el viernes un grupo de danza o de performance o de marionetas. Ni...



  2. No hay cartelera en los periódicos o guías semanales que anuncien lo que pasa durante el día o durante la semana, un listado de conciertos, actividades escénicas, conferencias....



  3. No hay reseñas en los periódicos que cuenten, y critiquen, lo que ha pasado, el estreno de una obra, un concierto de la Sinfónica o de la Filarmónica, una pieza nueva de una compañía escénica, la nueva obra de un compositor…

Y sin todo eso, sin espacios, sin programación, sin cartelera y sin reseñas, a un grupo que, por ejemplo, quiera estrenar un montaje nuevo o la pieza nueva de un compositor colombiano le toca alquilar un espacio donde presentarse, el Colón, por ejemplo, el Gaitán, el Auditorio de la Tadeo o del Museo Nacional. Si lo logran, y consiguen solucionar los numerosos trámites (Sayco y Acinpro, acomodadores, permisos de policía....) podrán contar si acaso con un público de familiares y amigos, porque nadie más se va a enterar de que actúan: ¿cómo, si no hay cartelera? Y si por fin se presentan y estrenan, nadie va a saber qué han hecho, nadie se va enterar por ejemplo de que la Sinfónica Nacional de Colombia ha realizado un concierto excelente con un solista internacional de renombre o de si el nuevo Director está o no haciendo un buen trabajo; de si L´Explose, La Gata o Danza Común han presentado un nuevo trabajo y qué tal es; de que se ha estrenando pieza nueva de un compositor contemporáneo colombiano; de que... Así que al final lo que consigue abrirse paso entre esa marea de dificultades no es conocido ni, por tanto, reconocido. Y sin reconocimiento el arte se frustra o se marchita. Hay que esperar a que un artista triunfe fuera para que en Colombia se lo reconozca, pero si un dramaturgo, un compositor, un escenográfo, una violinista... están haciendo aquí un excelente trabajo nadie se dará cuenta porque no hay una tradición de crítica escénica o musical. O mejor dicho, tradición sí hay, y buena, pero se ha perdido y ya no queda nada en los medios de hoy en día.

Es como si faltaran la mayoría de los peldaños que un músico o un artista escénico necesita para desarrollar su trabajo. Algo que no ocurre en cambio en las artes plásticas, donde sí hay, más o menos, cada uno de los peldaños necesarios: buenas escuelas, crítica, curadores, galerías, revistas, coleccionistas, hasta una feria anual en Corferias.

He aquí un ejemplo concreto de todo esto: hoy miércoles 25 precisamente ha presentado su nuevo disco (Toda Bala Es Perdida) César López, uno de los músicos más importantes de Colombia. Él mismo habrá organizado el concierto, buscado sala (el auditorio del Museo Nacional) y avisado a los amigos porque hoy, como cada día, no había cartelera que lo registrara… Y nadie se enterará en los días siguientes porque ningún medio hará una reseña y contará lo bien que ha estado el concierto y lo que tiene de acontecimiento en el mundo musical colombiano. Y aunque el auditorio estaba lleno a rebosar ¿cuánta gente sabe quién es César López? Más allá de que sea tal vez conocido por sus escopetarras, ¿tiene en Colombia el respaldo y el prestigio que merece?

Lo que no se muestra no existe y termina por desaparecer, y por eso precisamente hay pocas compañías de danza, y pocos grupos de cámara, y poquísimos grupos de jazz, y apenas alguno de esos cantautores tan habituales en la cultura latinoamericana, porque ni unas ni otros tienen donde mostrar su trabajo y así los grupos de jazz que surgen durante los años de universidad terminan disolviéndose al cabo de unos años porque no pueden tocar y los conjuntos de cámara que se conforman entre músicos afines acaban aburriéndose de que no los programen y tener que chisguear por hacer algo y deshaciéndose finalmente y los cantautores dejan de cantar y los compositores contemporáneos de componer... No hay muchos César López que aguanten y sigan creando y dejándose la piel para armar discos y conciertos.

