22 de diciembre de 2010

Una frase en recuerdo de Carlos Edmundo de Ory



He venido pensando que abriría él la puerta
y que él me extendería la mano destinada
a poner el rigor y la extrema destreza
del último dolor en el último látigo
cuenta Carlos Edmundo de Ory de cuando llega a visitar en su casa a Pierre-Jean Jouve en un poema que casi no se encuentra si no es en el libro que hizo Félix Grande y que es de los suyos el que a mí más me gusta, y yo vengo pensando que me recibirá él, con Laura, en la estación del pueblo con su sombrero siempre y una cámara en la mano preparada para hacerme una foto en cuanto me vea y nos iremos a esa casa de ellos en Thézy que es como un espacio estanco, una jangada encallada en una aldeíta que se basta y se auto-contiene y de la que sólo hay que salir a buscar provisiones o al buzón a recoger el correo, los libros que llegan, las cartas de los amigos, o a la estación de tren a recibir a los que vienen a visitar, pero que tiene todo lo demás que uno necesita en la vida, los objetos, los cuadros, los caballitos, los libros en las dos bibliotecas del primer piso, cada una con sus ritos, un sitio para cada actividad, una de las dos el estudio donde Carlos trabaja y escribe y archiva, todo en su lugar, cada carta en su carpeta con el nombre del amigo, cada papel donde debe estar y en ningún otro lado, cada foto, cada dibujo, y la otra, enfrente, la celda donde lee, siempre sentado y siempre subrayando, todo eso que Carlos lee, lo que ha leído desde siempre, a los poetas que venera, Juan de la Cruz y San César Vallejo, y a Trakl, Celan, Pierre-Jean Jouve, Rimbaud, Leopardi, los surrealistas, Eduardo Chicharro y a los nuevos autores que sigue descubriendo, poetas como Luis Eduardo Aute o Arcadio Pardo, novelistas, Thomas Bernhard, Houellèbecq, Philip Roth, James Ellroy, lo que va encontrando sobre la India, sobre religiones, sobre la Resistence, sobre el Comandante Massoud, sobre Mandela, la persona viva a quien más admira; cada cosa a su hora, porque hay en su casa un tiempo para escribir y trabajar, un tiempo para leer y un tiempo, después, para bajar a la sala, colorida cada tanto de un color diferente, y sentarnos en la mesa redonda a tomar cerveza y salchichón y, Carlos, altramuces, a comer quesos o el cous-cous de Laura y beber vino y conversar de la vida, Carlos preguntando, indagando, queriendo saber siempre más de uno y hablando de todas esas cosas de que habla, Carlos, digamos, comiendo a manos llenas altramuces y recordando un verso de Juan de la Cruz, un no sé qué que queda balbuciendo, una frase de Heidegger, un poema de Rubén Darío, una idea de Jung, con esa memoria increíble para todo lo que ha leído en la vida, y es mucho lo que ha leído en la vida, nosotros tres hablando de viajes, Carlos dándome consejos muy pensados y, por eso, siempre repetidos y no sé, ay, si suficientemente atendidos, Carlos y Laura contando sus descubrimientos, los libros, la gente, los amigos, con esas ganas siempre, hasta el final, de seguir descubriendo y reinventando y de no parar nunca ni anquilosarse, siempre joven, porque es joven quien sigue avanzando y no se para y busca y juega y se ríe y Carlos no paró ni dejó ni cejó y siguió, seguro hasta el último día, riéndose con esa risa tan bonita que tenía.





                                  Madrid, Cádiz, 20 de diciembre de 2010

8 de diciembre de 2010

Arte y política en São Paulo

 
Escribía hace unos días sobre arte político, o sobre arte y política más bien, la capacidad del arte para evocar y hacer presente y reivindicar y expresar y hasta cambiar la realidad o conformarla y expandirla, todo eso que el arte ha hecho siempre, las artes, las plásticas, las escénicas por supuesto, la literatura, hasta la música. Ayer mismo lo decía Vargas Llosa en su discurso de recogida del Nobel,
las palabras son actos y (…) una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia.
y lo mismo, añado yo, las imágenes, las formas, los gestos, todo eso que constituye el arte.
Llego a São Paulo y corro a ver la Bienal, en el Pabellón Ciccilio Matarazzo del parque de Ibirapuera, un edificio maravilloso de Niemeyer, que no es poco, el edificio ya tal vez la mejor pieza, un continente que compite con el contenido, una excelente Bienal, enorme, desbordante, repleta de piezas interesantes que yo fui recorriendo a lo largo de toda una mañana sin que me diera tiempo a aburrirme ni a acabar. Una Bienal, la 29ª, Siempre hay un vaso de mar para navegar, dedicada al arte político. “Es imposible separar el arte de la política”, leemos nada más entrar en la explicación que nos recibe:
A 29ª Bienal de São Paulo está ancorada na ideia de que é impossível separar a arte da política. Essa impossibilidade se expressa no fato de que a arte, por meios que lhes são próprios, é capaz de interromper as coordenadas sensoriais com que entendemos e habitamos o mundo, inserindo nele temas e atitudes que ali não cabiam e tornando-o, assim, diferente e mais largo.
A eleição desse princípio organizador do projeto curatorial se justifica por duas principais razões. Em primeiro lugar, por viver-se em um mundo de conflitos diversos, onde paradigmas de sociabilidade são o tempo inteiro questionados, e no qual a arte se afirma como meio privilegiado de apreensão e simultânea reinvenção da realidade. Em segundo lugar, por ter sido tão extenso esse movimento de aproximação entre arte e política nas duas últimas décadas, se faz necessário, novamente, destacar a singularidade da primeira em relação à segunda, por vezes confundidas ao ponto da indistinção.

