4 de septiembre de 2010

Seguridad




Recopilo ahora la serie completa Seguridad (publicada en mi nuevo blog).
Dedicada a los dos edificios de la Subgerencia Cultural del Banco de la República en La Candelaria, en Bogotá, uno frente al otro, un lujo en el país, con la mejor biblioteca de Colombia, una Sala de conciertos maravillosa y varios museos estupendos, y donde el ruido de los walkie-talkies es, más que un ruido de fondo, parte del paisaje.



He ido a ver De I a J, la pieza de Isabel Coixet sobre John Berger en Casa Encendida, una interpretación de su novela From A to X, y me he salido inmediatamente. No porque no me haya interesado, que me ha interesado poco, me ha conmovido poco más bien: el discurso de Berger está demasiado expuesto, resulta demasiado simple, demasiado obvio, uno diría que pedestre aun, más propio del mitin o el manifiesto que de una pieza de arte. Hay algo que aquí falta, la metáfora, eso intangible que destila el discurso y lo sublima y lo vuelve esa otra cosa de naturaleza distinta a que llamamos arte.

Ni porque me haya disgustado tampoco la escenografía de Benedetta Tagiabue -ella nunca me emociona, era Miralles...-, un espacio carcelario conformado por barras de hierro que crean un angustioso laberinto de celdas con unos catres como todo mobiliario donde oímos las voces que van leyendo las cartas de A a X.

Me salí en seguida por la presencia de dos guardias-jurado ahí en medio, entre los hierros y las celdas, con sus esposas en el cinturón, las insignias de la empresa, se diría incluso que sus pistolas al cinto, por ahí deambulando, mirándolo a uno según avanza e intenta conectarse, siguiéndolo cuando pasa de una zona a otra. No es la escenografía lo que te inquieta y te perturba, sino esos guardias-jurado al acecho. Lo que estaría muy bien si fueran parte de la escenografía concebida por Coixet y Tagliabue para acentuar precisamente la sensación de agobio, pero no lo son, están ahí porque ahí los ha decidido poner Casa Encendida para proteger no sé si la instalación, los hierros, a nosotros. Dos guardias en medio de una pieza artística, como si tuviéramos que ver el Guernica o Las Meninas con un policía armado delante, entre los toros y las damas de compañía, u oír a Lang Lang, digamos, ahora que está tan de moda, con su guardaespaldas a un lado y otro del piano.

Me voy al Reina Sofía a ver la pieza de Mario García Torres -ésta sí, estupenda- y lo mismo. Durante sus cuarenta minutos, más o menos, otro guardia jurado -uniforme, insignia, esposas, perilla, walkie-talkie- entra una vez tras otra a mirarnos como si fuéramos animales en un zoo, a asegurarse supongo de que no nos pegamos, de que no nos estamos quitando la cartera unos a otros, de que no estamos robándonos el proyector de diapositivas.

Seguridad.

No es mejor, ya que estamos en el Reina, si uno sube a ver la colección permanente. Es difícil concentrarse en el lirismo de una escultura de Chillida, de una pintura Tapiès, de la pieza nuevamente original de Richard Serra, cuando el ruido de fondo es el permanente chirrío de los walkie-talkies de que va armado un ejército de vigilantes. No sólo guardias-jurado esta vez sino gente normal vestida de gente normal a quienes el poder se lo dan los walkie-talkies. Que suenan, que chillan, que pitan, por el que hablan sin parar aunque uno esté ahí al lado tratando de mirar con atención un cuadro de Saura o de Cy Towmbly.

Como en el Prado, donde vigilantes respetuosos y que se conocen el Museo al dedillo llevan también sus walkie-talkies encendidos y a volumen notablemente superior a lo que debería ser en un museo mientra uno mira las Meninas, la Anunciación de Fra Angelico, el perro de Goya, los primitivos flamencos o alemanes. Y si uno dice algo, les pide que lo bajen, el mantra siempre de la seguridad lo justifica todo, cualquier ruido, cualquier actitud, cualquier despliegue.