Sin oportunidades y reconocimiento, el talento se frustra. Cuánta gente está en Colombia trabajando con las uñas cuyo trabajo podría ser conocido y reconocido si hubiera espacios y esos espacios programaran y se les diera la difusión necesaria. Por eso es buena noticia que lo esté haciendo el nuevo Teatro Mayor. Ojalá siga y ojalá programe talento colombiano. Habrá más compañías de danza si tienen donde presentarse y su trabajo será mejor si puede contrastarse con un público que entienda y valore. Habrá mejor teatro, mejor dramaturgia, mejor escenografía si un Director artístico anda por ahí rebuscando y mirando quién hace qué. Habrá más producción nacional si se comisionan obras y piezas. Ojalá todo esto lo hagan Ramiro Osorio y Sandra Meluk.

2- Arte contemporáneo (II): Jaime Franco, pintor



Sigo, obsesionado, con la idea de qué es y a qué llamamos -y a qué no- arte contemporáneo.

Aún en Bogotá, y pensando en esa falta de museos-archivo de arte de que les hablo más abajo, visitaba hace una semana Rastro, la exposición del pintor Jaime Franco en el -así llamado- Museo de Artes Visuales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

Es una excelente exposición, la de un pintor maduro que no se conforma con pintar esos buenos cuadros que pinta hace tiempo, y con los que podría seguramente vivir con comodidad, sino que sigue explorando y abriéndose horizontes y vuelve a ir más allá en su concepción de la pintura y se descuelga ahora con una serie de cuadros ambiciosos, complejos, poco fáciles y dos frescos inmensos y ásperos realizados in situ, como es lógico, con barro volcánico en dos enormes paredes del museo.

Y sin embargo, cómo decir, Jaime Franco no forma parte del arte oficial colombiano, ése que manejan y promueven los críticos, curadores y coleccionistas que más o menos cortan el bacalao en el reducido mundo de eso que ahora se llama artes visuales o simplemente arte contemporáneo. La actual muestra del Premio Bienal de Artes Plásticas y Visuales Bogotá 2010 en la Fundación Alzate Avendaño es buen ejemplo de cosas interesantes que se están haciendo en el arte colombiano y me doy cuenta ahora de que la pintura de Jaime Franco no parece caber en esa muestra. No está de moda ser pintor y ni en el canon de artistas colombianos (Oscar Muñoz, Rosario López, Juan Fernando Herrán, María Fernanda Cardoso, Jaime Baraya, José Alejandro Restrepo, François Bucher…) ni en las nuevas hornadas que vienen surgiendo hay ninguno que pinte. O que solamente pinte, más bien, que base su trabajo en el hecho de pintar y su voluntad expresiva en lo que su obra transmite y no en los conceptos o las referencias a que alude. Jaime Franco sería eso que los curadores à la page llaman, con condescendencia, formalista, o sea un artista que no pretende decir sobre el mundo más que aquello que su lenguaje creativo dice.

Y eso que hay mucha más búsqueda en la pintura de un Jaime Franco o en la escultura, también considerada formalista, de un Luis Fernando Peláez, mucho más contenido en el lenguaje creativo de cualquiera de los dos que en mucho arte conceptual que necesita de un folleto o de un cartelito en la pared para entender cuál es el punto. Mucha más audacia en los cuadros y los dos enormes frescos de la exposición a partir de la cual redacto estas líneas que en las enésimas reproducciones y auto-copias de Damien Hirst, Murakami, Jeff Koons and the like.

Yo también creo, por supuesto, que muchas de las mejores prácticas artísticas de hoy en día están fuera de la pintura y preferiré siempre a Juan Muñoz, a Eulalia Valldosera o a Bleda y Rosa sobre Miquel Barceló. No puedo sin embargo dejar de plantearme la cuestión que desarrollaba in extenso hace unos días: ¿por qué sólo son arte contemporáneo aquellas prácticas que buscan decir algo sobre el mundo ajeno a la propia creación y al hecho de crear?; ¿por qué sigue siendo arte contemporáneo reconocido un producto repetitivo e hiper-comercial y no (nos) interesa en cambio el trabajo serio, concienzudo, maduro, fruto de una reflexión seria y de largo aliento de un pintor empeñado en desarrollar su concepción del arte y no un concepto ajeno a él?

Espero comentarios que me ayuden a seguir intentando comprender… Prometo más entregas.




3- Me falta un museo en Bogotá


Sigo en Bogotá y me doy cuenta de que quiero seguir también hablando de esas cosas que aquí faltan, una ciudad, un país, tan potente en unas cosas y con carencias tan conspicuas en otras. Me refería hace unos días a cuántos escalones faltan en los ámbitos de la escena y de la música y decía que sí están todos en cambio, mal que bien, en el de las artes plásticas. Y sin embargo no, me hace caer en cuenta una amiga artista de cuántas carencias hay también aquí.

