Recopilo ahora la serie completa Seguridad (publicada en mi nuevo blog).
Dedicada
a los dos edificios de la Subgerencia Cultural del Banco de la
República en La Candelaria, en Bogotá, uno frente al otro, un lujo
en el país, con la mejor biblioteca de Colombia, una Sala de
conciertos maravillosa y varios museos estupendos, y donde el ruido
de los walkie-talkies
es, más que un ruido de fondo, parte del paisaje.
He
ido a ver De I a J, la pieza de Isabel
Coixet sobre
John Berger
en Casa Encendida, una interpretación de su novela From A
to X, y me he salido
inmediatamente. No porque no me haya interesado, que me ha interesado
poco, me ha conmovido poco más bien: el discurso de Berger está
demasiado expuesto, resulta demasiado simple, demasiado obvio, uno
diría que pedestre aun, más propio del mitin o el manifiesto que de
una pieza de arte. Hay algo que aquí falta, la metáfora, eso
intangible que destila el discurso y lo sublima y lo vuelve esa otra
cosa de naturaleza distinta a que llamamos arte.
Ni
porque me haya disgustado tampoco la escenografía de Benedetta
Tagiabue -ella nunca me emociona, era Miralles...-, un espacio
carcelario conformado por barras de hierro que crean un angustioso
laberinto de celdas con unos catres como todo mobiliario donde oímos
las voces que van leyendo las cartas de A a X.
Me
salí en seguida por la presencia de dos guardias-jurado ahí en
medio, entre los hierros y las celdas, con sus esposas en el
cinturón, las insignias de la empresa, se diría incluso que sus
pistolas al cinto, por ahí deambulando, mirándolo a uno según
avanza e intenta conectarse, siguiéndolo cuando pasa de una zona a
otra. No es la escenografía lo que te inquieta y te perturba, sino
esos guardias-jurado al acecho. Lo que estaría muy bien si fueran
parte de la escenografía concebida por Coixet y Tagliabue para
acentuar precisamente la sensación de agobio, pero no lo son, están
ahí porque ahí los ha decidido poner Casa Encendida para proteger
no sé si la instalación, los hierros, a nosotros. Dos guardias en
medio de una pieza artística, como si tuviéramos que ver el
Guernica o Las Meninas con un policía armado delante, entre los
toros y las damas de compañía, u oír a Lang Lang, digamos, ahora
que está tan de moda, con su guardaespaldas a un lado y otro del
piano.
Me
voy al Reina Sofía a ver la pieza de Mario García Torres
-ésta
sí, estupenda- y lo mismo. Durante sus cuarenta
minutos, más o menos, otro guardia jurado -uniforme, insignia,
esposas, perilla, walkie-talkie- entra una vez tras otra a mirarnos
como si fuéramos animales en un zoo, a asegurarse supongo de que no
nos pegamos, de que no nos estamos quitando la cartera unos a otros,
de que no estamos robándonos el proyector de diapositivas.
Seguridad.
No
es mejor, ya que estamos en el Reina, si uno sube a ver la colección
permanente. Es difícil concentrarse en el lirismo de una escultura
de Chillida, de una pintura Tapiès, de la pieza nuevamente original
de Richard Serra, cuando el ruido de fondo es el permanente chirrío
de los walkie-talkies de que va armado un ejército de vigilantes. No
sólo guardias-jurado esta vez sino gente normal vestida de gente
normal a quienes el poder se lo dan los walkie-talkies. Que suenan,
que chillan, que pitan, por el que hablan sin parar aunque uno esté
ahí al lado tratando de mirar con atención un cuadro de Saura o de
Cy Towmbly.
Como
en el Prado, donde vigilantes respetuosos y que se conocen el Museo
al dedillo llevan también sus walkie-talkies encendidos y a volumen
notablemente superior a lo que debería ser en un museo mientra uno
mira las Meninas, la Anunciación de Fra Angelico, el perro de Goya,
los primitivos flamencos o alemanes. Y si uno dice algo, les pide que
lo bajen, el mantra siempre de la seguridad lo justifica todo,
cualquier ruido, cualquier actitud, cualquier despliegue.