No digo yo que no lo sea, quién soy yo para ponerlo en duda como decía Benedetti en un poema que de adolescente me aprendí de memoria, todo puede ser político en la medida en que todo, claro, es parte de la realidad y por tanto la conforma, qué hacemos, dónde vivimos y cómo, qué periódico o qué libros leemos, y en qué formato hoy en día, cómo decoramos la sala1, qué comemos, qué programa de televisión vemos, o si vemos o no televisión para empezar, qué ropa nos ponemos o a qué parque vamos el domingo en la mañana, todo, o casi todo, es o puede ser político si entendemos lo político como lo público, lo que nos afecta y tiene que ver con nuestra vida y la define y modifica, y no sólo como la política, esas actividades que realizan nuestros cada vez menos interesantes políticos profesionales.

Pero entonces, si todo es político y el arte no se puede separar de la política, ¿por qué está esta Bienal de São Paulo dedicada a cierto arte político?, qué contradicción entre la propuesta y la explicación, qué incoherencia. Porque en efecto entramos al pabellón y empezamos a caminar y sí, son piezas de carácter político con lo que nos encontramos, piezas, digamos, claramente políticas, eso que cualquiera llamaría sin ambages arte político, las pequeñas joyas de la corona de Carlos Garaicoa que parecen piezas precolombinas pero son en realidad reproducciones de centros de infamia –la ESMA, el estadio de Santiago, la base de Guantánamo, la Stasi, Villa Marista en La Habana…-, multitud de personajes de la sociedad india esperando a que vengan a endosarles un discurso en el cuadro del artista indio NS Harsha -mis dos obras preferidas de esta Bienal-, los pedestres dibujos de un artista matando líderes políticos, un documental sobre la muerte en accidente del Presidente de Polonia Lech Kaczynski más propio de la CNN que de una exposición de arte…

Es un acto político también decidir qué es político, qué queremos que lo sea o qué queremos más bien aceptar que lo es; es política sin duda la decisión de un artista de ser político y referirse a la actualidad de manera expresa y directa y convertir su obra en instrumento o herramienta o hasta arma, o pintar o esculpir o crear movido por impulsos otros y tan distintos y propios como expresar algo que tiene dentro y que es personal o íntimo, o buscar, por qué no, la belleza u otra sensación estética, o por el propio placer incluso de pintar o esculpir o labrar o forjar o dibujar o moldear o escribir o componer o lo que sea que son el motivo y la pulsión profundos y propios que mueven a cada creador y su voluntad o no de decir algo sobre el mundo o querer conformarlo.

Pero entre todo esto la Bienal de São Paulo ha optado por mostrar sólo el arte pretendidamente político, manifiestamente político, explícitamente político, y no hacer una reflexión sobre el otro, todo el otro, una reflexión sobre por qué precisamente también es o puede ser político el arte que no pretende serlo, el de quien explora materiales y texturas, quien esculpe o pinta gordas o busca el vacío y quiere contenerlo, quien talla madera o labra piedra o forja acero o pinta campos de color o negro sobre negro o interpreta las Meninas o un perro de Goya o sale cada mañana a pintar la ciudad en la que vive o a pintar cómo crece un membrillo. Si todo artes es político, ¿por qué no están en la Bienal de São Paulo esos artistas que los curadores llaman formalistas?

Yo creo que ha sido una decisión política de los comisarios centrarse sólo en cierto arte político y decirnos, de manera simplista, que lo que pasa es que todo arte es político.

1 Me interesan mucho las reflexiones del arquitecto Andrés Jaque sobre lo mucho que la manera de decorar la sala dice de una sociedad.

Música de hoy - 2

(1 diciembre 2010)



Escribía yo en estas mismas páginas, si es que estas revistas electrónicas tienen páginas y no sólo (con tilde) bytes e interface, qué palabrejas, escribía, digo, sobre ciertos comentarios del Sr. Mortier sobre que al público español le interesa poco la música contemporánea y la consume poco, dicho en términos actuales ahora que de todo cabe predicar consumo y la música, la literatura o el arte también se consumen como se consumen los centollos en un restaurante gallego o iphones en una tienda de Apple.

Mi amiga Rosa me escribió largo y tendido al respecto y no me resisto a publicar lo que me dice. Hoy hablo yo poco, si es que estas revistas electrónicas le permiten a uno hablar y y no sólo escribir mails, navegar por la web, bloguear, chatear, qué palabrejas, hoy hablo yo poco, decía, y dejo a Rosa, leonesa ella y casi gallega, opinar.



NUESTRA MÚSICA IMPLACABLEMENTE SILENCIADA
(Rosa María Fernández)

Me he quedado realmente sorprendida por el desinterés que manifiesta el señor Mortier hacia la ópera española, en una entrevista publicada por Scherzo, y que leo en Música de Hoy, en este blog; precisamente ahora, cuando fructificaban en el público y en los especialistas en el género las consecuencias de las primeras recuperaciones y puestas en escena de algunas de nuestras óperas más significativas del XIX.