No quiero volver a hacer una lista detallada, pero sí concentrarme en una cosa sola que me parece tremenda: la falta de un museo de arte moderno y contemporáneo que muestre y dé cuenta de qué ha pasado en el arte colombiano durante, digamos, la segunda mita del siglo XX, a partir de que entra en la modernidad de la mano de la revista Mito y de Marta Traba.

El extranjero que hoy llegue a Colombia se dará cuenta de la ebullición de ciertas nuevas tendencias del arte muy bien representadas por el discurso único vigente, suficientemente mostradas en galerías y museos (mencionaba antes la muestra que del "Premio Bienal de Artes Plásticas y Visuales Bogotá 2010" en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño -la peculiar institución encargada de las artes plásticas por el Distrito de Bogotá- como buen ejemplo de cosas interesantes que se están haciendo), bien defendidas y explicadas por curadores à la page y divulgadas más o menos en publicaciones y revistas en papel o digitales (esferapública). Pero difícilmente podrá llegar a saber de pintores y escultores fundamentales en la historia del arte colombiano de los últimos cincuenta años de los que ya casi nadie le hablará ni cuya obra sabrá bien encontrar dónde ver.

Sí, el Museo Nacional tiene algunas cosas, pero pocas y sin ánimo canónico ni exhaustivo. El Museo del Banco de la República debe sin duda de tener mucho pero muestra muy poco. Y el Museo de Arte Moderno (MAMBO) puede que tenga bastante, pero quién puede saberlo si prácticamente se limita a exposiciones temporales y muy de cuando en cuando muestra sus fondos.

Lo tremendo es que al no haber un museo que aspire a ser completo, canónico y coherente, un Museo-archivo, por usar el término hoy tan de moda, como sí los hay en Buenos Aires, Lisboa, Madrid (la colección permanente del Reina)..., el extranjero atento o el colombiano interesado no tendrán mucha manera de enterarse de que existieron y de lo que hicieron Débora Arango, Eduardo Ramírez Villamizar, Bernardo Salcedo... No tendrán manera de ver bien y aprender sobre la obra de español Antonio Roda, un pintor vehemente, inteligente, culto, de mirada imponente, con porte de aristócrata recio a la antigua y la fuerza española, el bravío en la pintura y la honestidad artística de su admirado Velázquez que tan importante fue en el arte colombiano.

No podrán saber, aún menos, de Lorenzo Jaramillo, el gran pintor de su generación, la de los que hoy tienen los 60 que él casi tendría si no hubiera muerto de sida y dejado por eso de pintar sus tremendas pinturas expresionistas, de hacer esos sus fantásticos y de dibujar sus ilustraciones fascinantes, de ser ese gran pintor fuerte que era.

Ni empaparse de la obra y la trayectoria de Beatriz González, la gran pintora pop colombiana y precursora de tanto arte político de hoy en día que necesita del folleto explicativo del que su obra no necesita nunca.

Ni ver la de pintor más jóvenes como Vicky Newman o Jaime Franco, que tiene ahora una excelente e impresionante exposición en Bogotá de que les hablaré la semana que viene... Ni conocer los dibujos delirantes que hacía Lucas Ospina antes de dejar de dibujar para escribir de arte.

Hoy no es fácil ver en Bogotá, en Colombia, obra de Roda, de Lorenzo Jaramillo, de Ramírez Villamizar, de Beatriz González, de Jaime Franco...

Por no ser, ni siquiera es fácil ver alguna pieza de Doris Salcedo, su artista de mayor relevancia internacional, con diferencia.Y ahora que al menos se iba a poder tener por fin la primicia de una pieza nueva suya, en el MAMM de Medellín, la oportunidad se ha frustrado por negligencia del museo.

Hablo de memoria y sin afán exhaustivo o didáctico, por lo que me permito a mí mismo limitarme a hablar de los nombres que me parece. Pero hay muchos más, claro, que olvido o no quiero nombrar pero de los que tampoco podrán saber, ni ver, ese extranjero atento o ese colombiano interesado hasta tanto no se anime alguien a fundar un museo empeñado en dar cuenta, con criterio, del arte colombiano del siglo XX.