18 de abril de 2011

Arte contemporáneo y texto (1)


En ningún otro ámbito de la cultura es el discurso tan relevante como en el arte, ninguna de las otras prácticas culturales depende de un discurso externo a la propia práctica, ninguna otra lo incluye como elemento constitutivo y sine qua non. Todos vamos al cine, oímos música, leemos literatura o hasta ensayo y vemos danza o teatro sin necesidad de que un crítico o un comisario nos expliquen qué vemos, oímos o leemos. Nada he necesitado yo ajeno a sus mil y pico páginas para quedar atrapado y fascinado durante tres meses por Tu rostro mañana de Javier Marías ni para ir desde hace unos años leyendo poco a poco el ciclo Zuckerman de Philip Roth, como no he tenido que leer una sola línea para disfrutar de las películas de Jim Jarmusch o de los Coen, de la música de Leonard Cohen, Philip Glass o Shostakovich, de las piezas de Pina Bausch o los montajes de Robert Wilson o Peter Brook, de cualquiera de esas creaciones que llamamos cultura y que hay gente que hace porque tiene necesidad de bailar, de escribir, de componer o tocar y otros vemos, leemos o escuchamos porque no podríamos no hacerlo.

Hace tiempo que está clara la distancia enorme, casi infranqueable, entre la crítica divulgativa y la aproximación académica a una obra literaria. Miles de tesis o sesudos textos académicos sobre libros y autores se escriben cada año en el marco de las filologías o los estudios culturales que viven su propia vida en revistas y congresos sin afectar a la literatura ni aportar nada a las experiencias lectora y escritora, las dos que realmente cuentan. Pueden el experto o el interesado leer todo lo que se escribe sobre el Ulises sin que ello le quite ni le ponga un ápice al placer, o al hastío, de leer esa novela dublinesca.

La critica añade al cine pero no conforma su disfrute, o su comprensión siquiera, y no hace falta saber qué querían decir Kubrick en La naranja mecánica o David Lynch en Mulholland Drive para que alguna de ellas sea incluso película favorita. Sabemos que Bach es maravilloso sin tener que saber nada de música ni hace falta estudiar historia de la arquitectura o leer todos los meses Arquitectura viva para apreciar un edificio de Mies o Herzog & De Meuron.

Puedo por supuesto leer más para saber más del cuadro que miro, la pieza de danza o de teatro a que asisto o la canción, el cuarteto de cuerda o la improvisación que escucho, pero no lo necesito para apreciar y disfrutar y entender esas cosas lo bastante, como no necesito saber de astronomía para disfrutar de una noche de estrellas o de botánica para caminar por el parque o un bosque y ser feliz con los árboles, las plantas y las flores. Las artes apelan sobre todo a una apreciación sensorial y un sentido estético que, aunque no tienen por qué bastar a menudo, lo que no pueden desde luego es faltar. Hay arte sin explicación, pero no lo hay sin una emoción estética inefable que diferencia la experiencia artística de la académica, la científica, la social, la divulgativa, la publicitaria... Y porque hay esa emoción consigue trascender e ir más allá de lo inmediato y, a veces, decir algo del hombre o de la vida o del momento que jamás conseguiría decir ningún texto, estudio, informe, declaración, manifiesto, enciclopedia o buscador de internet. Las tragedias griegas, las de Shakespeare, los Desastres de la guerra, el Guernica, los poemas de Celan, el Cuarteto para el Fin de los tiempos, las canciones de Bob Dylan, The Wall... no han necesitado de un texto para decir lo que tenían que decir y transmitir y perdurar y mantener la misma emoción estética y la misma fuerza expresiva que cuando fueron creadas.

Pero el arte contemporáneo es otra cosa.

Eso que llamamos hoy en día arte contemporáneo no es que pueda sino que debe ir, parece, acompañado de un texto explicativo. De un discurso. La obra en sí, el hecho artístico digamos, no es bastante si no lleva consigo un texto que lo completa y le da sentido. No un texto que interpreta la obra desde fuera y ayuda a comprender su significado, a modificarlo incluso, sino que lo conforma ab initio y es parte intrínseca de lo que se quiere decir.

También la música contemporánea tiene que ir acompañada de un texto. Tal vez por esa dependencia de la explicación arte contemporáneo y música contemporánea son las dos disciplinas que se han apropiado del término contemporáneo para definir sólo una parte de la producción que se lleva a cabo en el momento presente. Ya he escrito antes sobre esa apropiación de un adjetivo para acotar su significado en beneficio sólo de una parte de lo que denota.

Pero son casos diferentes: como en la música contemporánea no hay significado, de eso se trata, el texto es necesario para explicar por qué se compuso, cómo, la estructura. El texto que acompaña a las composiciones de John Cage, de los serialistas, de los músicos espectrales no es por tanto discursivo: explica cómo se creó la obra pero no la conforma. La música contemporánea, aunque no entendamos nada, existe sin el texto. En el arte contemporáneo el texto, el discurso, insisto, son parte integral de la pieza.

De las implicaciones de esta dependencia del texto por parte del arte contemporáneo seguiré hablando en mi próxima entrada en este blog.

1 comentarios:

Margarita Valencia dijo...

Cito a Pavese: "Hay un obstáculo al leer: la demasiada seguridad en sí mismo, la falta de humildad, el rechazo del prójimo, del que es distinto." Un maestro a la hora de leer, o de ver, o de oír, puede ser interesante aunque sea para ayudarnos "a salir de nosotros mismos".