No se trata de cuestionar opiniones -digo opiniones porque el señor Mortier no ha tenido tiempo de hacerse con unos criterios apropiados (ni formales, ni analíticos, ni históricos) sobre nuestra ópera-, ni es una cuestión de “defensa de nuestra música”- (pobre Pedrell, más de cien años después de Por nuestra música y así estamos…)

Escribo en este blog sobre nuestra ópera simplemente porque es realmente magnífica y porque su conocimiento peligra; y sobre todo, porque no podemos permitir que los prejuicios se superpongan sobre el conocimiento, o el desinterés sobre el análisis, porque más de 20.000 zarzuelas catalogadas (sí, la cifra es correcta) y más de cien óperas recuperadas -y estamos hablando sólo del siglo XIX-, manifiestan que España fue un terrritorio lírico, y que, si este país ha dado la catedral de León, la Sagrada Familia, Las meninas o El Quijote, sería un poco cerril pensar que, en lo que se refiere a la música, no ha habido nada magistral. Pues no, no es así. Dejar constancia de algunas de las causas que explican el desconocimiento y poca presencia que ha tenido nuestra ópera en los teatros españoles conlleva un discurso largo y detallado, impropio quizás de este formato en el que escribo. Dejo entonces, unas breves pinceladas para que cada uno, construya su cuadro de una realidad, tan bella como trágica, como es la de nuestra Ópera Nacional; como hace más de cien años se quejaban nuestros operistas, la idea de una ópera nacional no es sólo una cuestión cultural, sino también y sobre todo, económica y de compromiso de las instituciones. A veces se ha dado la segunda condición y no la tercera, o viceversa. En los últimos años, se dieron las tres condiciones (cultural, económica y de compromiso) que ahora vuelven a desaparecer. Y digo vuelven, porque, durante un no corto período de tiempo estuvo prohibida la ópera en español, ya que sus mecenas estaban totalmente rendidos al Rossinismo y después, al belcantismo; y no hay más que remitirse a Los amantes de Teruel, de Bretón, estrenada en el Teatro Real en 1889, para lo cual tuvo que hacerlo en italiano, bajo el título de Gli amanti di Teruel, ópera que impresionó tanto al público que el libreto, escrito por el propio Bretón, fue traducido al alemán, y Die liebenden von Teruel fue estrenada en Praga, en 1891. Sólo diez años después el libreto de Gli amanti fue traducido al castellano.

Mesonero Romanos habla de la difícil situación de la música española frente a la italiana -relean su sátira El furor filarmónico-, lo que le sirve a Soriano Fuertes para decir entonces: “nuestro teatro lírico sucumbió: no pudo parangonarse con el italiano; tuvimos que esclavizarnos al yugo extranjero; tuvimos que copiar y hacer sacrificio de nuestra nacionalidad, pero no por falta de genios para crear, no por carecer de conocimientos, sino por no tener gobiernos protectores que alentasen nuestros trabajos y premiasen nuestras obras”…

Hay que recordar que cuando la reina María Cristina funda el Conservatorio de Música de Madrid, en 1830, pone al frente a un italiano y rossiniano de pro, y desde su creación, este centro se convertirá en divulgador de la ópera italiana, contra lo que lucharán los compositores españoles verdaderamente comprometidos con una ópera nacional (cientos de páginas en los textos de Cotarelo, de Peña y Goñi, del Legado Barbieri, en los escritos de Bretón, así lo avalan). Como decimos, se impuso a los músicos españoles escribir ópera en italiano (y ahí están las espléndidas partituras de Sor, Carnicer, Saldoni, Genovés, Cuyás, etc) algunas, reestrenadas recientemente en el Real y en el Liceo, entre otros teatros, cosechando un éxito internacional.

Constituyen verdaderos tesoros, no sólo por su genialidad artística, por la belleza sonora de sus arias, sus números concertantes o el tratamiento orquestal, sino también (o, sobre todo) porque hasta su puesta en escena estuvieron durmiendo, silenciadas, en archivos y bibliotecas, aplastadas por la ignorancia de quienes a priori, no las consideraban dignas; condenar sin conocer, tristes épocas vividas que pueden repetirse de nuevo… menos mal que quedan investigadores, público y unos pocos directores, cantantes y directores de escena (reconocimiento completo para Zedda y su versión de Il dissoluto punito, ossia Don Giovanni Tenorio, de Carnicer, cuidadamente editado en CD y DVD, pero sobre todo, a López-Cobos y sus estrenos de La Conquista di Granata, o Ildegonda, de Arrieta, ópera representada con cierta frecuencia en Portugal e Italia. De las siete óperas de Chapí -entre las que cabe mencionar Roger de Flo, preciosa ópera en tres actos-, se ha llevado al disco la maravillosa Margarita la Tornera, última ópera escrita por este compositor que entendía como pocos la lógica teatral al servicio de la música. Todas estas obras se han llevado a cabo por el enamorado esfuerzo de unos pocos, como Pedro Pablo Pérez, Pizzi, Zedda, López- Cobos, Emilio Sagi, María Encina Cortizo o Plácido Domingo, entre muchos otros, comprometidos con la ópera más allá de fronteras históricamente post-establecidas (porque, como hace el señor Mortier, ¿si es italiano o alemán, sí es digno de representarse, pero si es español, no? ¿desde cuando el arte se reparte por parroquias?, o, volviendo a sus palabras, en las que dice que Martín y Soler es conocido como coetáneo de Mozart, pero no al revés, ¿porqué no matiza que Mozart estuvo esperando años, por el libretista Da Ponte, autor de tres de sus mejores óperas, porque estaba encantado trabajando con Martín y Soler? O que el propio Mozart introduce la música del valenciano en la escena de la cena de su Don Giovanni, como signo de su clara admiración por él?)