Yo no quiero meterme en una instalación rodeado de guardias-jurado de uniforme y esposas al cinto, no quiero ver las Meninas con un ruido de fondo chirriante, no quiero perderme entre cuadros de Saura mientras la celadora de la sala cuenta su fin de semana a la de cuatro salas más allá.

A nuestros museos nacionales no se les ha ocurrido hacer lo que hacen los de Nueva York, los de Londres, los de París, poner a sus vigilantes un audífono en el oído y hacer la seguridad inaudible, cortés, respetuosa. Sin por ello, faltaría más -¡La Seguridad¡-, reducirla.

No se les ha ocurrido que la seguridad, cuando se toca con el arte, sea en un museo, en un concierto, en una pieza escénica, se debe hacer invisible e inaudible. Lo contrario es, seguramente, ostentación e incultura.



Vuelvo con los temas de la seguridad y el ruido en los espacios culturales, dos asuntos de los que ya he escrito antes varias veces y con los que me sigo topando a cada rato en este ruidoso país nuestro.

Visito la exposición Con la probabilidad de ser visto. Dorothee y Konrad Fischer. Archivos de una actitud en el MACBA, una muestra de cierto arte contemporáneo ya no tan contemporáneo (es lo malo que tienen esas categorías basadas únicamente en conceptos cronológicos, que no sabemos muy bien al final a qué nos referimos: qué -y qué no, por tanto- es arte contemporáneo, qué -y qué no- es música contemporánea…, pero creo dejo este tema para otro día) que debo reconocer me ha parecido excelente pese a lo poco amigo que soy de estas colectivas: un poquito de Beuys por acá, algunas cositas de Nauman por allá, algo de Manzoni o de Flavin, cuarto y mitad de Richard Long, un manojo de piezas de los Becher… no dan oportunidad de entender mucho a quien no esté ya previamente informado y pueden hasta parecerle, al profano, ya digo, o sea a la mayoría del posible y respetable público, un batiburrillo de cosas parecido a una almoneda de objetos peculiares. En arte contemporáneo se imponen, me parece a mí, la explicación, el contexto, un cierto número al menos de piezas por artista que permitan al profano entender qué está viendo y de qué va la cosa. Como el Hamburger Bahnhof de Berlin, por ejemplo, se centra en unos pocos artistas y presenta casi pequeñas muestras antológicas que permiten a quien no sabe mucho hacerse una idea de quién es quién y qué hace cada uno.

Pero tampoco es de esto de lo que quiero escribir, sino del habitual y casi entrañable ruido que caracteriza a buena parte de los museos españoles.

Uno entra a la exposición de estos señores Fischer, encantado de toparse así de pronto con dos o tres Beuys junto a un par de Manzonis, y le va paseando por delante un guardia-jurado como si fuera un performance de Fluxus consistente en intervenir las piezas y convertirse en parte de lo que vemos.

Uno pasa a una sala inmensa llena de piezas relevantes y se topa con el notable ruido del walkie-talkie de otro guardia jurado. Uno intenta oír una pieza de Bruce Nauman y el sonido que produce la cinta magnética se mezcla y se confunde con el ruido que emiten los walkie-talkies de dos o tres guardias jurados que circulan por ahí.

No habría mucho sonido en esta exposición si no fuera por ése de los walkie-talkies. No habría ningún performance si no fuera por la rutilante presencia de los guardias paseando entre las piezas.


Nada de esto, insisto, pasa en el MOMA, en el Palais de Tokio, en el Louvre, en la Tate… Sólo me lo he encontrado, eso sí, en el Reina Sofía, ¡en el Prado!, en el Macba…

Ya escribía hace unos meses de lo difícil que en el Reina es concentrarse en una escultura de Chillida, en una pintura de Tapiès, en la pieza nuevamente original de Richard Serra, cuando el ruido de fondo es el permanente chirrío de los walkie-talkies de que va armado un ejército de vigilantes. No sólo guardias-jurado esta vez sino gente normal vestida de gente normal a quienes el poder se lo dan los walkie-talkies. Que suenan, que chillan, que pitan, por el que hablan sin parar aunque uno esté ahí al lado tratando de mirar con atención un cuadro de Saura o de Cy Towmbly.