Yo
no quiero meterme en una instalación rodeado de guardias-jurado de
uniforme y esposas al cinto, no quiero ver las Meninas con un ruido
de fondo chirriante, no quiero perderme entre cuadros de Saura
mientras la celadora de la sala cuenta su fin de semana a la de
cuatro salas más allá.
A
nuestros museos nacionales no se les ha ocurrido hacer lo que hacen
los de Nueva York, los de Londres, los de París, poner a sus
vigilantes un audífono en el oído y hacer la seguridad inaudible,
cortés, respetuosa. Sin por ello, faltaría más -¡La Seguridad¡-,
reducirla.
No
se les ha ocurrido que la seguridad, cuando se toca con el arte, sea
en un museo, en un concierto, en una pieza escénica, se debe hacer
invisible e inaudible. Lo contrario es, seguramente, ostentación e
incultura.
Vuelvo
con los temas de la seguridad
y el ruido en los espacios culturales, dos asuntos de los que ya he
escrito antes varias veces y con los que me sigo topando a cada rato
en este ruidoso país nuestro.
Visito la exposición
Con la probabilidad de ser visto. Dorothee y Konrad Fischer.
Archivos de una actitud en el MACBA, una muestra de cierto
arte contemporáneo ya no tan contemporáneo (es lo malo que
tienen esas categorías basadas únicamente en conceptos
cronológicos, que no sabemos muy bien al final a qué nos referimos:
qué -y qué no, por tanto- es arte contemporáneo, qué -y qué no-
es música contemporánea…, pero creo dejo este tema para otro día)
que debo reconocer me ha parecido excelente pese a lo poco amigo que
soy de estas colectivas: un poquito de Beuys por acá, algunas
cositas de Nauman por allá, algo de Manzoni o de Flavin, cuarto y
mitad de Richard Long, un manojo de piezas de los Becher… no dan
oportunidad de entender mucho a quien no esté ya previamente
informado y pueden hasta parecerle, al profano, ya digo, o sea a la
mayoría del posible y respetable público, un batiburrillo de cosas
parecido a una almoneda de objetos peculiares. En arte
contemporáneo se imponen, me parece a mí, la explicación, el
contexto, un cierto número al menos de piezas por artista que
permitan al profano entender qué está viendo y de qué va la cosa.
Como el Hamburger Bahnhof de Berlin, por ejemplo, se centra en
unos pocos artistas y presenta casi pequeñas muestras antológicas
que permiten a quien no sabe mucho hacerse una idea de quién es
quién y qué hace cada uno.
Pero tampoco es de
esto de lo que quiero escribir, sino del habitual y casi entrañable
ruido que caracteriza a buena parte de los museos españoles.
Uno entra a la
exposición de estos señores Fischer, encantado de toparse así de
pronto con dos o tres Beuys junto a un par de Manzonis, y le va
paseando por delante un guardia-jurado como si fuera un performance
de Fluxus consistente en intervenir las piezas y convertirse en parte
de lo que vemos.
Uno pasa a una sala
inmensa llena de piezas relevantes y se topa con el notable ruido del
walkie-talkie de otro guardia jurado. Uno intenta oír una pieza de
Bruce Nauman y el sonido que produce la cinta magnética se mezcla y
se confunde con el ruido que emiten los walkie-talkies de dos o tres
guardias jurados que circulan por ahí.
No habría mucho
sonido en esta exposición si no fuera por ése de los
walkie-talkies. No habría ningún performance si no fuera por la
rutilante presencia de los guardias paseando entre las piezas.
Nada de esto,
insisto, pasa en el MOMA, en el Palais de Tokio, en el Louvre, en la
Tate… Sólo me lo he encontrado, eso sí, en el Reina Sofía, ¡en
el Prado!, en el Macba…
Ya escribía hace
unos meses de lo difícil que en el Reina es concentrarse
en una escultura de Chillida, en una pintura de Tapiès, en la pieza
nuevamente original de Richard Serra, cuando el ruido de fondo es el
permanente chirrío de los walkie-talkies de que va armado un
ejército de vigilantes. No sólo guardias-jurado esta vez sino gente
normal vestida de gente normal a quienes el poder se lo dan los
walkie-talkies. Que suenan, que chillan, que pitan, por el que hablan
sin parar aunque uno esté ahí al lado tratando de mirar con
atención un cuadro de Saura o de Cy Towmbly.