Pero volvamos a nuestra ópera: merece la pena detenerse en cada una de estas obras, de las que se podía estar hablando horas y horas. Están editadas, así que todos podemos hacernos nuestro propio criterio. Fíjense en las magistrales líneas melódicas de la soprano y la mezzo de la Margarita chapiniana, obra con una estupenda asimilación de estilos, magistralmente orquestada, en una tonalidad expandida; escuchen detenidamente la cavatina de Margarita en el primer acto, su Qué cielo tan triste!, y se sorprenderán con sus tintes wagnerianos… o qué decir del mencionado Don Giovanni, de Carnicer, partitura vivamente rossiniana, compuesta con un dominio absoluto de la vocalidad, con una escritura magnífica, de amplia coloratura, especialmente para el tenor, que nada tiene que envidiar a las óperas hoy en repertorio internacional; no dejen ustedes de deleitarse y sorprenderse con la cavatina de doña Ana, el virtuosístico dueto entre don Juan y doña Ana, el aria de don Juan en el segundo acto (con su impresionante preludio orquestal) el aria de don Octavio, los excelentes números concertantes, la naturalidad virtuosísistica de las voces y el perfecto manejo de la orquesta, al servicio de un drama que, en la mano de Carnicer, a nadie deja indiferente; o el caso de Manuel García: cuando está en París escribe ópera seria francesa, como la encomiable La muerte de Tasso, estilo muy distinto al de su Don Chisciotte, ópera buffa de estructura totalmente italiana, pensada para un baritenor y estrenada en New York; importantísima ha sido también la recuperación de L’isola desabitata, ópera que restrenó recientemente el Teatro Arriaga o La Fattucciera, de Vicente Cuyás, una de las óperas más importantes del Romanticismo hispánico, restrenada recientemente por el Liceo, que recibió los más encendidos elogios de sus coetáneos y que constituyó la única ópera de este compositor mallorquín, muerto al poco tiempo de escribirla, en tan solo tres meses y cuando contaba 22 años.

Todas estas óperas han sido editadas y grabadas en los últimos años: ha sido ímprobo el compromiso de los investigadores, de los editores y de las instituciones para descubrir a nuestros grandes; lean las críticas, todas coincidentes en el inmenso valor universal de estas joyas sonoras, que, una vez más, y si nadie lo remedia, volverán al reino del silencio, del polvo y de los archivos.

A la tragedia de sus exilios y represalias políticas (Carnicer era liberal, enemigo de Fernando VII, y no digamos el caso ya más conocido de Manuel García) se une el olvido y el desdén: “peor muerte que no haber nacido es el olvido”.

Seguiría hablando de las óperas de Tomás Genovés, autor de uno de los primeros dramas que consiguieron ser estrenados en español después de la obligación de tener que hacerlo en italiano, y que, después de estrenar con gran éxito en Bolonia, Roma, Venecia, Nápoles o Milán, decide regresar a España, anhelando una ópera española y que muere totalmente en la miseria y en la ignorancia de sus logros; o el caso de las seis óperas de Saldoni, abandonadas del interés contemporáneo: todas son obras mágicas, dignas muestras de un repertorio que, inquisidores de la ignorancia, se empeñan no sólo en no conocer, sino en lo que es peor: que no los conozcamos. Pero resulta que no, que quienes hemos tenido la fortuna de toparnos con estas obras, nos hemos enamorado de ellas, las hemos incorporado a nuestro adn musical, nos hemos sentido dedicatarios próximos, absolutos, de esa maravillosa estética dramática que destilan nuestras grandes obras.

Búsquenlas, escúchenlas, adéntrense en las luminosas melodías, en la maestría del entramado dramático de libreto y música, en su belleza melódica, y díganme, después, si para “este viaje, necesitábamos estas alforjas”: para venir a un teatro español, tantas veces tiranizado por quien hace de su extranjería, virtud, y seguir “escuchando hasta la saciedad”, anonadados, a los genios que otros se atrevieron a descubrir en su momento. En nuestra mano está que no se cierre, una vez más, la puerta de nuestra música, porque entonces se reproducirán los temores de nuestro músico exiliado, Jesús Bal y Gay ¿nunca es tarde si la dicha es buena? No, nunca es dicha, si llega tarde.

Música de hoy

(3 Octubre 2010)



Me veo el viernes pasado a comer en Bruselas con un amigo al que no veo hace unos meses y lo primero que hace, antes incluso de saludar, es esgrimirme una entrevista con Gerard Mortier en Scherzo donde el belga opina sobre muchas cosas largo, tendido y en profundidad gracias a dos entrevistadores que hacen su oficio de verdad y con conocimiento de causa, o sea al revés que la inmensa mayoría de sus colegas en los medios españoles, que hablan de oído y por aproximación.