De cómo en el Prado vigilantes respetuosos y que se conocen el Museo al dedillo llevan también sus walkie-talkies encendidos y a volumen notablemente superior a lo que debería ser en un museo mientra uno mira las Meninas, la Anunciación de Fra Angelico, el perro de Goya, los primitivos flamencos o alemanes. Y si uno dice algo, les pide que lo bajen, el mantra siempre de “la seguridad” lo justifica todo, cualquier ruido, cualquier actitud, cualquier despliegue.

Eso me ha pasado ahora en el Macba, cuando a la salida he amagado un gesto de queja y de inmediato una de las señoritas del mostrador me ha espetado con cara de sorpresa, “¡Es la seguridad!”.

Archivos de una actitud: título acertado desde luego el de la exposición. A ver si va a ser que más que sobre la fastuosa colección de los Fischer lo que es en realidad esta muestra es una reflexión del MACBA sobre el creciente papel de la seguridad en nuestras vidas.



El sábado por la mañana, con el calor, me fui al Retiro con ganas de refrescarme, leer los suplementos literarios que leo en el Retiro los sábados por la mañana y ver, de paso, la exposición de Miralda, De gustibus non disputandum, en el renovado Palacio de Velázquez. Hasta que una vez más, como siempre que voy al Reina Sofía o sus dependencias, salí espantado.

El Palacio de Velázquez no es grande y la exposición hasta queda algo abigarrada, aunque eso puede ser parte de la gracia en un artista tan barroco y excesivo como Miralda. Pero por ese espacio reducido circulan, deambulan, hasta diez guardias-jurado con toda su impedimenta: uniforme, insignias, actitud, walkie-talkie y hasta porra y pistola. ¡Pistola! Diez guardias-jurado a pistola cada uno hacen diez pistolas en este espacio del Museo, circulando entre las piezas al cinto de sus portadores. ¿Es seguridad para la exposición -seguramente necesaria, quién soy yo acaso para ponerlo en duda-? ¿O no será más bien que es ésta otra muestra, una inteligente instalación, sobre la preponderancia de la seguridad en nuestras vidas, y todo lo demás es apenas el contexto: decorado museológico, comida y entretenimiento para los guardias, cajas para sus porras y pistolas…?

El domingo por la tarde, en mi querida Lisboa por esas cosas de la vida (viaje del que ya les hablaré), visito el Museo de Arte Antiguo, en la Rua das janelas verdes, con ese jardín maravilloso que dice Vila-Matas que es el lugar más elegante del mundo. Hay una exposición de los tapices de Alfonso V, rey portugués pero que se conservan en Pastrana, además de la colección permanente del Museo, discreta pero bella, como casi todo en Portugal, con esos seis maravillosos paneles de San Vicente, de Nuno Gonçalves.

En el Museo hay silencio, gente caminando como por un convento, susurrando sus comentarios mientras pasean y miran. El mismo silencio portugués que hay en sus calles, en sus cafés, en todas partes. Hay unos vigilantes sentados, que no se pasean entre los cuadros ni interfieren con su contemplación, que no llevan porras ni walkie-talkies ni pistolas y con quien uno siente que puede preguntar y hasta comentar algo.

Uno, quien esto escribe, no puede menos que quererse quedar a vivir en un sitio donde los museos son aún sitios dignos y respetuosos, el ruido no es parte de la cultura, arte y pistolas no se mezclan y la seguridad seguramente no necesita exhibirse. Menos mal que nos queda Portugal.


1 comentarios:

Lagonzala dijo...

La dichosa "seguridad" y los tontos del walkie-talkie es algo que me tiene frito desde hace tiempo. Tú lo sabes comentar de esa manera que, la rabia a mi no me dejaría ni mencionar. Estoy contigo (como en casi todo).