De cómo en el
Prado vigilantes respetuosos y que se conocen el Museo al dedillo
llevan también sus walkie-talkies encendidos y a volumen
notablemente superior a lo que debería ser en un museo mientra uno
mira las Meninas, la Anunciación de Fra Angelico, el perro de Goya,
los primitivos flamencos o alemanes. Y si uno dice algo, les pide que
lo bajen, el mantra siempre de “la seguridad” lo justifica todo,
cualquier ruido, cualquier actitud, cualquier despliegue.
Eso me ha pasado
ahora en el Macba, cuando a la salida he amagado un gesto de queja y
de inmediato una de las señoritas del mostrador me ha espetado con
cara de sorpresa, “¡Es la seguridad!”.
Archivos de
una actitud: título acertado desde luego el de la exposición.
A ver si va a ser que más que sobre la fastuosa colección de los
Fischer lo que es en realidad esta muestra es una reflexión del
MACBA sobre el creciente papel de la seguridad en nuestras
vidas.
El sábado por la
mañana, con el calor, me fui al Retiro con ganas de refrescarme,
leer los suplementos literarios que leo
en el Retiro los sábados por la mañana y ver, de paso, la
exposición de Miralda, De gustibus non disputandum, en el
renovado Palacio de Velázquez. Hasta que una vez más, como siempre
que voy al Reina Sofía o sus dependencias, salí espantado.
El Palacio de
Velázquez no es grande y la exposición hasta queda algo abigarrada,
aunque eso puede ser parte de la gracia en un artista tan barroco y
excesivo como Miralda. Pero por ese espacio reducido circulan,
deambulan, hasta diez guardias-jurado con toda su impedimenta:
uniforme, insignias, actitud, walkie-talkie y hasta porra y pistola.
¡Pistola! Diez guardias-jurado a pistola cada uno hacen diez
pistolas en este espacio del Museo, circulando entre las piezas al
cinto de sus portadores. ¿Es seguridad para la exposición
-seguramente necesaria, quién soy yo acaso para ponerlo en duda-? ¿O
no será más bien que es ésta otra
muestra, una inteligente instalación, sobre la preponderancia de
la seguridad en nuestras vidas, y todo lo demás es apenas el
contexto: decorado museológico, comida y entretenimiento para los
guardias, cajas para sus porras y pistolas…?
El domingo por la
tarde, en mi querida Lisboa por esas cosas de la vida (viaje del que
ya les hablaré), visito el Museo de Arte Antiguo, en la Rua das
janelas verdes, con ese jardín maravilloso que dice Vila-Matas que
es el lugar más elegante del mundo. Hay una exposición de los
tapices de Alfonso V, rey portugués pero que se conservan en
Pastrana, además de la colección permanente del Museo, discreta
pero bella, como casi todo en Portugal, con esos seis maravillosos
paneles de San Vicente, de Nuno Gonçalves.
En el Museo hay
silencio, gente caminando como por un convento, susurrando sus
comentarios mientras pasean y miran. El mismo silencio
portugués que hay en sus calles, en sus cafés, en todas partes.
Hay unos vigilantes sentados, que no se pasean entre los cuadros ni
interfieren con su contemplación, que no llevan porras ni
walkie-talkies ni pistolas y con quien uno siente que puede preguntar
y hasta comentar algo.
Uno, quien esto
escribe, no puede menos que quererse quedar a vivir en un sitio donde
los museos son aún sitios dignos y respetuosos, el ruido no es parte
de la cultura, arte y pistolas no se mezclan y la seguridad
seguramente no necesita exhibirse. Menos mal que nos queda Portugal.
1 comentarios:
La dichosa "seguridad" y los tontos del walkie-talkie es algo que me tiene frito desde hace tiempo. Tú lo sabes comentar de esa manera que, la rabia a mi no me dejaría ni mencionar. Estoy contigo (como en casi todo).
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