Mortier se defiende bien cuando los entrevistadores lo acusan de programar poca ópera española en el Real: ¿por qué habría de hacerlo yo si no lo han hecho hasta hora los propios españoles ni se la ha programado tampoco en los circuitos internacionales relevantes?:

Ha hablado de la ópera conectada con España, con tema español, pero de ópera de compositores no españoles. Aquí, como usted sabrá, hay un enorme patrimonio de ópera española.
Italiana.
No una ópera como fenómeno artístico al modo de la ópera italiana, alemana, francesa o rusa, pero…
No existe una tradición de ópera española. La zarzuela es la verdadera tradición y me encanta.
Pero en España se ha escrito muchísima ópera, hay muchos compositores españoles que han escrito óperas estimables y muchas partituras dignas de revisión.
Eso es falso. Del mismo modo que hay muchas óperas francesas que no valen nada.
Una cierta recuperación ayudaría a darle una personalidad española al teatro.
¿Y por qué no se han hecho esas óperas en los últimos diez años si son tan importantes?
Se han recuperado algunas. Carnicer, Arrieta, en versión de concierto… Tampoco es una razón de peso que no se hayan hecho en estos años. Y hacerlas contribuiría a reforzar su idea de dar un carácter
hispánico al Real.
Si una ópera de las que me hablan se hubiera dado fuera de España me interesaría. Pero alguna razón habrá para que sólo se hayan hecho aquí. En París no hemos hecho Auber o Boieldieu o Les mousquetaires au couvent. Y el único Massenet que he hecho es Werther. Si me dan una buena ópera, estupendo. Pero no va a venir alguien porque sea español. Por ejemplo: Martín y Soler está bien para una vez. Siempre se dice que es el contemporáneo de Mozart pero nunca al revés.
Pero esa comparación es injusta. En fin, que en España se valoraría que usted tuviera algún interés en redescubrir alguna ópera —y las hay buenas— del patrimonio español de finales del XVIII a principios del XX.
Repito: en los años en los que lleva funcionando el nuevo Teatro Real no se ha presentado ninguna de esas óperas fantásticas…
La universidad está trabajando en recuperar partituras de óperas españolas, sobre todo del XIX, que ofrece a los teatros en ediciones críticas, hechas por gente de prestigio, compositores, etc. Hay una tendencia a creer que hay muy buena música española desconocida. Y a usted le van a plantear que estrene alguna de estas obras…
Vamos a ver. Si voy a programar la partitura de Mercadante es porque la conozco, porque la he escuchado. Es un compositor italiano, de acuerdo. Siempre me dicen que hay mucho desconocido muy bueno. Necesito escucharlo antes. No entiendo que se me pregunte por qué no programo música que nadie conoce.
Cristóbal Colón de Carnicer no ha de ser peor que la obra de Mercadante de que nos hablaba, ni Elena y Constantino de Arrieta es peor que el joven Donizetti.
No me interesan. Pasa lo mismo con Manuel García. Una obra en versión de concierto y ya es suficiente. Miren, no se puede hacer todo. Siempre Verdi, siempre un Lohengrin, siempre un Mozart… Mi trabajo de selección es muy difícil. ¿Por qué no Pescadores de perlas, por qué no lo uno, por qué no lo otro? Haremos Hugonotes en versión de concierto, haremos Los troyanos en versión de concierto… Si hay buenas cosas de españoles me lo envían y lo estudiamos… Es un poco raro, insisto, pensar en que sea una pena que esas partituras se hayan perdido. Seguro que hay razones para ello. La buena música no se pierde siempre. No hay sinfonías de Beethoven olvidadas. Se conservan treinta y siete tragedias griegas y seguro que están las mejores, por mucho que hayamos perdido muchas. Una gran partitura olvidada es una excepción, no la regla. (...)
¿No le da miedo de que le acusen de que no le interesa recuperar la música española?
¿Es una crítica?
No es una crítica sino una simple pregunta. Usted quiere aportar al teatro su personalidad, lo que es muy legítimo.
Si viene la universidad con una partitura grandiosa estaré muy contento de hacerla en el teatro. Repito, no hay ninguna gran partitura olvidada.

Algo antes, sin embargo, asegura que ha comisionado a Mauricio Sotelo una nueva ópera sobre El público de Garcia Lorca:

También trabajo con compositores españoles y sobre escritores españoles. Haremos con Osvaldo Golijov (...) una obra sobre García Lorca. Y Yerma de Villa-Lobos en versión de concierto. Hace unos días hemos decidido hacer con Mauricio Sotelo una nueva ópera sobre El público de García Lorca. Estoy leyendo ahora el libro de Martínez Nadal y El público me parece la obra más misteriosa y más difícil de Lorca, una obra que pide música. En El público, además, trabajaremos con el cantaor Arcángel, el guitarrista Cañizares y el bailaor Israel Galván.



Así que yo me volvía de Bruselas pensando en qué maravilla puede ser eso, mi compositor y mi artista escénico españoles preferidos, Sotelo y Galván, con esa voz maravillosa de Arcángel además, cantando y bailando a Lorca y sabiendo, esas cosas de la vida, que apenas un día más tarde, ya de nuevo en Madrid, tal vez como adelanto o premonición, me los había de encontrar a casi todos en el Auditorio Nacional.

Desde que volví a España hace dos años no he perdido ocasión de asistir a la obras de Mauricio Sotelo, ya sean estrenos, en el Reina, en el Auditorio, ya una reposición estupenda como esta en el XV aniversario de musicadhoy el sábado pasado en el Auditorio  con la Orquesta Nacional y Arcángel y la soprano Milagros Poblador cantando Arde el alba, su composición sobre textos, esta vez, de otro de mis poetas admirados, José Ángel Valente.

Tiene razón Mortier: al público español le interesa poco nuestra música contemporánea. Es poca la gente que va a los conciertos de musicadhoy y a las operas de operadhoy y por eso es mucho mayor aún el mérito quijotesco de Xavier Güell que lleva quince años organizándolas y trayéndonos a Madrid cosas maravillosas. Yo recuerdo algunas memorables, los conciertos de Morton Feldman, Stimmung de Stockhausen, una maravillosa y conmovedora opera de Scelsi, Luci mie traditrici, una tarde en el Teatro de la Zarzuela...

Y por eso, aunque iba a escribir sobre Mortier y a medio camino me di cuenta de que iba a acabar hablando de Mauricio Sotelo, es sin embargo a Xavier Güell y a sus maravillosas musicadhoy y operadhoy a quienes quiero dar las gracias y rendir homenaje y de lo que quiero contarles a ustedes, la mayoría de los cuales seguro que ni sabe que eso existe ni se ha enterado de que en Madrid durante todo el año hay buenos conciertos de música contemporánea donde casi todos los que vamos nos conocemos ya de vista.

En edición diferente

(09 Noviembre 2010)



En su despacho veo un cartelito que tiene  Chema Prado enmarcado, escrito creo yo con su propia letra, con la cita de algo que oyó decir a Peter Kubelka en Cartagena de Indias, “La proyección de una película en su forma original es parte de su contenido”, y me doy cuenta en seguida de cuanta razón tiene, más ahora en que hay tantos formatos que uno ya no sabe cómo vio una película, dónde, en que condiciones.

“En edición diferente los libros dicen cosa distinta” decía de manera similar Juan Ramón Jiménez, esa cita que tanto gusta a Andrés Trapiello, y cosa distinta debe de decir sin duda un libro leído en pantalla digital, sea la del ordenador en que ahora escribo esta carta no solicitada sea en la de uno de esos artilugios hoy tan populares que parecen querer venir a remplazar al libro en papel.

Por eso yo quiero seguir leyendo los libros en su forma original no sea que me digan si no cosa distinta a la que quería quien los escribió pensando en que se publicaran impresos en tinta sobre hojas de papel que se pasan una tras otra y empiezan y acaban y se pueden colocar en una librería y verlos como yo necesito ver los libros, palparlos, saberme de memoria donde están, de qué color son, de qué editorial y en qué colección, abombarlos, marcarlos, doblarle la esquina a una página como esta mañana caminando por un parque, como suelo leer (y esa es otra, cómo voy a caminar leyendo un ipad), como esta mañana doblaba una página de Tu rostro mañana donde un personaje de Marías dice “No he tenido mujer ni hijos, pero creo haber tenido una vida de conocimiento, que era lo que me importaba. Nunca he dejado de saber más de lo que sabía antes” y luego escribía conocimiento, 142 en la la última página, haciendo como hacía Simón Brainsky para acordarse, para acordarme, de en qué páginas están esas cosas de los libros con que uno se queda y se lleva consigo de la lectura pero también para marcar el libro como se marca la querencia en un espacio, hacer el acto completo de apropiación, intervenirlo, cosas todas ellas fundamentales, ritos básicos que quién podría hacer, que quién querría hacer en qué última página de una absurda tableta electrónica.

Como Kubelka digo que la lectura de un libro en su forma original es parte de su contenido.

Leiro

(26 Octubre 2010)




Publiqué hace unos años un ensayo sobre la obra de Doris Salcedo y sus trabajos en torno a la masacre del Palacio de Justicia en que decía

Que su obra sea estéticamente atractiva añade a lo que Doris Salcedo pretende. No necesita de la explicación, del folleto, para poder ser apreciada, porque es bella más allá de lo que significa, como lo es la de Richard Serra, la de Chillida, la de Oteiza, la de Rachel Whiteread. El espectador puede limitarse a admirarla sin necesidad de interesarse por lo que hay detrás. La autora no impone el significado, no obliga a recordar con ella. El recuerdo que se quiere evocar se impone solo: como no es imprescindible entender la obra para apreciarla, queda a la voluntad, o a la sensibilidad, del espectador querer ir más allá y preguntarse qué es lo que está viendo, qué significa, qué pasó, cómo, dónde, por qué…

Me acuerdo de que mi amigo el psicoanalista bogotano Simón Brainsky, de quien precisamente heredé la amistad con Salcedo, me peleó por eso de “que su obra sea estéticamente atractiva añade a lo que Doris Salcedo pretende...” y aunque no recuerdo muy bien los términos exactos de la conversación sé que entonces, tal vez como ahora, me costó explicar qué quería decir. Y sin embargo tengo muy claro que es un elemento estético, una base estética, lo que hacen que el arte sea arte y no simplemente teoría, crítica política, sociología...

La obra puede llevar un folleto, claro, que explique por ejemplo por qué una grieta en un museo, qué significa, cuál es el referente de su autora. Pero sin apelación a una sensación estética, y sin la eventual posibilidad por tanto de un juicio estético, yo no creo que podamos hablar de arte. La grieta en la Tate, como los chinos sin mirada de Juan Muñoz, los tejidos de Elena del Rivero, los espejos de Oscar Muñoz, las fotos de Shirin Neshat, las acciones de La Ribot... tienen sin duda una narrativa que los explica y completa su significado. Pero, como decía entonces, no es imprescindible entender la narrativa de la obra para apreciarla, queda a la voluntad, o a la sensibilidad, del espectador querer ir más allá y preguntarse qué es lo que está viendo, qué significa, qué pasó, cómo, dónde, por qué…

Pensaba en esto el jueves pasado en la inauguración en la galería Marlborough de Madrid de la exposición del escultor Francisco Leiro.

Me lo imagino en su taller en Cambados tallando y quitando madera a la madera para que surjan esa figuras suyas tan propias y lo recuerdo en el taller que tenía en Tribeca, tan distintos tal vez uno de otro, zona de bosque y madera el de Galicia y de industria e hierro el neoyorquino, la madera y el hierro dos de los materiales principales del escultor -el otro es la piedra, claro-, y me doy cuenta de cuanto me conmueve Leiro, me emociona, me da ganas de seguir mirando y viendo y rodeando sus piezas y volviendo. No sé si quieren decir algo más de lo que a mí me dice verlas ni creo tener que saber inglés o gallego ni que leer ningún folleto ni la jerga de ningún crítico ni la narrativa en jerigonza de ningún comisario para entender nada que no sea eso que veo y me emociona.

5 de diciembre de 2010

La sinrazón de las tinieblas

                                                                             (foto JAO)





Algo después de las once y media de la mañana del 6 de noviembre de 1985, acaban de cumplirse veinticinco años, comenzaba la toma violenta del Palacio de Justicia de Bogotá por el M-19, la primera desmesura bárbara de las muchas, o más bien la enorme desmesura y la barbaridad completa que acabarían por la tarde del día siguiente con el Palacio arrasado y en llamas, todo el comando asaltante muerto, la Corte Suprema de Justicia colombiana diezmada y privada de su mejores magistrados -una generación de juristas de élite como no ha vuelto a tener Colombia- y más de una decena de desaparecidos de los que nunca se ha vuelto a saber nada. El horror. El horror.

Pocos días después el desastre de la erupción del Nevado del Ruiz, que anegó el pueblo de Armero y lo dejó sepultado para siempre con miles de muertos bajo un mar de lava solidificada, desplazó la atención mediática e hizo que los responsables de las atrocidades del 6 y 7 de noviembre se fueran más o menos de rositas.

Durante años no se volvió a hablar del tema, como si no hubiera pasado nada y no hubiera ocurrido que, como si fuera irremediable responder así al acto bárbaro y desmedido de un grupo guerrillero, el Ejército de un país democrático había arrasado a sangre y fuego la sede de la Justicia y dejado en ruinas a uno de los tres poderes constitucionales, como si no hubieran matado innecesariamente a los magistrados e innecesariamente a otras personas que ese día estaban en el Palacio y, sí, innecesariamente también a los integrantes de un comando a los que deberían, como se hace en un Estado de Derecho, haber detenido y juzgado y enviado a prisión por muchos años con todo el peso implacable de la Ley pero no ejecutado sumaria y extra-judicialmente, como si no hubieran sacado vivos de ahí a gente -magistrados, funcionarios judiciales, empleadas de la cafetería, público…- para asesinarlas, entre atroces torturas muy posiblemente, y llevado los cadáveres de vuelta al Palacio para que pareciera que habían muerto como resultado del asalto, como si no hubiera pasado nada de todo eso y Armero fuera la única catástrofe de ese noviembre hace ahora un cuarto siglo.

Pero no, durante muchos años no se habló de esto, no se hablaba de nada de esto y los responsables seguían de rositas sin que les ladrara ni un perrito y sin que nadie pareciera preguntarse por qué pasaron las cosas que pasaron. Apenas las asociaciones de víctimas, algunas ONGs y un par de investigadores (qué bueno sobre todo el libro de Ana Carrigan, The Palace of Justice -1993, nunca traducido al español-) se empeñaron, con mérito enorme, en mantener vivo a lo largo de los años la llama del recuerdo. A ellas se sumaron, con mayor mérito aún, dos voces desde las artes que ayudaron a dar voz y cuerpo y espacio a ese recuerdo.

Doris Salcedo, la artista más relevante de Colombia y con más proyección internacional , ha dedicado cuatro de sus piezas a todo eso que pasó esos días de noviembre. Cuatro. Varios años de su vida dedicados a tratar únicamente la tragedia del Palacio de Justicia, como casi-única voz que recordaba y nos recordaba. Cuatro piezas.

En Tenebrae, 7 de noviembre de 1985 (2000), las patas extrañamente alargadas de un maremágnum de sillas de plomo se enmarañan impidiendo al espectador el acceso, el tránsito, cualquier tipo de ocupación normal del pequeño espacio que las contiene. 6 de noviembre de 1985 (2001) son dos asientos, uno de plomo y otro de acero inoxidable, fundidos de manera imposible: la pieza de plomo, material mucho más débil, sostiene el peso enorme de la de acero. Thou-less (2002) son dieciséis sillas en acero inoxidable tan entreveradas unas con otras por los respaldos, las patas o los asientos que es difícil reconocer dónde empieza y acaba cada una y el marco exterior de un asiento se vuelve el interior de otro, y el interior el exterior. Aunque cada obra trata diferentes aspectos de la toma, las tres juntas se presentaron en la Documenta 11 de Kassel (2002) como una sola instalación sobre la inaccesibilidad a los espacios donde sucede el horror, la imposibilidad de tránsito entre la normalidad de fuera y el caos, la desorientación y la confusión del espacio convertido en campo de concentración.

Y una cuarta obra por fin, efímera esta vez: pasadas las once y media de la mañana del 6 de noviembre de 2002, diecisiete años después del momento en que comenzaba la toma y caía asesinada la primera víctima, Doris Salcedo empezó a hacer descender lentamente una silla de madera por la fachada oriental del Palacio. Al final del día siguiente, a la misma hora en que terminaba el hecho más trágico de la historia reciente de Colombia, colgaban de la fachada oriental y de la que da sobre la Plaza de Bolívar, a media altura, fuera del alcance del peatón, 280 sillas, todas sillas corrientes de madera, sin nada especial, sillas institucionales como las que puede haber en cualquier oficina, usadas, simples objetos cargados de la experiencia de la vida cotidiana. Y por supuesto vacías: la fachada repleta de sillas terminaba por resultar repleta de las ausencias de tantos como murieron y desaparecieron en esos dos días trágicos, casi imposible saber cuántos, en torno a 115 se calcula, quizá más o alguno menos, pero Salcedo descolgó 280 sillas buscando el efecto estético y simbólico de que la fachada quedara llena, a ver si así, repitiendo una acción hasta el absurdo, asientos cayendo y cayendo y cayendo y permaneciendo ahí, a media altura, fuera de nuestro alcance, uno tras otro tras otro, hasta el absurdo, empezábamos a entender las dimensiones de cada muerte violenta.

Las sillas sobre el Palacio sirvieron ese día para que las familias y los allegados a las víctimas se dieran cuenta de que el duelo no era sólo de los cuatro gatos que cada noviembre se manifestaban con pancartas en la Plaza de Bolívar y para sentir que por una vez había otros que también recordaban, no sólo ellos, otros que sabían que pasó lo que pasó y se condolían. El recuerdo se convierte en reconocimiento colectivo, en memoria colectiva, y, por tanto, en historia, en la medida en que es narrado; si no, dice Salcedo, la memoria está condenada al olvido. Durante dos días, la artista se convirtió en la persona que deja constancia y que crea el vínculo entre las víctimas y quienes los lloran y el resto de la comunidad. El arte, efímero en este caso, fue instrumento de la memoria.

Como lo fue también durante años la representación uno tras otro, temporada a temporada, de La siempreviva, la obra de Miguel Torres sobre una de las desaparecidas, Cristina del Pilar Guarín, que en la pieza se llama Julieta Marín pero es igualmente una muchacha de clase baja a quien su trabajo lleva ese 6 de noviembre al Palacio de Justicia y no vuelve a aparecer ya nunca más, ella una de esas once personas arrancadas de la cafetería para quién sabe dónde, muerta quién sabe cómo, entre qué atrocidades por el solo motivo de haber estado ahí en ese momento. Toda la pieza ocurre en una casa, la del Teatro El Local en el barrio de la Candelaria, muy parecida a la que podía haber sido realmente la de la familia Guarín. Yo vi esa obra al poco de estrenarse en agosto del 94 y me emocionó y me impresionó como lo sigue haciendo hoy, tantos años después. Todas las cosas vienen de algo y probablemente de esto viene aquello, de haber visto entonces La siempreviva en su pequeña casa de La Candelaria vienen este interés que he seguido teniendo con los años por este hecho, que leyera con pavor y sin poder soltarlo, casi al borde de las lágrimas, el libro de Anna Carrigan, que durante años hablara de estas cosas con Doris Salcedo cuando los dos sentíamos que solamente a nosotros nos interesaba y nos importaba lo que había pasado, que volviera a ver La siempreviva dos veces más a lo largo de esos doce años y veinticinco temporadas en que ha estado en escena hasta que ya fue imposible porque a la compañía le quitaron la casa, que esté, en definitiva, contándoles esto ahora a ustedes y diciéndoles además cuanto me alegro de que por fin sí se esté haciendo justicia, por fin se hable de esta tragedia y aparezcan noticias al respecto cada día y se haya convocado una Comisión de la Verdad que ha investigado y preparado un informe, por fin se esté buscando a los muertos y se hayan encontrado pruebas, por ejemplo, de que al Magistrado Carlos Urán lo sacaron vivo y lo devolvieron muerto, por fin se haya publicado, ya era hora, en español en Colombia el libro de Carrigan y se haya vuelto a editar, ahora en edición accesible, La siempreviva (por la bella editorial antioqueña Tragaluz) y de que, por fin, haya imputados e inculpados y condenados.